Introducción

Introducción

En Águilas viven dos personajes singulares, Lorenzo H. P. y Juan R. P. El primero me reveló el lugar donde se halla la Colina Roja y me puso tras la apasionada pista del testimonio arqueológico del poema; con el segundo tuve ocasión de hacer un descubrimiento sin precedentes conocidos que estoy seguro de que cambiará la historia del pueblo, y quizá algún despabilado salga del trance millonario.

Continuamente me pregunto hasta dónde debo hablar y en qué punto comienza aquello sobre lo que debo callar. Porque son tan inauditos los procedimientos que usó Lorenzo para localizar algunos yacimientos, que recordarlo aún me inquieta. Y sin embargo, en los últimos años no he hecho más que saltar montes junto a él, como si el anciano alemán nos dirigiera a la manera de títeres desde algún lejano escondite, quizá desde el otro mundo. La misma mención del gran descubrimiento aún me asusta. Hasta ahora sólo lo habíamos nombrado ante las autoridades y con algún amigo. Pero se está tejiendo alrededor de todo esto demasiado secreto y yo me he cansado de guardarlo.

Una noche de verano me encontré con Lorenzo, un joven misterioso, extremadamente callado y lleno de oculta sabiduría. Yo tenía los ojos enrojecidos de traducir el poema y cuando me vio me sonrió con una complicidad que no entendí. Inopinadamente me arrastró para hacer un aparte y empezó a hablarme de la Edad del Bronce, y a preguntarme sobre poblados fortificados, cultos solares y altares sobre las colinas.

Tengo que decir que hasta entonces yo aún había mantenido en secreto todo lo relativo al extraño texto que traducía, aunque Lorenzo sabía que me gustaba la Historia y particularmente las religiones mediterráneas. Como se pensará, sólo con gran dificultad podía yo encontrar interlocutor para semejantes temas, y por tanto, entre su obsesión por preguntar y mi interés por contestar, consumimos un buen rato a gusto.

Finalmente, me confesó:

—He encontrado un yacimiento sobre una colina. Hay unas inscripciones y algo como altares, o al menos piedras que tienen forma…

—¿No es conocido? —pregunté.

—No lo sé, pero casi seguro que no.

¿Y por qué tienes de pronto tanto interés…?

—Me parece algo fuera de lo corriente… ya lo verás.

—¿Por qué es especial?

—No sé… todas las rocas están repletas de fósiles marinos.

Calló un momento, como comprobando si yo daba la interpretación adecuada al dato.

—¿Fósiles…? —repetí sin que las ideas vinieran a mi mente. De pronto añadí—: ¿Los hay también en las colinas de alrededor?

—No, he buscado bien.

—Vaya… Si nos soltamos del lastre de la ciencia y buscamos…

—¿Qué?

—Es sólo una idea. He estado últimamente leyendo sobre la mitología del diluvio en Oriente y resulta que… Bueno, ya sabes que toda la Edad del Bronce de esta zona, el Argárico, es una cultura muy influida por Oriente. A menudo se afirma que esta relación está demostrada por hallazgos arqueológicos que testimonian un comercio bien asentado y por influencias artísticas. ¿No podría ser que del mismo modo que se cambiaban cacharros hubiera también un trueque de ideas y creencias?

—¿Qué tiene eso que ver con los fósiles?

—Posiblemente nada, pero pienso que una cultura que cree en un héroe que se salvó del diluvio y encalló su barco sobre una montaña sagrada donde se reconcilió con los dioses; una cultura que desembarca en este lejano Occidente y encuentra una colina cubierta de conchas marinas, bien puede hacer un símbolo de esa montaña mágica resurgida de las aguas y utilizarla como lugar de oración y sacrificios, de la misma manera que Utanapistin sacrificó y oró por primera vez después del castigo sobre la cima del Nisir.

El tiempo demostró que me había equivocado, y si transcribo aquí esta idea es sólo porque a mi compañero de conversación le interesó y a partir de entonces el diálogo se hizo bruscamente confidencial. Creo que aquella tonta perorata fue realmente el desencadenante de los acontecimientos.

Lorenzo hizo una mueca de satisfacción y adoptó un tono intrigante. Entonces, excepcionalmente, me hizo partícipe de ciertos conocimientos secretos y asombrosos en relación con sus descubrimientos, que forman parte de lo que no contaré.

