Barro de Pilos (introducción)

Ahora entiendo muchas cosas que no comprendí aquél día en lo alto del cabo. Traducir y estudiar Khol a lo largo de los años me ha educado sin que lo advirtiera y ahora sé que la voz de un poeta griego de hace tres milenios aún puede educar a los hombres del presente porque la naturaleza humana no ha cambiado. Y ahora, cuando me he decidido a publicar el texto, por primera vez encuentro un instante de reposo para evocar el pasado, porque estos años han sido de continua maravilla y de un asombro sin cesar y lleno de placer.

Ahora entiendo muchas cosas y sé a quien corresponde el misterioso cadáver recientemente exhumado en las soledades de Cabo Cope. Los arqueólogos de la Universidad de Murcia alzaron planos del recinto funerario y tomaron fotografías del esqueleto y la extraña espada de bronce que yacía junto a él. Después, cuando el director de la excavación intentó tomar en sus manos la noble calavera, ésta se deshizo en un polvo deleznable que pronto se dispersó sobre la mar. Se encogió de hombros, ordenó la recogida de muestras de ceniza para un examen de carbono radiactivo y todos se marcharon.

El hallazgo habría sido pronto olvidado de no ser porque se identificó la espada como de un tipo oriental muy antiguo y sabrá el lector por qué las colinas desiertas de Águilas son misteriosas y por qué uno guarda por instinto un silencio rotundo y respetuoso cuando sube a Cabo Cope.

Todo empezó sobre el Cabo. Paseaba yo descuidadamente recreado en el atardecer y pensando en cosas sin importancia, cuando encontré en mitad de las ondulaciones a un viejo que iba de un lado para otro con la cabeza gacha, como si buscara un objeto recién extraviado. Cuando me acerqué a él me di cuenta de que era un extranjero, seguramente centroeuropeo. Tenía el pelo castaño y una poblada barba del mismo color. Era menudo y sus ojos azules estallaban de vida.

De pronto me sonrió tontamente.

—Aquí es— me dijo sin dejar de sonreír. Como no entendí, me sentí embarazado y sólo pude emitir un gruñido de apuro.

Él continuó mirando al suelo y pude ver que no había perdido cosa alguna, sino que buscaba minerales o algo semejante, pues una y otra vez recogía piedrecitas que examinaba con sumo cuidado, a veces las juntaba una con otra, las hacía entrechocar y finalmente tiraba todo con un gesto de ansiedad. Entretanto, no dejaba de murmurar cosas en su lengua, que luego identifiqué como alemán. Deduje que no estaba en sus cabales e intenté retirarme con sigilo. Pero cuando le di la espalda me volvió a hablar.

—Aquí es, hombre joven, por fin he encontrado.

—Aquí es, hombre joven, por fin he encontrado.

—¿El… el qué? —pregunté para seguirle la corriente.

El viejo sonrió con una satisfacción pasmosa y afirmó:

—Der heilige Berg… ¿Cómo dices tú…?

—No sé…

—El… el… —se esforzó, buscando las palabras españolas— el sitio, el lugar… ¡santo! —coronó con alivio.

—¿Qué quiere decir usted? —pregunté con toda cortesía y total despiste.

El viejo sonreía como el poseedor de un gran secreto, como habría de sonreír sin duda el pirata dueño del plano de un tesoro. Sin dejar de sonreír con este gesto de niño, se sentó sobre una piedra y por primera vez me pareció atractivo y lleno de lozanía. Comenzó a hablar dulcemente, con la convicción de un iluminado y la vehemencia de un loco. Yo le entendía a veces y a veces no, pero sus sublimes palabras desecharon mi desconfianza. Me senté delante de él y escuché su historia de reyes y héroes, de dioses y hombres, una historia que comenzaba al otro lado del Mediterráneo, en la extinguida Sumer, mucho antes de que la Biblia fuera inspirada, antes de que naciera el Dios que carece de nombre para expulsar del cielo a los otros dioses y gobernar solitariamente el corazón de los hombres.

