Primer capítulo

CAPITULO I

«¿Es posible que el hombre vaya a obstinarse

en amar otra cosa más que a sí mismo?»

Propercio

 URUK

Era joven, bello y arrogante. A decir de muchos, también estúpido. El poder lo aburría, los dioses le eran indiferentes y el sexo nunca lo saciaba. Ejercía su inmenso poder entre bostezos y odiaba someterse a sus servidumbres. Había llorado y pataleado cuando los sacerdotes le raparon a la fuerza la cabeza para su participación en las ceremonias, y sólo toleró la cuchilla al escuchar que Lugalbanda así lo quería. Sólo esa palabra, Lugalbanda, el nombre del padre al que nunca conoció, parecía prevalecer sobre su desprecio del mundo.

Había subido sin devoción ni respeto los escalones del zigurat y esperaba con impaciencia el fin de los rituales. El alcohol, que embotaba sus sentidos, le impidió escuchar cómo los tenues pasos de la tragedia se le acercaban como lobos que han olfateado la presa y ya nunca descansarán hasta abalanzarse sobre ella. Puede decirse que aquél fue su último día de niñez.

Su cabeza iba y venía por efecto de la cerveza, el sol le abrasaba la nuca y las salmodias sacerdotales lo adormecían. Una multitud de fieles temblorosos ocupaba las tres escaleras del acceso al zigurat y la llanura adyacente, y sus vestidos de fiesta relucían en la brillante mañana. Frente a él, Ninsin, la espléndida sacerdotisa de Inanna, aún no terminaba de pronunciar su inacabable discurso ritual:

«Esposo, amado de mi corazón,

Grande es tu hermosura, dulce como la miel.

León, amado de mi corazón,

Grande es tu hermosura, dulce como la miel.

Tú me has cautivado, déjame que permanezca temblorosa ante ti.

Esposo, yo quisiera ser conducida por ti a la cámara.

Tú me has cautivado, déjame que permanezca temblorosa ante ti.

León, yo quisiera ser conducida por ti a la cámara»

Cada uno de los silencios intermitentes de Ninsin era contestado por las confusas plegarias de las miles de gargantas fervorosas del pueblo reunido, un poco aliviado de las penas por el gran banquete de Año Nuevo y sus generosos dispendios de alcohol, pero nunca tan borracho como el propio rey, cuyos ojos estaban fijos en la tersa piel de la sacerdotisa y cuya imaginación se disparaba con cada palabra que salía de su boca.

—Termina de una vez, muchacha —exigió, impaciente—, y pasemos adentro.

Ubartutu, el circunspecto sacerdote situado junto a él, lo miró con toda la severidad y el desprecio que era posible dirigir al representante vivo de los mismos dioses.

—Ishakku —se atrevió a murmurar—, concéntrate en la ceremonia. De ella dependen muchas cosas.

El rey dio un respingo y le dirigió unos ojos sorprendidos. Su cara juvenil estaba excesivamente maquillada con los colores rituales de la realeza, y su cabeza rapada relucía al sol como un canto de río.

—Ubartutu —contestó entre dientes—, estoy cansado de tu seriedad ¿por qué no te callas y me dejas disfrutar tranquilamente de esta joven?

Pero entonces, en tanto que una nube errabunda ocultaba momentáneamente el sol y una ráfaga de aire refrescaba el ambiente, Ninsin interrumpió la discusión volviendo a sus rezos eróticos:

«Esposo, déjame que te acaricie;

mi caricia amorosa es más suave que la miel.

En la cámara llena de miel

deja que gocemos de tu radiante hermosura.

León, déjame que te acaricie,

mi caricia amorosa es más suave que la miel.

Esposo, tú has tomado placer conmigo,

díselo a mi madre, y ella te ofrecerá golosinas;

a mi padre, y te colmará de regalos.

Tu alma, yo sé cómo alegrar tu alma.

Esposo, duerme en nuestra casa hasta el alba.

Tu corazón, yo sé como alegrar tu corazón.

León, durmamos en nuestra casa hasta el alba»

Gilgamesh, el joven ishakku, el indolente rey de Uruk, no pudo reprimir un gesto de impaciencia. Nada le importaba lo que aquel ayuntamiento sagrado iba a garantizar: la fecundidad de las mujeres, la fertilidad de los campos y de los animales, la protección contra la temida samana, la enfermedad de la cosecha que hacía enrojecer y pudrirse el grano una vez regado. Su interés se centraba en el cuerpo enjoyado de pies a cabeza de la sacerdotisa. Después de tantas jornadas de amor desordenado con las mujeres más bellas de Uruk, de refinadas uniones palaciegas, de aventuras en el campo con las esposas de los pastores y de bañarse desnudo en los canales con las cortesanas, la fiesta de Año Nuevo, tan repleta de solemnidades e himnos, se le antojaba una fantasía erótica que, unida al efecto demoledor de la cerveza y el vino de dátiles, acentuaba su deseo y distraía su existencia abrumada por la abundancia de placeres.

