Primer capítulo

El hombre-escorpión se dirigió A Gilgamesh en estos términos: “De muy lejos has venido hasta mí. ¿Por qué has cruzado mares Tormentosos en tu viaje hasta mí?

Poema de Gilgamesh, tablilla IX, col. II

Fue tu decisión venir hasta aquí, y ahora debes entrar en ese país de crepúsculo permanente desnudo y solo… Porque solos venís los hombres al mundo, y solos tenéis que enfrentaros con las grandes preguntas y con el misterio de la eternidad.

Gilgamesh en busca de la inmortalidad, cap. XVI

RUINAS DE URUK, SEPTIEMBRE DE 2012

Yo solo pensaba en sus ojos, en los dulces ojos de Gloria. Era el último día de campaña, y aún pensaba en ellos cuando todo sucedió.
No fue el escorpión lo que me sobresaltó, sino la forma de arcilla que yacía a sus pies.

Aproximé cautelosamente un pincel y lo apliqué a la tablilla, descu- briendo hileras de signos pequeños y regulares, aquellas familiares hileras de signos pequeños y regulares que no eran otra cosa que escritura cuneiforme. Y verlas me causó temblor, como si el éxito que tanto había buscado amenazara con transformarse en algo demasiado grande y pesado que me cayera encima y me aplastara.Volví la vista atrás. Desde mi posición, al fondo de la cuadrícula, no podía ver a los otros, pero los oía moverse y bromear mientras recogían los materiales de trabajo y los dejaban estibados en los vehículos.Eché un nuevo vistazo indeciso a la oquedad y distinguí al escorpión, acurru- cado en la sombra como el guardián mitológico de un tesoro, sabio y paciente. Estaba esperando que me equivocara, que cediera a la tentación de introducir la mano desnuda en el hueco y entonces clavarme el aguijón.

Pero si quería que mi viaje tuviera un sentido, si pretendía que el descubrimien- to fuera mío, debía correr el riesgo. Utilicé el pincel para rebajar lentamente el limo seco que aprisionaba la tablilla y cuando quedó suelta introduje el borde de los dedos para palparla y determinar su fragilidad. Me detuve unos instantes, a un palmo del escorpión, que no se movió. Pensé en mi viaje, en mi búsqueda, en mi ansia, en el dolor de toda una larga vida sin auténticas emociones. En- tonces alargué la mano y, con un movimiento seco, rescaté del olvido el pedazo de barro.

Lo sostuve no como un objeto arqueológico, sino como un portento que hasta ese instante había permanecido prisionero de la eternidad y que la eternidad había vomitado y había devuelto al mundo. Una racha de viento seco y áspero sopló de pronto y me laceró el rostro, introduciendo duros granos de arena entre mis dientes. Los escupí, y al levantar la vista vi a Hasib, el capataz de los obreros árabes, que más que mirarme me vigilaba desde la escombrera, silen- cioso y torvo.

¿Cuánto tiempo llevaba allí? Imposible saberlo, pero era inútil recriminarlo. Él solo obedecía las órdenes de Marcel.

-Es el viento del suroeste -anunció secamente, como respondiendo a la pregun- ta que sabía formulada, aunque no pronunciada. De alguna forma, la frase había sonado como un desafío.

-Avisa a Marcel -ordené.

Hasib desapareció y cuando volví a quedarme solo en la extraña intimidad del fondo de la cuadrícula, contemplé la tablilla como mucho más que un pedazo de barro. Era el objeto mágico que podría enterrar una época del mundo y dejar que otra nueva comenzara.

ooo

El hallazgo había tenido lugar al limpiar uno de los muros de cimentación de lo que se había dado en llamar la casa del escriba, una vivienda de adobe de época babilónica. Una piedra suelta había resbalado inopinadamente, dejando al descubierto un hueco en el muro, que hasta entonces había ocultado la tablilla ¿Quién la había escondido allí? ¿Y con qué intención? ¿Se trataba de un secreto, de alguna brujería? Mis ojos no se cansaban de recorrer, impotentes, las hileras de signos cuneiformes. Signos que no podía descifrar.

-¡Eduardo! -A mi espalda reconocí la enérgica voz de Marcel. Tras él, uno a uno, fueron apareciendo los arqueólogos de la misión, pero yo los miré sin verlos. Solo tenía ojos para Gloria, que apareció tranquila y apaciblemente detrás de los otros.

Elevé el fragmento de arcilla hacia los presentes y, dadas las circunstancias, parecía un sacerdote en el momento de la consagración.

-Una tablilla -proclamé innecesariamente.

Entre los demás se produjo la reacción de entusiasmo que esperaba. Aquella pieza debía ser por fuerza la tablilla, la ansiada tablilla X, por tanto tiempo y con tanto ahínco buscada.