A mi vez le hablé de Khol y le di a leer lo que llevaba traducido. Cuando lo volví a ver a los pocos días, la tarde en que visitamos la colina, ya había terminado la lectura, y me dirigió una mirada de comprensión y una frase que nunca olvidaré:

—No es casualidad que hayas escrito ese texto y que yo lo haya leído.

En su mirada nadaba una secreta certeza, como si tuviera planes grandiosos, y dentro de mí se agitaba el conocimiento de que, junto a él, las próximas semanas estarían llenas de sobresaltos y belleza.

ooo

El sol se ponía cuando, tras esquivar las enormes arañas que tendían sus telas entre los juncos, llegamos a lo alto del cerro. Allí experimenté una sensación, no ya de misterio como en Cabo Cope, sino de súbita piedad, de respeto. No podía hablar en voz alta, como en una iglesia.

Como esto no es una memoria arqueológica no he de incluir una descripción del yacimiento. Algunos dibujos que tomé y aparecen en esta edición, sin embargo, ilustran suficientemente sobre el petroglifo circular, el emplazamiento del túnel en zigzag, o el inexplicable anillo en la roca.

Días más tarde, cuando continuaba con mi trabajo de traducción del manuscrito alemán de Khol, me impresionó descubrir que esa colina, a la que habíamos llamado el cerro del diluvio, era exactamente la misma que aparecía en la historia con el nombre de la Colina Roja, una especie de santuario natural donde el poema sitúa acontecimientos que no quiero anticipar.

ooo

 Las semanas pasaron y yo no me equivoqué en mi impresión: No cesamos de descubrir yacimientos, siempre con el manuscrito en la mano, como si fuera el plano de un tesoro. Y cada nuevo descubrimiento que podíamos relacionar con la historia nos llevaba más y más una sensación de irrealidad, como si fuéramos, más que oscuros ciudadanos, auténticos protagonistas de la epopeya: así de intensos fueron aquellos días.

Juan se unió a nosotros. Era aún adolescente, y tenía una admirable sed de conocimiento que no podíamos saciar. No se cansaba de escuchar, y no dejaba nunca de llenar sus alforjas de saber y experiencia, como un coleccionista fanático.

Como era más joven, su entusiasmo era mayor y su fuerza también. Por eso subía la montaña mucho más rápido que nosotros y por eso entró antes en aquella angosta abertura en una ladera de Cabo Cope, y se internó como un sonámbulo en la cueva.

A él pertenece la gloria. Ante su linterna se desplegó una larga pared cubierta de pinturas rupestres, pinturas que representaban cientos de caballos blancos alineados en una hilera interminable, el tesoro de nuestro pequeño pueblo.

Gritó para llamarnos, completamente aturdido, y, desde el exterior, tardamos un buen rato en localizar la entrada de la cueva. Cuando vimos la pared nos quedamos sin habla, y un misterio mayor de lo que se puede imaginar nos impuso un silencioso embarazo.

Pasamos mucho tiempo allí, no sólo admirando las pinturas, sino rebuscando en unas copias del manuscrito, por ver si el texto mencionaba también aquel friso. No lo encontramos en el momento, pero sí una semana más tarde cuando, después de una noche sin dormir, leí lo que la historia decía de ella y supe que era una especie de horóscopo.

El descubrimiento fue comunicado a las autoridades locales y académicas, que, tras comprobar el hecho, nos impusieron silencio. ¿Por qué? ¿Por el gusto de acariciar el secreto para ellos solos? ¿Son acaso ciertos los rumores de que el propietario de los terrenos va a volar la entrada para hacer que la cueva sea visitada como Altamira y Lascaux? ¿He de creer lo que se cuenta acerca de una avalancha turística?

El silencio ya está roto. Era necesario para introducir a la segunda parte del poema, pero el friso de los caballos tiene una importancia limitada al argumento, y por eso lo he reproducido a escala muy reducida y sin estridencias: esta publicación no es una gacetilla turística. Antes de terminar sólo me queda advertir que, aunque el hallazgo por la Universidad de Murcia de un cráneo humano en una cueva de Cabo Cope tiene relación directa con la historia, ésta no es la cueva de los caballos, cuya entrada es prácticamente imposible de encontrar y está sellada. Por lo tanto, espero que esta breve narración no anime a nadie a buscarla, pues perderá el tiempo y se pondrá en peligro.

José Ortega

 

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