Azar o destino (introducción)

 

Azar o destino

Algunas personas de la villa de Águilas leyeron Gilgamesh y la muerte, entre ellas un músico llamado José Luis Salas. Con el tiempo, José Luis formó con dos amigos un grupo de música de cámara, y, cuando todos ellos se pusieron a la tarea de idear un nombre para el grupo, lo buscaron entre las páginas de Gilgamesh y la muerte, y eligieron el nombre de Lugalbanda, el padre mítico del rey Gilgamesh. A continuación compusieron sus primeros temas. Uno de ellos lleva por título Lugalbanda. Yo no sabía nada de todo esto. Apenas conocía a José Luis, excepto por el hecho de que participó como figurante en un mediometraje que rodé en Águilas en 1992, y que era precisamente una dramatización del cuento de La Piedra Resplandeciente.

Cuando en 1996 fundé mi propia productora y necesitaba darle un nombre, también fui a buscarlo a las páginas de Gilgamesh y la muerte, y también elegí el de Lugalbanda. Después de que todo esto sucedió, yo me enteré de lo de José Luis y él se enteró de lo mío.

El grupo Lugalbanda hace una música de raíces celtas cuya emotividad y belleza no puede expresarse con palabras. Recientemente he dirigido una serie de diez episodios de cine documental para TV, sobre mitos mediterráneos. Uno de ellos, que lleva por título En busca de la inmortalidad, es una dramatización con actores y efectos especiales, del propio poema de Gilgamesh. Está filmada en parte en Águilas, y en el papel de Gilgamesh intervino José Rodríguez, otro aguileño castizo. En el episodio he utilizado como fondo musical el tema Lugalbanda. No por cerrar ningún círculo, ni para forzar las coincidencias, sino simplemente para aprovecharme de su belleza.

Mientras escribo estas líneas caigo por primera vez en la cuenta de que en La Piedra Resplandeciente aparece un grupo de tres músicos que toca al atardecer una melodía cautivadora. Los tres músicos son brien (hombres azules) que proceden de la aldea de Tresmares, en Hesperia (un trasunto de la villa de Águilas). A la vez, la cultura brien está ambientada en la cultura celta, de donde cabe esperar que su música fuera también una música de raíces celtas. Y, por fin, el fundador de aquella cultura había sido justamente el dios Lugalbanda.

No escribí esa parte de la historia influido por la existencia previa de los tres músicos locales que hacen música celta, puesto que la acabé en 1991, mucho antes de que naciera el grupo. Más bien parece que haya sido al contrario, como si los hechos posteriores se hubieran limitado a confirmar lo que ya estaba escrito. Pero, al mismo tiempo, todo lo que escribí sobre Águilas y sus posibles mitos y sus lugares mágicos durante la Edad del Bronce no nació de la nada, sino de una semilla depositada en 1986, sin prisas, por Lorenzo Hernández Pallarés, otro aguileño impresionante, cuando me llevó a ciertos sitios y me contó ciertas cosas, que están solo insinuadas en el prólogo de El Príncipe Pálido.

A partir de 1988 me dediqué a hacer en Águilas una extensa colección de fotografías de modelos vestidos al modo de la Edad del Bronce. Hombres con túnicas al borde de acantilados como los del Cabezo Negro, mujeres semidesnudas con el cuerpo bañado en aceite, en el interior de cuevas como las de Cala Reona. Al ver las fotos, era imposible no ponerse a imaginar la biografía personal de aquellos personajes, y así fue como les di un nombre y una historia: Aranai-Aranai (= GacelaGacela), la joven forzada a vivir su infancia oculta en el interior de un túmulo funerario (a imitación de la irlandesa Deirdré); Jen-Karamai (= Ala de Golondrina), la hija de Halli el Mago, que daría a luz al héroe local; Idar Dorainn (=La Plenitud de la Diosa), el joven que arrebató a los hombres de bronce el secreto de la metalurgia. Las fotos y las biografías se transformaron en un documento llamado Informe sobre los brien ondai (los hombres azules), la semblanza ficticia de una cultura histórica, en la que incluí las trazas de un idioma con un vocabulario y una gramática rudimentarios.

No pasó mucho tiempo hasta que los personajes entraron en conflicto, las historias se ensamblaron unas a otras, y así nació La Piedra Resplandeciente. Una ficción nacida, como vemos, de la realidad. Curiosamente, el proceso es el inverso del que se sigue en el cine. Allí, uno imagina un personaje, un paisaje y una situación, y todo ello con suerte llega a convertirse en una realidad que se ve y se toca. Unos personajes le dan carne y sangre a lo que no eran más que ideas en la cabeza de alguien, y un director de fotografía se ocupa de que la atmósfera sea la que ese alguien había imaginado. En este caso, en cambio, los personajes reales, que podían verse y tocarse, fueron primero, y de ellos nació la historia.

En unos aspectos, entonces, en La Piedra Resplandeciente (como en El Príncipe Pálido), la realidad y la ficción mantienen, por así decir, un diálogo amistoso. En otros, como el de las coincidencias en torno al nombre Lugalbanda y a la existencia de los tres músicos, la inspiración parece haber completado un viaje de ida y vuelta: Águilas me inspiró estas novelas, y un músico de Águilas se inspiró a su vez en ellas, aunque fuera en parte, para escribir uno de sus mejores temas. De todos modos, con esto no devuelvo a Águilas más que una parte muy pequeña de lo que he recibido de ella.

Septiembre de 2001

José Ortega

 

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