Cuando retiré los ojos de su efusivo rostro me di cuenta de que había caído alrededor de nosotros una noche sin luna y no pudimos bajar al pueblo, es demasiado peligroso sin una linterna. Por eso nos quedamos allí, en lo alto, pero nunca sentí frío o recordé que debía volver a casa: él me reconfortó con sus palabras hasta el amanecer y cuando clareaba se acercó al borde del Cabo y contempló Calabardina, los llanos hacia el interior y el cinturón de montañas calvas que los cerraban. Pero yo sabía que estaba viendo el pasado.

Después me miró y dijo:

—No me iré sin encontrar su tumba, aquí, en el cabo que tiene forma de… Dragón.

Le contesté:

—¿Por qué? ¿No es una historia inventada?

Me sonrió con indulgencia, como perdonando mi gran ignorancia, y afirmó vehemente:

Si encuentras poesía en la historia yo cuento, no es poesía mía. Si encuentras poesía, es poesía de un griego antiguo. Yo no soy poeta, yo soy arqueólogo epigrafista y yo traduzco esta historia de la arcilla.

No entendí muy bien esta parte, pero cuando volvimos al pueblo, lo acompañé a la habitación que ocupaba en la fonda que había en la calle Conde de Aranda y que hoy ha desaparecido. Estaba lleno de libros y papeles rebosantes de tinta que ocupaban las estanterías, las sillas, la cama, el mismo suelo. Recogió un fajo de cuartillas y me las mostró diciendo:

—La arcilla de Pilos.

No entendí, pero acepté cuando las dejó en mis manos. La emoción en su rostro decía que aquél era su tesoro, o el plano de un tesoro. Finalmente logré comprender que la larga historia que me había contado no era de su invención, sino la traducción de las tablillas de Pilos, escritas en una lengua hasta entonces indescifrada cuyo secreto el viejo al parecer había conseguido desvelar.

No sabía una palabra de alemán y tardé dos años en traducir el texto, pero al cabo he conseguido una versión bastante aproximada. La historia, de época micénica es una especie de fusión de los grandes ciclos mitológicos orientales con elementos de la tradición griega y también centroeuropea.

El sorprendente anciano no sólo había traducido línea por línea un texto, que consta de cientos de cuartillas, sino mucho más, se había empeñado en demostrar que la epopeya relataba hechos no inventados, sino reales, y se había lanzado a la búsqueda del testimonio arqueológico cual nuevo Schliemann liada en mano, recorriendo como un sonámbulo media Europa y todo el Mediterráneo; había despanzurrado las obras clásicas de Arqueología, metiendo sus inclinas narices en las monografías y en los mismos trabajos de campo de los modernos especialistas y no había cesado de deshidratarse subiendo y bajando montañas fértiles en ruinas, perseguir necrópolis de la edad del Bronce y, sobre todo, buscar por el mar de la cultura un cabo cuya forma recordara lejanamente a la de un dragón recostado.

A su juicio, había hallado los testimonios que buscaba y al parecer contó con el apoyo de varios epigrafistas alemanes a los que por carta había confiado parte de sus descubrimientos.

Cuando, lleno de excitación y con la mente en plena creación de poéticas quimeras, acudí a buscarlo al día siguiente, supe que se había marchado apresuradamente. Nunca volví a verlo, aunque nunca lo he olvidado. Era la persona más juvenil y asombrosa que he conocido, ebrio de una pasión que le impedía recordar que tenía más de ochenta años y que pronto moriría.

«Khol» es la traducción del «barro de Pilos», la misma narración que escuché de su boca aquella madrugada casi palabra por palabra, pues la conocía de memoria. Es la historia de nuestro pasado y del pasado del mundo y la historia de todo hombre cuando se siente preso en los limites del cuerpo y la vida humana y ostenta una ambición que inequívocamente ha de llevarlo al desengaño.

José Ortega

Cartagena, junio de 1985

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