Primer capítulo

A diferencia de lo que había sucedido a su difunta madre, Ana conocía perfectamente el significado de la palabra orgasmo, aunque debía reconocer que tal cosa sólo sucedió a partir de su ingreso en la Universidad. Hasta entonces un orgasmo, según la definición que le habían transmitido en su adolescencia, siempre le había parecido algo misterioso e improbable que tenía mucho de leyenda y que no podía realmente formar parte de la vida cotidiana de ninguna persona decente.

Ana, que sin ningún fundamento se consideraba a sí misma una mujer moderna, meneaba la cabeza con condescendencia al recordar que su madre había creído durante toda su vida que un orgasmo era alguna especie de instrumento musical ya en desuso. Una vez había escuchado a alguien decir que había vibrado con el orgasmo, lo que la convenció de que se trataba de un instrumento de cuerda.

Por otro lado, hasta su tercer año en Filología inglesa, Ana no llegó a entender realmente lo que quería decir el término felación. Hasta entonces, por una especie de mecanismo inconsciente, había entendido que se trataba de un castigo que aplicaban los antiguos judíos a los delincuentes, semejante a la lapidación o la crucifixión. Cuando supo la verdad quedó decepcionada por la naturaleza pervertida del género humano. Fue Eva Primor, una compañera de estudios ninfómana y con exceso de peso, quien la había sacado de su error. Eva era una chica moderna, desinhibida, aficionada a las terapias alternativas y en cierto sentido una adelantada a su tiempo. En lo mental resultaba ser la antítesis de Ana, que arrastraba años de una educación retrógrada. En lo físico, ambas amigas recordaban vagamente una versión femenina de Don Quijote y Sancho: Ana era alta y delgada, además de exquisita y romántica. Eva, bajita y gorda además de descarada y en cierto sentido vulgar.

En los primeros momentos, tanto Eva como sus avanzados conocimientos en materia de sexo y el descaro con el que los pregonaba, a Ana le habían parecido repugnantes, pero con el tiempo había aprendido a no prescindir de su amiga, que había llegado a transformarse en su guía en ese territorio del que Ana lo ignoraba casi todo, pero que le interesaba horrores. Eva era además una convencida de la New Age y una entendida en el proceloso mundo de la espiritualidad, en el que Ana tampoco era muy ducha, pues sólo había tenido acceso a la espiritualidad de los curas, que prácticamente se reducía a un código moral bastante exigente.

Eva le había prestado a Ana un buen número de libros de autoayuda y con esto le había descubierto un mundo nuevo. Ella no era una mujer que consumiera literatura y más tarde la olvidara. De la misma forma que sus lecturas poéticas la habían conducido a construir aquel ideal de hombre bello, sensible, poderoso, atento, generoso y extraordinario amante que buscaba con locura, así también sus más recientes estudios de yoga, nutrición y espiritualidad la habían impulsado a llevar a la práctica con inquietante devoción todo lo aprendido. De hecho, esto había sido un gran alivio para ella. Si acababa de concluir una novela relativa a los amores de un capitán de barco especialmente seductor, carecía de sentido cursar una visita al puerto por ver si encontraba a alguien así. Pero en cambio, cuando terminaba la lectura de un tratado sobre nutrición, nada más cerrar el libro estaba en perfectas condiciones de meterse en la cocina y actuar en consecuencia desechando los alimentos nocivos, dando prioridad sólo a los saludables y siguiendo de manera entusiasta las indicaciones del libro.

Dios había dotado a Ana de un cuerpo atractivo con una cara bien formada que rodeaba unos labios gruesos y habitualmente rojos de carmín, de un temperamento impulsivo, un sentimentalismo decimonónico y un coeficiente intelectual modesto pero decente. No obstante, la interesada tenía las orejas de soplillo y por este motivo llevaba siempre el pelo largo y suelto. Claro que esto, más que una realidad, era la consecuencia de las largas horas narcisistas que acostumbraba a pasar mirándose al espejo, escrutando al extremo cada detalle. Pero fuera real o imaginado el defecto, daba igual. A Ana le daba alergia pensar que alguien, especialmente un hombre, pudiera darse cuenta, y aquella inseguridad psicológica se había prolongado hasta edad muy avanzada.

