Primer capítulo

Todo iba como una seda. Mi conflicto con el mundo no solo se mantenía en un perfecto equilibrio, sino que me estaba permitiendo el lujo de sacarle partido, porque parecía que a un pequeño sector de la sociedad le interesaban mis exploraciones por los espacios invisibles. Un profesor casi anónimo de una Universidad de provincias no podía esperar tanto.

Por eso estaba allí, delante de algo más de cien personas, hablando de las cosas que me interesaban y a cuyo estudio me había consagrado en los últimos veinte años. Me parecía fascinante comprobar la sed de contenidos espirituales de la sociedad. Cada uno de los que me escuchaban vivían sometidos a un mundo material y materialista, en el que todo tiene un precio y en el que lo que no se puede pesar o de alguna manera medir carece de valor y en cierto sentido de existencia efectiva. Y sin embargo el hombre necesita algo que queda más allá, más lejos, en otra dimensión. Por eso los fieles acudían aún a las iglesias y por eso también mi auditorio era nutrido y me escuchaba atentamente aunque mi tema escapaba a lo que se puede medir, pesar o valorar. Mi tema era invisible. Pertenecía a la imprecisa esfera de lo espiritual.

Tomé un trago de agua y después volví a mirar a mi público. Sí, todo iba como una seda. Con perseverancia y honestidad, sin un solo artificio, después de muchos años, había desarrollado un modesto prestigio como estudioso de La Divina Comedia, disfrutaba hablando de ello y conocía tan bien el tema que ni siquiera necesitaba consultar notas. Hablaba con fluidez y soltura y los oyentes me seguían entregados. Todo iba bien excepto por el pequeño detalle perturbador de dos ojos que parecían buscar en mí algo más ¿O era mi imaginación?

Tratando de ahogar mi inquietud, me lancé a los últimos párrafos de mi conferencia.

—En la mitad de la vida hay un bosque oscuro —declaré, con voz segura—. Así comienza el texto y ésta es una de las conclusiones que yo he podido sacar de esta gran obra literaria, La Divina Comedia. Beatrice, la hermosa mujer que guía a Dan- te al mundo del más allá, es como una proyección en la mente del poeta semejante a la figura del ánima tal como es explicada por Karl Jung, es decir, la imagen de la propia alma anidada en otra persona, en una mujer. Ésta es una de las claves más sugerentes de la obra y en esto me propongo seguir trabajando en el futuro. Y más o menos esto es lo que quería contarles esta noche a todos ustedes. Siento haber abusado de su paciencia. Muchas gracias.

El público rompió en aplausos y en cierta manera me sentí como un actor que ha bordado el papel. Porque yo no sólo ven- día una mercancía inmaterial muy demandada, sino que con el paso de los años había desarrollado una dosis de elocuencia, al decir de muchos. La mayoría de mis compañeros profeso- res y catedráticos solían producir en el auditorio una profunda relajación que precedía a una orquesta de bostezos, pero yo lo mantenía atento en cada momento. Por eso también sufría algo de aislamiento. La envidia jugaba un papel, claro está, pero la realidad era que en la Universidad irritaban un poco mis puestas en escena. Todos sabían que había alumnos que no eran de mi clase ni de mi especialidad que acudían a mi aula sólo para escucharme y esto, que debería haber sido una buena noticia, no gustaba.

Todo el mundo aplaudía salvo ella, que continuó mirándome con aquellos ojos hechizados y permaneció impasible. Pero quise pensar que no porque la conferencia no le hubiera interesado, sino por que parecía estar más allá, muy por encima del resto del público, como si batir palmas le pareciera demasiado poco para expresar su parecer, o como si de alguna forma quisiera distinguirse, subrayar que ella no era como los demás ni pertenecía al grupo. Y realmente era así. No sabría decir en qué radicaba la diferencia, pero parecía distinta, como si perteneciera a otro mundo o a otra época, o quizá a otra clase social.

Yo también la miraba y ella se dio cuenta. Fuera cual fuera el mensaje, sabía que yo lo había recibido.

La gente comenzó a abandonar los asientos y como es habitual en estos casos, muchos se aproximaron al estrado para saludarme o felicitarme. Con el rabillo del ojo pude ver cómo la muchacha se ponía en pie. Morena, largo pelo negro, vestido rojo. Llevaba algo entre las manos, me pareció que era un libro.