-¿Dónde estaba? ¿Por qué la has extraído? ¿No te das cuenta de que antes de tocar nada hay que fotografiar…? -chilló Marcel severamente, braceando con irritación mientras descendía la escombrera a grandes saltos.

-No es tan fácil -me quejé- Hay un escorpión.

Marcel inspeccionó el hueco.

-Parece una especie de cámara secreta -comentó.

-Quizá la tablilla contiene algo valioso. Algún testamento, un título de propiedad -aventuró alguien.

Marcel tomó en sus manos el preciado y desafiante objeto. Sopló sobre él un par de veces para expulsar finos restos de limo del fondo de los surcos forma- dos por la escritura, y lanzó un suspiro. Poseía rudimentos de sumerio, akadio y ugarítico, y todos esperaban que de un momento a otro hiciera gala de su erudición leyendo alguna palabra suelta o alguna frase, algo que confirmara o desmintiera que se trataba de la tablilla X. Pero no fue así. Vi cómo sus ojos recorrían el texto de arriba abajo, con una especie de ansiedad, y cómo su cara dibujaba una inesperada mueca de frustración.

Después se volvió a los demás con un movimiento enérgico.

-Gloria, la cámara –ordenó.

Gloria se dio la vuelta disciplinadamente en busca de sus trastos y Marcel me tomó por el brazo con un gesto de hermano mayor.

-¿Dónde dices que estudiaste Arqueología? -me susurró jocosamente al oído. Y añadió:- No se lo diremos al jefe ¿eh?

Después insistió en el obligado ritual de las fotografías, los planos, las mediciones y toda esa constelación de cuidadosas medidas propias de los arqueólogos. Ordenó devolver la tablilla a su lugar para restaurar la legalidad científica violada y reproducir el proceso tal y como debía haberse desarrollado desde el principio, incluyendo la filmación en vídeo del momento de la extracción, una cautela que habían aconsejado los patrocinadores del Oriental Institute a causa de los singulares hallazgos del año anterior y la extraordinaria atmósfera que envolvía aquella campaña.

Marcel hizo una seña y de inmediato se presentó Hasib, con aquella oscura mirada de halcón y aquel servilismo que sin embargo no contradecía su orgullo racial. Asomando su cabeza en la oquedad, murmuró algo en árabe. Lo hizo para sí, pero parecía estar hablando al escorpión. Entonces introdujo una mano veloz y, para maravilla de los presentes, capturó al guardián mitológico y lo sacó de su cueva. Durante un instante lo miró con ojos interrogativos. Después lo soltó y le permitió escabullirse entre los escombros.

-¿Por qué lo dejas ir? -protesté.

Hasib se limitó a mirarme de aquella forma inescrutable que sugería que sus designios escapaban a mi alcance. Entonces me dio ostentosamente la espalda y continuó con su tarea habitual de despejar la zona de cascotes.

Muy pronto apareció Gloria cargando con una mano un pesado trípode y llevando con la otra una cámara de vídeo. La miré manejar el cigarrillo entre sus dedos y su boca. Lo dispuso todo con movimientos familiares y ágiles, después acercó los ojos a la burbuja, ajustó unos tornillos y finalmente se echó el cigarrillo a la boca y recogió la cámara del suelo, aposentándola sobre la zapata y haciéndola deslizarse hacia delante con un chasquido familiar. Entonces escondió el rostro tras el visor, sin retirar el cigarrillo ladeado de la boca. Se movía con la seguridad de un artesano experto, como un viejo zapatero habituado a repetir los mismos movimientos.

-Vamos a fotografiar esto -anunció Marcel, señalando la tablilla- y luego filma- remos en vídeo la extracción. Nuestro amigo Eduardo se transformará en actor. “Nuestro amigo Eduardo”, la frase permaneció rebotando en mi mente, repitiéndose como un eco, como la clara expresión de que yo no pertenecía al grupo. Desde su atalaya en la escombrera, parapetada tras la cámara, Gloria me dirigió una sonrisa. Una sonrisa que no significaba “déjalo, no le hagas caso, no merece la pena”, ni tampoco “no te preocupes, tú eres mejor que ellos”, sino “estoy contigo. Pase lo que pase, estoy contigo”.

ooo

El cielo había comenzado a volverse cárdeno sobre las suaves colinas, y Venus resplandecía rozando el horizonte del oeste, como un fuego que ardiera muy lejos, señalando el hogar que había abandonado para venir a encontrarme con el misterio.

La tablilla era la única encontrada en aquella campaña de excavaciones, que precisamente había sido organizada con el propósito de localizar la tablilla X. Había sido un hallazgo extraño e inesperado que amenazaba convertirse en el prólogo de una traducción llena de equívocas sorpresas.