Había recibido una rígida formación religiosa y una educación sexual no muy concienzuda que se resumía en la noción de que los hombres eran sucios y groseros, tenían entre las piernas un objeto repugnante y gustaban de restregarse como cerdos contra el cuerpo de una mujer, todo ello según las insistentes conferencias que su madre había tenido a bien impartirle desde que la joven Ana había entrado en la pubertad.

En estas condiciones, el simple hecho de que Ana llegara a nacer podemos considerarlo un milagro pero no lo era, porque su madre había resultado ser una mujer devota y obediente al mandato bíblico de creced y multiplicaos. Todo lo que había hecho en paños menores, que era bien poco, lo había hecho previa supervisión de su confesor.

Por supuesto que en ese trance la madre de Ana nunca había experimentado nada excepto el peso de los sesenta y pocos kilos de su cónyuge, en parte porque éste último era un contable pálido, delgado y nada sensual al que nunca se le habría ocurrido pensar que el acto podía durar más de dos minutos. Si alguien le hubiera planteado tal cosa, lo habría tachado de mentiroso. Él creía que por mandato natural, y por lo tanto divino, el tiempo adecuado de la relación era el que el varón tardase en eyacular, es decir, dos minutos máximo, al menos en su caso. Su precocidad se debía, obviamente, a la abstinencia impuesta por la otra parte del matrimonio.

Adecuadamente advertida de que los hombres eran sucios y groseros y escondían entre las piernas un objeto repugnante, Ana perdió pronto su interés por ellos para concentrarse en sus estudios, y terminó brillantemente Filología Inglesa para a continuación obtener el doctorado con una tesis sobre aspectos heroicos en la poesía de Lord Byron. Sólo en un momento de su más tierna juventud, con diecinueve años, había concebido el amor más limpio, más puro y menos realista que cabe imaginar. El destinatario de estos sentimientos había sido un compañero de clase de ojos verdes llamado Miguel. El episodio fue breve y concluyó mal, puesto que Miguel, que era un hombre tan cabal como realista, le hizo el vacío nada más exponerle Ana sus ideas sobre la pareja y la familia, que incluían la prohibición de toda relación prematrimonial y del uso del preservativo y desde luego el imprescindible arbitraje del confesor. El desengaño de Miguel y su consiguiente desaparición acabaron de convencer a Ana de que su madre tenía razón.

Una persona que a lo largo de su vida sólo ha visto mesas de tres patas quedará convencida de que una mesa es una tabla sostenida por tres patas. De igual manera, la madre de Ana, que a lo largo de su vida sólo había tenido como compañero de cama a su esposo contable, había llegado a convencerse de que aquel eyaculador precoz o cosas parecidas era todo lo que podía esperarse de un hombre. Cierto que había oído hablar de seductores que volvían locas a las mujeres, pero esto lo consideraba dentro del campo de lo imaginario. De la misma manera que nunca le había parecido cierto que el hombre hubiera pisado realmente la Luna, tampoco se lo parecía la existencia real de señores que en la cama pudieran hacer algo más de lo que había visto hacer a su marido, es decir, nada.

A fin de defender a su hija de una situación tan fea, y de manera especial a vista del berrinche que se había tomado la niña por el asunto de Miguel, decidió desviar su atención involucrándola en algún deporte absorbente en el que pudiera aplicar toda su energía. Pero no le parecía adecuada ninguna actividad en la que su hija apareciera con minifaldas atrevidas, como el tenis, pantalones más que cortos, como el atletismo, o bañadores pegados al cuerpo, como la natación. Provocar al terrible macho era lo mismo que atraer una vida desgraciada, esto lo sabía muy bien. Entonces a aquella buena mujer le había venido a la cabeza el recuerdo de una tarde en la que toda la familia había acudido al circo y un leopardo, situándose de espaldas al público, había orinado sobre los espectadores de la primera fila, entre los que se incluía por desgracia el marido contable. Ese día madre, hija y consorte habían contemplado también un bello espectáculo de equitación. Al recordarlo, la mujer concluyó que Ana, con aquella buena planta, podría llegar a ser una excelente amazona y le regaló un caballo. De hecho, tenía la vaga idea de que las amazonas eran unas señoras que no necesitaban de los hombres y en todo caso, de esa manera la niña podría hacer deporte sin mostrar los muslos.