Se acercó unos pasos y aguardó tímidamente su turno para dirigirse a mí. Yo estaba rodeado de personas que reclamaban mi atención pero no era consciente ni de lo que me decían ni de lo que les decía yo. Estaba pendiente de ella. Quería saber quién era.

De pronto me abordó una dama setentona, pálida, maquillada, su pelo blanco recién moldeado, con muchos collares de colores estridentes y apoyada en un bastón.

La dama comenzó a hablar en un tono ampuloso que anunciaba una charla extensa y tediosa.

—Tengo que felicitarle… —proclamó, con voz chillona— He leído esa obra tres veces, y no había pensado nunca en una interpretación como la suya… Creo que tiene usted mucho mérito.

Procuré con disciplina fijar la atención en ella. —¿En serio? —respondí, por decir algo.
Ella afirmó, muy complacida.

—Yo también escribo ¿Sabe?

La miré con desesperanza y supe que no iba a quitármela de encima. Dije lo primero que se me ocurrió.

—No me diga… Eso está muy bien. Todo el mundo debería escribir.

La dama no captó mi tono casual. De hecho, me tomó en serio.

—Pues mire, he publicado… Bueno, es poesía, naturalmente. En fin, no quiero aburrirle…

—No, no se preocupe… –mentí, e inmediatamente me arrepentí de haber dicho eso. Por lo visto ella tomó la respuesta como la invitación a un coloquio interminable.

—Ah, qué alivio… Entonces… Bueno, no sé si decirle que es una poesía algo carnal. Pero sólo cuento las cosas que me hacía mi difunto esposo, a quien nunca fui infiel, aunque desde luego no me faltaron ocasiones.

Yo estaba obligado a ser paciente, pero la joven de rojo no. Temía que en cualquier momento se marchara y eso fue exactamente lo que sucedió.

Vi cómo abandonaba la sala y pude advertir cómo antes de hacerlo se volvía hacia mí para dedicarme una última mirada. Después desapareció y yo sentí una especie de desgarro, como si alguna puerta, en algún lugar, se me hubiera cerrado, como si una posibilidad hubiera muerto, como si el misterio sin des- cubrir fuera a pesarme por siempre.

—¿Usted qué opina? –me preguntaba la dama de los colla- res.

Lástima. No tenía la menor idea de sobre qué debía opinar. Por suerte Javier, mi inseparable compañero, se había dado cuenta.

—Vamos, Enrique, nos esperan en la sala de prensa —anunció, apoderándose de mí abruptamente.

Lo miré sorprendido, pero él no añadió ninguna explicación. En vez de eso me empujó de forma algo brusca hacia la salida. —Disculpe, señora —añadió, descuidadamente y sin la menor consideración.

Al girar la cabeza la vi detenida, apoyada en su bastón y aún

aguardando la respuesta a la cuestión que yo ignoraba. —Bueno, ha sido un auténtico placer… —se resignó a decir. Abandoné el local entre las risas y las felicitaciones de mi jovial amigo. La inquietud que me había producido la muchacha se disipaba como una niebla que se vuelve sutil pero se niega a desaparecer.

—¿Qué sala de prensa? —le pregunté.

—Venga hombre, no seas infeliz. Te habrías quedado con la vieja marquesa de Rosaflor toda la noche dándole explicaciones y habrías terminado hipnotizado por el brillo de sus collares.

Me limité a reír tímidamente. Como casi siempre, Javier te- nía razón.

—¿Es que no sabes decir no? —me preguntó, con tono de reprobación.

Lo miré con una sonrisa de oreja a oreja.

—No —respondí, y ambos reímos.

—¿A dónde vamos a celebrarlo? —preguntó Javier. —Bah… ¿Por qué preguntas? —respondí.

Los dos sabíamos en qué penumbroso rincón íbamos a terminar la noche y allí nos encaminamos, sin que al vernos nadie pudiera sospechar sombra, inquietud o duda. Éramos simplemente dos amigos de buen humor de camino a las cervezas.

