
POR QUÉ ESCRIBO ESTE LIBRO
En febrero de 2022 durante un discurso en la plaza de Colón al término de una manifestación contra la dictadura sanitaria, pronuncié una frase que fue muy aplaudida: “Esta es una guerra contra Dios y su creación, y por eso no es casualidad que hayamos nacido en esta época del mundo y que no hayamos nacido idiotas, porque somos los elegidos, somos los soldados de Dios y tenemos que estar a la altura de lo que la historia exige de nosotros. Y lo que nos exige es luchar… y vencer”.
Sin embargo, la última vez que pisé una iglesia creo que acababa de alcanzar la mayoría de edad. Fue con motivo del funeral por el padre de. I amigo y profesor de Arqueología Javier García del Toro. También fue el último día en que me arrodillé ante el cura para confesarle mis pecados. Desde entonces nada.
En febrero de 2011 remití un mensaje de correo electrónico a un chico llamado Fabio Gándara, que pasaba como fundador de la protesta popular que tomó forma en el movimiento a democracia real ya y que cristalizó en la gran manifestación del 15 de mayo de ese año. Le propuse hacer un documental sobre ello y le pareció de perlas. Para esa época yo ya había coproducido tres largometrajes en formato 35 mm dirigidos por Juan Piquer Simón y con efectos especiales de Emilio García, que había trabajado con King Vidor y había hecho efectos en Dune, y Carlo di Marchis, el autor de la boca metálica del extraterrestre en Alien el octavo pasajero la. Creo que fueron las últimas películas de cine hechas con plata (los entendidos saben a qué me refiero), porque pronto se impuso la grabación en vídeo. Además de eso, había escrito, dirigido y producido tres series documentales para TV, y por tanto me consideraba capacitado para hacer un audiovisual sobre el movimiento 15M.
En aquella época ya todos estábamos apercibidos de que la democracia era un cuento y clamábamos por un país liberado del bipartidismo mafioso. Yo también, pero me mantuve al margen de la organización de todo aquello, o podría decirse me obligaron a mantenerme al margen porque alguien me propuso para formar parte de una especie de coordinadora nacional de DRY (acrónimo de democracia real ya) y hubo resistencias porque al parecer no se fiaban de mí. Pero tampoco yo me fiaba de ellos.
Estaba aún muy reciente mi éxito en el Parlamento Europeo, cuando conseguí pasarle por encima a Zapatero y Narbona y mi despacho se había convertido en lugar de peregrinación de las televisiones guiris, que como pude comprobar estaban ansiosas por enterarse de cómo trabajaba y cuáles eran mis trucos para detener los derribos de viviendas cuando ningún otro abogado podía hacerlo. Supongo que de alguna manera eso pudo despertar el recelo en ellos. Yo no era de los suyos, así que simplemente conseguí que me tolerasen y de esa manera poder hacer el documental.
Nada más llegar a Madrid con mi cámara y mi trípode para grabar entrevistas con los organizadores, me dirigí allocal de Lavapiés donde me habían citado. Eran las cuatro de la tarde y el joven encargado me estaba esperando bajo el umbral. Como aún no había llegado ninguno de los entrevistados aproveché para preguntarle si había cedido el local por ser simpatizante de DRY. Su inesperada respuesta fue que DRY se lo había alquilado para la ocasión, lo que empezó a levantar en mí la sospecha de que allí había algo más que un movimiento popular espontáneo. Al parecer se movía más dinero que el que cabía esperar. Las entrevistas las podía haber hecho gratis en cualquier parque, y de hecho así fue, porque el frigorífico del local era muy ruidoso. Como necesitaba silencio, efectivamente me fui a un parque. Casualmente el pequeño espacio arbolado que hay justo delante del Congreso.