Como era muy culta, a su caballo Ana le puso por nombre Incitatus. Admiraba a Robert Graves y había oído hablar de sus últimos años de vida en un pueblo perdido de Mallorca. El anciano escritor, que se había hecho mundialmente famoso por su obra Yo Claudio, solía compartir las tardes de verano jugando al dominó con unos lugareños que sólo sabían que era un guiri simpático. Cuando alguno más ilustrado se le acercaba para alabarlo diciéndole que había leído su obra con mucho interés, él, para comprobarlo, siempre le preguntaba cómo se llamaba el caballo de Calígula.

El caballo de Calígula, que entre otras cosas fue designado Senador, se llamaba Incitatus. Ana le puso este mismo nombre a su propio caballo principalmente por esnobismo y de paso porque a cualquiera que le preguntara podría contarle esta historia, haciendo acopio de mérito cultural y quedando divinamente. Porque a ella le encantaba marcar territorio y sobre todo frontera entre su persona sensible y cultivada y los iletrados.

Pero lo que sucedió en aquellos años no fue lo que su madre había previsto. Ana era de natural apasionada, y sublimó su carencia de hombres desarrollando un afecto exagerado hacia Incitatus. Le hablaba, lo mimaba y le hacía regalos. Cuando salía de viaje, buscaba una tienda de caballos y le traía un bocado, unos cascabeles o alguna otra chuchería que lo alegrara. Con el tiempo, comenzó a describir la relación con su caballo como uña y carne, lo que despertaba cierta inquietud alrededor. Acabó por renunciar a montarlo para no causarle una humillación indebida y juntos caminaban por el campo como buenos amigos. El caballo pastaba y Ana leía a Byron y así se sentía moderadamente feliz, creyendo que más o menos eso era todo lo que cabía esperar.

Cuando Incitatus comenzó a desarrollar artrosis y a padecer pésimas digestiones, el veterinario, instigado por una vecina cotilla, dio crédito a la denuncia de que Ana había pasado algún tiempo dándole tarta de trufa cada domingo. Y cuando el caballo murió como consecuencia de estas enfermedades, ella desarrolló una depresión de ésas que algunos llaman descriptivamente de caballo. Porque lo de la tarta era cierto. Ana no sabía medir sus afectos y aún le quedaba mucho por aprender. De hecho, en esa época de desorientación aún no había conocido a Eva.

Fue con el saludable ánimo de rescatarla de la depresión, que su madre convenció a Ana de que acudiera a aquella fiesta. Durante todos aquellos años, la idea que había tenido ella de un hombre era la de una persona peluda de voz grave que te cede el paso en las puertas, sale del baño mientras termina de abrocharse la bragueta y a veces se desahoga usando lenguaje soez. No sabía mucho más de ellos. Por una parte estaba la decepcionante experiencia cotidiana de los hombres que conocía y por otra el hombre como héroe y como mito, representado principalmente en Lord Byron, de quien curiosamente Ana jamás pensó nada malo, ni siquiera a consecuencia del objeto que también él debía esconder entre sus poéticas y quizá depiladas piernas.

Y entonces, poco antes de que Ana cumpliera treinta años, sucedió. Encontró a Pepe en aquella fiesta. Al principio no le había llamado la atención. De hecho, le había parecido un oso peludo más, ya que Pepe era prieto, bajito y algo taciturno y no habría destacado en un grupo por más que lo intentara. Pero su plan de mantenerse alejada de él para impedir que se restregara contra su cuerpo había fracasado rotundamente a causa de los dos martinis secos y cuatro gin tonics que su amiga Eva le había ofrecido y ella imprudentemente había tomado, en parte porque una fiesta no era su lugar habitual y se sentía cohibida. Justo es reconocer que se produjo además un malentendido peculiar. Ana, que se sentía particularmente temerosa de que Pepe se fijara en sus orejas de soplillo, vigilaba con insistencia el movimiento de sus ojos. Las mujeres, como es conocido, poseen un instinto peculiar para captar el más sutil movimiento de las pulilas de los hombres, en especial cuando se dirigen a su escote aunque sea fugazmente. Pero lo que hacía Ana era mirar fijamente a Pepe a los ojos, lo que éste interpretó como insinuación cuando no desafío. Por eso hizo lo único que podía hacer, es decir, besarla apasionadamente en los labios.

Cuando vio a Pepe desnudo, Ana no estaba segura de si vivía o soñaba. Lo que tenía delante era por fin el temido paisaje apocalíptico contra el que tantas veces la había prevenido su madre. No podía retirar la mirada de aquel objeto misterioso y extraordinariamente inquietante que Pepe efectivamente poseía y que parecía dotado de vida propia.