En aquel paseo nocturno pensé durante unos cortos momentos que eso iba a ser todo, que el suceso con la joven de ojos hechizados carecía de importancia o más bien que no había suceso alguno, solo una fantasía pasajera. No sospechaba que al terminar mi conferencia, al abandonar la sala y dejar allí a la dama locuaz entre las butacas vacías, estaba dejando también atrás mi vida anterior. No sabía que aquel delicado equilibrio que mantenía con el mundo iba a caer hecho trizas, que habría de experimentar por mí mismo, con dolor y padecimientos auténticos, aquella idea que tantas veces había repetido en público, en la mitad de la vida hay un bosque oscuro, y que aquélla había sido mi última conferencia.

oOo

Había conocido a Javier cuando entró en la pequeña Universidad de provincias donde yo era profesor de literatura. Fue mi alumno, más tarde, como profesor de arqueología, mi compañero, y siempre mi amigo. Pero era muy diferente a mí. Yo era serio y trascendental, él un eterno adolescente que se reía hasta de la misma ciencia que enseñaba. Para él lo importante era la vida, para mí las ideas. A mis 43 años y a sus 35, habíamos tejido ese vínculo delicado y lleno de sutilezas que constituye la amistad franca.

A mí me gustaba mirarme en el espejo de mi frívolo amigo, que se había mantenido soltero y vital, mientras que yo arrastraba a mis espaldas un matrimonio fracasado y una convivencia apática con mi segunda compañera.

Zalacaín ofrecía un aspecto bien extraño aquella noche. Era la noche de las ánimas, que para entonces ya se llamaba Halloween, y el local bullía de máscaras de espantos, brujas, cadáveres, hombres lobo y esqueletos, todos de plástico o de goma. Había elegido con toda intención aquella fecha para mi conferencia sobre el tema que más me atraía, las experiencias de Dante en el infierno guiado por Virgilio, y en especial en el cielo, conducido por su amada Beatrice. Al fin y al cabo, se tra- taba de un tema de relaciones entre vivos y muertos.

—Excelente intervención —proclamó Javier por sexta vez, y a continuación se echó la botella de cerveza a los labios.

—Bueno… —murmuré con desgana y dejé la palabra colgando, como dando a entender que no estaba del todo satisfecho.

Yo siempre esperaba algo más, especialmente de mí mismo. Era uno de los motivos por los que solía tener problemas de pareja. Mi obsesión y mi disciplina solían ser difíciles de llevar para la persona que vivía conmigo y yo desde luego tendía a abstraerme en exceso. El mundo de las cosas materiales se disipaba a mi alrededor varias veces al día al tiempo que crecían mis divagaciones sobre las ideas, en especial los secretos cami- nos de Dante.

—¿Cuando acabas tu gran obra? —preguntó Javier.

Me detuve un momento tratando de buscar la respuesta adecuada a aquella pregunta que también me hacía yo mismo. Por un lado la ansiedad por terminar se apoderaba de mí, pero por otro mi necesidad de perfección no me permitía poner punto final. Quizá yo sabía demasiado bien, o puede que lo supiera mi subconsciente, que lo importante es el camino. De la misma forma que la gran experiencia de Dante había sido su sendero en los mundos invisibles, también para mí el camino de mis estudios y mi investigación era lo que daba valor a mi vida. Me resultaba difícil imaginarme sentado en un sofá con la idea de haber llegado a meta, de haberlo descubierto todo, de saberlo todo. No tenía ni idea de qué iba a hacer si algún día me viera así.

Aquella necesidad de lo perfecto en cierto sentido se había transformado en una tiranía que me había impuesto a mí mismo. Sabía que era un error, porque, como el resto de los mortales, no vivía en una esfera limpia y dorada, sino en un mundo imperfecto, pero resultaba superior a mí. La Universidad se desplomaba a consecuencia de la baja calidad y el escaso rigor que había llevado consigo su politización. Los profesores más que investigar, copiaban trabajos de otros, obligaban a los alumnos a escribir para poner luego su firma y sacaban pecho de muchos modos distintos, tan vergonzosos como ridículos ¿Qué hacía yo esforzándome en aquel camino solitario de auténtico estudio y sacrificando mi vida personal y familiar en el altar del conocimiento?