En la víspera del gran día estuve grabando la asamblea preparatoria que de celebró en la planta baja del edificio que DRY tenía ocupado en la calle del Pez. Grabé también la puesta a punto de los chalecos amarillos del equipo de seguridad y todos los demás preparativos. En la mañana de aquel domingo de las maravillas acompañé al gran Paco López en la performance que junto a unos pocos activistas hizo en la feria de San Isidro para publicitar la manifestación de ese mismo domingo por la tarde.

A mediodía nos juntamos cuatro a comer un bocadillo en el centro y de allí nos dirigimos a Cibeles, donde aún no había un alma. Siempre que estás en una cosa de éstas te cabe la gran duda de si la gente va a venir o no. A nosotros nos pasaba también.
Lo que sucedió en pocos minutos casi nos llena los ojos de lágrimas. De pronto, casi de la nada, como en un maravilloso milagro, auténticos ríos de personas comenzaron a aparecer hasta formar una marea humana. Una marea humana que quería, que exigía libertad.

La batucada, las pancartas, los gritos. Sobre una plataforma rodante, el furioso Paco López maldecía el bipartidismo megáfono en mano. Todo parecía auténtico y tocaba el corazón. Habían llegado los nuestros. La libertad estaba al caer.
En Sol, tras los discursos y a última hora de la tarde, escuché que un muchacho le proponía a otro quedarse a dormir allí mismo y así nació la acampada, que se prolongó durante meses poblando de tiendas de campaña el centro de Madrid y fue objeto de réplicas en toda la geografía nacional.
Esto lo cuento para transmitir que mi vínculo con lo que luego se llamó el movimiento 15M fue sentimental y auténtico, porque a mí la plutocracia imperante me daba asco y estaba convencido de que el bipartidismo era una muy, muy falsa apariencia de democracia. Pero esos sentimientos nunca llegaron a convertirse en un compromiso igualmente sentimental con DRY, porque no acababa de sentirme cómodo con ellos.
Mi escepticismo lo pude confirmar cuando algo más tarde volví a visitar con la cámara el campamento de Sol. Ese día me llamó la atención el cartel que colgaba de una tienda o chabola o qué sé yo. Tenía es día la leyenda gabinete audiovisual y allí, a la sombra, distinguí a tres muchachos sentados sin hacer nada. No les presté atención, puse el ojo en el visor de la cámara y me dediqué a recoger imágenes. Entonces escuché una voz: “¡No se puede grabar!”, y como me pareció una impertinencia decidí hacerme el sordo. La voz había venido, o eso me pareció, del gabinete audiovisual. Entonces los interesados me lanzaron un objeto, un mechero. Curiosamente, esta agresión me proporcionó una gran idea para la película, que concluye con u. Grupo de activistas con mecheros encendidos.

Y yo continué, pero al internarme por los estrechos callejones del campamento improvisado descubrí delante de varios puestos, chabolas o como quiera que haya que llamar a esas cosas, más y más carteles indicando que grabar estaba prohibido. Francamente me pareció el colmo de la desfachatez que aquellas personas tan sedientas de libertad que estaban ocupando por mera tolerancia un espacio público de forma más que irregular, no sólo hubieran comenzado a imponer sus propias leyes, sino que habían comenzado a prohibir.
Poco después volví por allí de nuevo. El campamento casi se había convertido en un foco turístico y vi muchos curiosos, entre ellos familias con bebés en cochecitos. De pronto, un enorme tablero de aglomerado, mal adherido a una de aquellas estructuras se vino abajo y golpeó fuertemente contra el piso. Suerte que no causó daños, pero el campamento se había convertido en un caldo de cultivo de posibles accidentes.
No es que quiera compararme con Ortega cuando, al comprobar las calamidades de II República dijo aquello de “¡No es esto… no es esto!”, pero es exactamente como me sentí. Yo quería Libertad y democracia, sí. Pero no aquella nueva nobleza popular que se creía con derecho a imponer sus propias reglas y casi diríamos que a imponer su propia justicia, a la manera del desafortunado a la par que siniestro comité de salud pública que había seguido a la toma de la Bastilla.
Pasaje del libro EL EJÉRCITO DE DIOS