A diferencia de su madre, que era una dama intachable, aquella noche Ana tuvo contacto carnal con un hombre al margen del matrimonio y del confesor. Y a diferencia de su madre, por fin había podido no sólo conocer el correcto significado gramatical del término orgasmo, sino también experimentarlo.

Ana nunca supo bien cómo había sucedido todo. Sólo que de pronto, en un descuido, perdió de vista el instrumento de Pepe y casualmente casi en el mismo momento, mientras se preguntaba a dónde podría haber ido a parar, se vio transportada a un mundo mágico que hasta entonces había permanecido oculto para ella y que le gustó mucho. Esa noche aprendió algo que su madre nunca había llegado a saber: Que cuando un hombre se restriega contra ti, puede ser algo realmente estupendo.

Después de aquel episodio, sus convicciones sobre los hombres y las cosas que una mujer podía hacer con ellos cambió radicalmente. Y lo mismo que en el pasado había volcado energía y entusiasmo en sus estudios, a partir de entonces dedicó esos mismos esfuerzos a la práctica del sexo con efectos retroactivos.

Su fascinación por aquel objeto tan secreto, tan peculiar y sobre todo tan convincente no había hecho sino crecer con el tiempo. Desde que comenzara Filología en la ruidosa residencia de estudiantes, solía emplear unos tapones para los oídos. El objeto de Pepe, cuando estaba en reposo, era sólo un poco más grande que uno de esos tapones, pero en los momentos clave se transformaba en algo bien distinto y aquellas variaciones de tamaño la tenían desorientada. Entre otras cosas, no comprendía cómo Pepe podía utilizar la misma talla de pantalones para los dos estados posibles de aquel objeto. Claro que, si lo pensaba, el aumento de grosor solía tener lugar en ausencia de pantalón o provocar que Pepe se lo quitara.

Le fascinaba comprobar cómo era ella, con su presencia, la que originaba esos cambios tan maravillosos en el instrumento de Pepe y cómo lo que no parecía más que una triste habichuela solitaria podía transformarse en una especie de pasaporte para mundos de placer insospechados.

A Pepe, por su parte, lo habían perdido los labios carnosos y rojísimos de Ana, su talante sereno y la profundidad de su conversación, ya que sentía una peculiar devoción por las mujeres cultas, que se sumaba a la devoción que sentía por las mujeres en general. Encontrar una morenaza dispuesta a hacer con él el amor en todo momento, era una especie de ideal. En realidad Pepe no sabía dónde estaba el truco y tardó mucho en convencerse de que no se trataba de un programa de cámara oculta ni de otro tipo de broma. Ana no necesitaba coqueteos previos, preparación ni pérdidas de tiempo: Iba directa al grano. Por eso creyó que casarse con ella era una buena idea. A ambos les encantaba el sexo y su vida sería un continuo juego. No se daba cuenta de que Ana estaba intentando no sólo olvidar para siempre a su caballo muerto de indigestión, sino especialmente recuperar el tiempo perdido.

Él no se consideraba un hombre brillante ni mucho menos atractivo, y nunca se había creído capaz de despertar el interés de una monada como Ana. Vendía seguros y era justamente su sencillez de carácter lo que le allanaba el camino hacia sus potenciales clientes. Aquella noche de fiesta se sintió redimido por aquella joven que lo trataba amablemente, le dirigía comentarios eruditos y lo provocaba, aunque fuera inconscientemente, con aquellos labios púrpura.

En realidad Ana estaba borracha como una cuba y lo que a Pepe le había parecido un discurso culto no era más que una perorata beoda donde se mezclaban sin ningún criterio Nietzsche, Platón y Kierkegaard. De hecho, había atribuido a éste último el mito de la caverna y a Platón el mito del superhombre. Lo que pasa es que Pepe, que había empezado de botones con dieciséis años y nunca jamás había prestado atención en clase, era total y absolutamente incapaz de distinguir entre lo uno y lo otro, y todo lo que decía Ana le parecía cultísimo.

Y fue así como Ana y Pepe, pocos meses después de su primer encuentro, contrajeron matrimonio. En seguida, después de una luna de miel incendiaria que prometía prolongarse indefinidamente, se instalaron en una urbanización de adosados llamada Nueva Ilusión, situada en la afueras de la ciudad y en el mismo pueblo donde Pepe había crecido. Era su prometido nido de amor.

 

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