No lo hacía para ceder ante alguna exigencia exterior. Lo hacía sólo por mí. La excelencia era un imperativo irresistible. Nada podía hacer contra él. Estaba dentro de mí y prevalecía sobre mí. Ya me había acostumbrado a no resistirme.

Pero mi ansia de excelencia no era una pose, no pretendía que me admiraran. Era una necesidad de quien sólo podía ser realmente feliz sumergido en la belleza de las ideas.

No, no sabía cuándo iba a terminar mi trabajo. Ojalá pudiera prolongarlo por siempre, eso era lo que sentía. Ojalá nunca tuviera que abandonar el camino.

—Aún es pronto —murmuré a modo de respuesta.

Javier me propinó un golpecito cariñoso.

—Mentiroso, la estás terminando —declaró festivamente. Sonreí débilmente mirando al interior de mi copa.

—Sí… Cierto —admití. Pero también era cierto lo contrario. En realidad el trabajo tenía un aspecto redondo y podía haberlo dado por terminado hacía semanas, pero yo aún esperaba algo que me permitiera su definitiva conclusión. Lo grandioso era que no sabía qué era ese algo. Seguramente confiaba en que cierta inspiración desconocida acudiera a mí para proporcionar a aquel estudio académico el pálido resplandor de la gloria. Nada tenía que ver aquel aquel presentimiento con la Universidad ni con los procedimientos científicos y nunca me habría atrevido a comentarlo en un claustro. Era algo que guardaba para mí de forma especialmente celosa.

Javier solía sacar el tema de mi trabajo porque sabía que a mí me agradaba. Se trataba de una recopilación, corregida y ampliada, de todos mis artículos sobre Dante y su Divina Comedia, un estudio multidisciplinar que no se limitaba a los aspectos puramente literarios, donde apenas había nada nuevo que decir, sino que se extendía a contenidos antropológicos, psicológicos y, desde luego, filosóficos, y en el que el propio Javier había prestado una colaboración desde su conocimiento de la Historia Antigua y los mitos. Era, además, un texto reconocidamente subjetivo y esto naturalmente lo separaba también de la ortodoxia. Para mí Dante podía haber bebido de las fuentes más antiguas en su descripción de los mundos del más allá. Me refiero a fuentes no cristianas, a mitos que se hundían en el albor del pensamiento.

¿Existía una relación entre el zigurat de Mesopotamia, con sus siete plataformas superpuestas, que representaban los siete planetas entonces conocidos y por lo tanto los siete cielos, con los mundos superpuestos del Paraíso que nos describe Dante? ¿Qué decir de los cuentos populares que con tanta insistencia aludían al reino encantado a donde viaja el héroe como un espacio dividido en siete partes? ¿Y del más allá egipcio, donde el difunto deberá atravesar con gran dificultad siete puertas sucesivas? ¿Por qué nadie hasta entonces había reparado en la similitud entre las siete puertas del Molino del Diablo del cuento tradicional y el infierno dividido en partes descrito por Dante? El ámbito académico tenía sus procedimientos, sus ídolos y sus tabúes. Desde el punto de vista de la ciencia de la Filología, los cuentos populares eran literatura, sí, pero menor. Comparar el gran monumento de la literatura medieval, La Divina Comedia, con los cuentos populares, no era una propuesta válida desde el punto de vista académico. Existía un sutil prejuicio contra los cuentos como literatura popular, que eran una expresión que se oponía a la literatura culta. Mis compañeros no sabían que aquella separación era falsa porque en realidad no había existido nunca un genio de las letras cuya obra se opusiera a las toscas creaciones del pueblo, sino que los escritores como Dante, lejos de crear desde la nada, habían llevado a cabo adaptaciones cultas de ciertas tradiciones populares que a su vez guardaban un inquietante parentesco con las religiones precristianas. En realidad todo el conocimiento, todos los relatos y todas las expresiones cultas habían sido formuladas por primera vez en la caverna, ésa era mi idea matriz. Podía decirse que todas las historias provenían de una primera historia.

—Será un honor tener un amigo en lo más alto —comentó Javier.