Marcel se refugió bajo el sombrajo para preparar la primera información de urgencia. Leyó la tablilla en un escáner y generó un fichero gráfico. Después, ar- mado cual guerrero telemático de ordenador portátil y teléfono móvil, buscó un rincón tranquilo junto a la escombrera y redactó un breve informe que remitió por correo electrónico, junto con la imagen exacta de la tablilla, al Oriental Ins- titute. Aquella veterana institución de la Universidad de Chicago era el principal impulsor y financiador de la misión. Era, por así decir, el centro mundial de la Asiriología. Para ella trabajaban los más prestigiosos orientalistas y en su seno se había formado, entre otros profesores ilustres, el director de los trabajos, el afamado y ya anciano Stephen Hässler.

El perezoso crepúsculo transformó la planicie en un haz de rayos moribundos bajo un cielo sonrosado. Vino despacio, como si el mismo tiempo estuviera asustado y se resistiera a moverse hacia adelante, hacia el incierto día siguiente. Mientras Marcel escribía y los demás estaban ocupados en recoger el campa- mento, me fijé de nuevo en la tablilla, depositada sobre una mesita plegable y protegida por un envoltorio de plástico. En ella se encerraba un nuevo secreto que amenazaba con remover el mundo hasta sus cimientos. Nadie podría pen- sar que los científicos llegarían a tener miedo de la verdad, que los excavadores se sintiesen intimidados ante un nuevo hallazgo, que los traductores iniciasen sus trabajos con turbios presentimientos. Nadie podría esperar que el mundo entero pudiera llegar a sentirse acorralado por un pedazo de barro cocido.

Me fijé en Gloria, que estaba ocupada pegando etiquetas a unas cintas digita- les y escribiendo sobre ellas rótulos identificativos, y después miré a Marcel. Él enviando un mensaje a las antípodas sin cables y ella archivando horas de grabaciones en un formato minúsculo y sin embargo de calidad superior. Qué lejos hemos llegado en el conocimiento, pensé, y sin embargo qué hay aún en nosotros de primitivo que nos hace temer lo que pueda decir una tablilla de barro, como si bajo el disfraz de ciudadanos del siglo XXI se agitaran aún los miedos del antiguo cazador incapaz de entender el mundo, del viejo campesino espantado ante la majestad de un universo inaccesible, todos aquellos primitivos aprendices de sabio turbados por su propia impotencia. La muerte es la causa de todas las religiones, y las religiones mantienen vivo ese miedo, como si todo lo que pudiera haberse dicho sobre el cielo y el infierno estuviera contenido en los libros que llamamos sagrados, y fuera de ellos, aún hoy, todo fuera incierto y fútil. Por eso el miedo a aquellas tablillas, escritas en los momentos en los que Dios aún hablaba.

De nuevo una racha de viento, violenta y ardiente, como el gemido de algo vivo. Alcé la vista: Viento del suroeste, del desierto estéril donde viven los reptiles. -Gloria, recoge -ordenó Marcel, que acababa de remitir su mensaje.

Ella desmontó la cámara del trípode y se puso a empaquetarla. Después se acercó a Marcel y permaneció junto a él, con las manos en los bolsillos, como una estudiante ociosa pero muerta de curiosidad.

-¿Qué pasará ahora? -preguntó, mirando la tablilla como si contuviera una maldición.

-Ya lo dirán los traductores -respondió Marcel.

Su tono era confiado, como si fuera indiferente a aquella suerte de ansiosa emoción que el descubrimiento había producido en los otros.

La tablilla había sido someramente embalada. Su destino inmediato era el co- rral que habíamos convertido en laboratorio y taller, una dependencia más de la pequeña casita de adobe que nos servía de vivienda, en la aldea de Abu-Dall. Allí sería limpiada y después fotografiada y dibujada, y más tarde entregada al museo de Bagdad, donde permanecería a disposición de los investigadores.

El sol ya se había hundido tras las pardas colinas de Sullah cuando el cortejo de vehículos todo terreno se puso en marcha levantando nubes de polvo y dejando en la penumbra sonrosada las ruinas de la antigua Uruk, la pobre casa del es- criba y el muro que había cobijado durante cuatro mil años una cámara secreta con una tablilla oculta en su interior.

Mientras contemplaba con una quietud holgazana cómo el paisaje se volvía gris, supe que por fin se había cumplido el destino que había concebido al dejar España, pero al mismo tiempo no conseguía esquivar una punzada de inquietud. Gilgamesh, el mítico héroe que había reinado en aquel mismo lugar, había traspasado una frontera cuando los hombres escorpiones le habían franqueado las puertas de la montaña Mashu, y entonces se había introducido profunda- mente bajo la montaña, hacia la incertidumbre y la aventura.

Y yo no podía esquivar el presentimiento de que también acababa de traspasar una frontera. Una frontera prohibida, invisible, trazada en un nebuloso espacio. Una frontera que hasta entonces había permanecido cerrada, manteniéndome de este lado, en el país de las certezas y a salvo del infortunio.

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