Me limité a mirarlo con expresión plana y él se dio cuenta de que no deseaba seguir hablando de ello. No advirtió, sin embargo, mis motivos. Y éstos eran simples y al mismo tiempo poderosos. Aún me rondaban los vapores de aquella niebla de misterio que parecía emanar de la bella muchacha con un libro en las manos. Él no podía saber cuánto me costaba estar allí en aquellos momentos en los que estaba sintiendo algo parecido al impulso irresistible del alma al iniciarse un viaje astral. De pronto, para mi propia sorpresa, ansiaba viajar al lugar donde se encontrara aquella persona. Habría querido dejar allí, en la melancólica barra de madera del Zalacaín, mi cuerpo inanimado, como un pedazo de madera, y que mi espíritu corriese hacia ella.

Entonces mi amigo cambió súbitamente de tercio. —¿Cómo está Claudia? ¿Y los chicos?

—Bien, creciendo —respondí con desgana y un poco ausente. Nunca había sido uno de esos padres que aburren hablando de sus hijos. Había sufrido la petulancia inconsciente de ese tipo de personajes y no deseaba parecerme a ellos. Incluso cuando sentía una debilidad reconocida por Marta, mi hija mayor, que a sus diecisiete años mostraba un deseo de saber, un aplomo y una madurez propios de personas mucho mayores. A veces pensaba que era Marta el único amor puro y verdaderamente incondicional que había en mi vida. Aquel amor de padre estaba libre de los malentendidos y del egoísmo del amor de pareja. Era ese sentimiento que sólo impulsa a proteger y a dar sin esperar nada a cambio, aunque yo recibía mucho de Marta en forma de comprensión, apoyo y un cariño silencioso que se expresaba con gestos más que con palabras. Había sido Marta el único miembro de la familia en leer primero mis artículos y más tarde el borrador de mi gran trabajo sobre Dante. El amor de mi pareja no había llegado a tanto.

Pero procuraba que esa preferencia quedara como un secreto entre ella y yo.

—¿Y Luisa? —añadió Javier.

La pregunta me sorprendió. La encontré abrupta, como si no perteneciera a aquella misma conversación.

—Bien, creo —respondí, encogiéndome de hombros—. Desde que nos separamos sólo la veo lo justo. Ya sabes lo que pasa con las parejas que se rompen. Suele haber demasiado rencor acumulado.

Javier carraspeó un poco. De pronto parecía inseguro. —¿Ya no te…?

Miré a mi amigo. No conseguía entenderlo. No sabía qué

quería preguntarme. O más bien qué me quería decir.

—¿No me qué…?

—¿No te dice nada…?

Exploré inconscientemente dentro de mí y no encontré ni un poco de afecto hacia mi antigua esposa. Había terminado agotado por aquella relación y ella también. Luisa tenía un pun- to de arrogancia que se había ido agudizando con el tiempo y su dominio de la ironía podía tornarla realmente insoportable. Manejaba las palabras y los desprecios como otros las pistolas y los puñales, y yo había decidido un día dejar de desempeñar el papel de diana. No podía decir que quedara en mí mucho del amor que había sentido por ella cuando me casé con sólo diecinueve años, a esa edad en la que aún estás luchando por saber quién eres y en la que apenas has empezado a descubrir cómo es realmente el mundo y la gente que vive en él. Durante muchos años había sentido aquel matrimonio como un encie- rro, o más bien como una sepultura.

—Mi vida con Claudia está bien. Luisa no me pone, ni me interesa, ni me atrae —respondí sinceramente.

Él hizo un gesto severo, como de maestro ofendido.

—¿Está bien…? ¿Sólo eso? ¿Eso es todo lo que tienes que decir de tu convivencia con esa dentista tan mona?

Miré a Javier de hito en hito. En realidad no era el tipo de conversación que yo esperaba para aquella noche, que en cierto sentido era una noche de pequeña gloria. No me apetecía malgastarla en un psicoanálisis doméstico.

—¿Qué quieres? —pregunté.

Javier frunció el ceño en aquella forma que empleaba en clase cuando se refería a asuntos realmente densos, como los misterios de Amon en la ciudad de Tebas o el celebrado descubrimiento de la agricultura en Oriente Medio.

—¿Alguna vez has escuchado la palabra pasión? —me dijo.

Sí, me tocaba adentrarme en la senda del autoconocimien- to. Yo me proyectaba continuamente dentro de mí, pero para buscar ideas, no para saber cómo era yo mismo o cómo estaba encuadrado en el mundo. El interrogatorio de Javier me obligó a dar más explicaciones de las que hubiera deseado, y en el curso de la conversación acabé donde no quería, es decir, haciendo una exposición de mis ideas sobre la convivencia, el amor y la pareja.

—No sé —concluí. He recibido tantas patadas que… Pero estoy convencido y contento. Creo que a mi edad la estabilidad y la seguridad sustituyen a…

Javier se escandalizó ante estas palabras. Abrió mucho los ojos y se puso a hacer gestos de indignación.

—¡Pero qué dices! Tu edad es casi la mía —observó, fin- giendo enfado—. Me estás insultando, me estás llamando acabado y aburrido…

Javier tenía razón. Mis puntos de vista eran efectivamente los de un viejo prematuro, un tipo que cree haber llegado a la estabilidad en la que ya nada tiene que esperar de la vida, salvo en el dichoso aspecto de ese nebuloso mundo espiritual de su trabajo y sus inquietudes. Era como si una parte del mundo, mi vida personal y familiar, se hubiera detenido y permaneciera inmóvil acumulando polvo, como si fuera sólo el ímpetu de mis pensamientos y el impulso de mis trabajos lo que me impidiera la parálisis definitiva. Y hasta aquella observación de mi amigo yo había creído que aquel tibio aletargamiento era el devenir normal de toda pareja en la edad madura.

Estaba yo a punto de responder a Javier con un discurso autocrítico y ligeramente recargado, cuando se me adelantó preguntándome:

—¿Me puedo enrollar con ella?

Me giré hacia él, en la esperanza de que al mirarlo a la cara pudiera entender mejor a qué se refería.

—¿Con quién?

—Con Luisa… —y, al ver mi expresión de sorpresa, se apresuró a añadir, en tono festivo:

— Venga, que es broma…

—A mí no tienes que pedirme permiso —respondí cuando me repuse de la sorpresa, pero todavía confuso.

—Ya lo sé…. —respondió Javier, y luego, apresuradamente, añadió:— Bueno, te dejo.

Lo miré aún más sorprendido que antes.

—¿A cambio de dos pelirrojas? —pregunté con sonrisa de complicidad.

—De una almohada solitaria. Mañana me traen una momia temprano y tengo que madrugar.

—¿Madrugar? Tú no sabes lo que es eso.

Él se puso en pie y se dispuso a marcharse, pero antes me advirtió:

—Y tú ten cuidado. Esta noche los difuntos salen de sus tumbas y se mezclan con los vivos ¿Lo sabías, no? Más vale que te recojas pronto para que no te arrastren a ningún sitio indebido.

Me quedé mirando cómo el alegre Javier se abría paso entre las máscaras de Halloween y abandonaba el local. Era pronto para un noctámbulo como él. Estaba seguro de que tenía una cita amorosa, pero ése es su problema, pensé.

Ante el inesperado vacío, mi mente, como las velas de un barco siguen gentilmente al viento, volvió a mi secreta mucha- cha de rojo. Y me sorprendí a mí mismo pendiente de la puerta del bar, como si, estimulado por el ambiente irreal de los disfraces a mi alrededor, esperara que de allí brotara algo extraordinario, como si de pronto me hubiera convencido de que aquella noche podía suceder cualquier cosa y la puerta pudiera abrirse para que la joven desconocida entrara en el alegre interior de Zalacaín.

Y así fue. La puerta, al salir Javier, había quedado entreabierta y mis ojos asombrados vieron cómo por ella se deslizaba la muchacha misteriosa. Me fijé en su vestido rojo, en su pelo negro y ondulado, en sus facciones perfectas y un poco pálidas. Aún sostenía en sus manos el viejo libro, como un talismán.

Una respuesta a Primer capítulo

  1. Marina Diaz dijo:

    Maravilloso,leer sus libros es transportarse en un mundo mágico y de proyecciones personales,donde no sabes donde empieza Jose Ortega y donde termina el personaje,hay que leerlo entre lineas, y cada vez que lo lees, encuentras mas mensajes escondidos, creo que son libros iniciaticos

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