—Ishakku —protestó el sacerdote una vez más, con un tono de cólera amortiguada en su voz—, te ruego un poco de compostura.

—¡Calla de una vez! —tronó airado el rey— ¡Y no olvides que soy también el sacerdote supremo! ¿Qué hay de malo en que me interese sinceramente por la sacerdotisa? Quizá los ishakkus anteriores pronunciaban muy bien las plegarias a la vista del pueblo, pero me hubiera gustado verlos en la cámara nupcial. De hecho creo que aquella mala cosecha de hace unos años…

Pero una nueva andanada de versículos en la boca de Ninsin interrumpió sus imprecaciones:

«Tú, ya que me amas,

dame, te lo ruego, tus caricias.

Mi señor dios, mi señor protector,

mi Shu-Sin que alegra el corazón de Enlil,

dame, te lo ruego, tus caricias.

Tu sitio dulce como la miel

te ruego pongas la mano encima de él.

Pon tu mano encima de él como hace una capa—gishban.

Cierra en copa tu mano sobre él como una capa—gishban-sikin»

En aquel momento, un último silencio místico pareció descender de los cielos. El sacerdote ejecutó algunos aspavientos estudiados y la pareja de esposos reales penetró por fin en la cámara del templo, para abrazarse y conseguir la renovación de las fuerzas de la naturaleza.

Durante la media hora siguiente, en espera de que el acto terminara, Ubartutu dirigió a la multitud en un rosario de fervientes rezos por el éxito del matrimonio sagrado. Pero mientras su boca se movía mecánicamente, su memoria se deshacía en evocaciones. Atrás quedaba un año de luchas contra los pastores nómadas del desierto; de agudas tensiones con las ciudades vecinas; de inusuales crecidas del Éufrates que desbordaron los diques de contención de los canales, provocando inundaciones. Un año también repleto, cómo no, de las pequeñas alegrías cotidianas; los humildes éxitos familiares; la satisfacción por haber podido vender medianamente bien al templo la cosecha de cebada, y otros placeres mediocres que servían para seguir navegando día a día en el océano de la existencia.

Un año, sin embargo, tan diferente, porque había traído la muerte del rey y el ascenso al trono de aquel hijastro de extraño origen y comportamiento en absoluto irreverente. Gilgamesh, un inmaduro ishakku de veintiún años, despertaba en el pensativo sacerdote y en el pueblo mismo un sentimiento agridulce. Por un lado les enorgullecían su porte y su fuerza sobrehumana, hasta el punto de estar tentados de creer como cierta la leyenda que le hacía fruto de la unión del mismo dios Lugalbanda con una mujer de Sumer. De hecho, los recientes éxitos militares obtenidos por Uruk, la ciudad de amplios mercados, se debían casi exclusivamente a las incursiones que él había dirigido contra las hordas de nómadas y al carisma de que gozaba entre el ejército.

Pero la mayor mácula del joven ishakku era su desenfrenada pasión sexual, que mantenía en permanente temor a la ciudad, sin que ninguna mujer, joven o madura, soltera o no, estaba a salvo mientras fuera hermosa. Se decía que cuando en mitad de la noche la guardia nocturna veía la silueta de un gigante embozado saliendo del barrio del templo, donde vivían las prostitutas de Inanna, no trataban de acercarse, ni mucho menos de hacer alguna pregunta, pues no se trataba de otro más que del mismísimo rey.

Sin embargo, el repertorio de oraciones de Ubartutu terminó, y los reales esposos no acaban de salir. El sacerdote se sintió peligrosamente comprometido. ¿Debía entrar en la cámara nupcial para velar por el estricto cumplimiento de la ceremonia? ¿Sería igualmente grato a los dioses si el acto religioso se prolongaba artificiosamente en una sesión de placer particular? Al tiempo que estas dudas sombreaban su mente, más y más nubes se arremolinaban en los cielos, y el sol se ocultó definitivamente, dejando aflorar el frío retenido por la tierra.

Cuando crecieron los murmullos de malestar entre los feligreses, ya había transcurrido una hora, y de la cámara no venía ninguna señal de movimiento. Por tanto, el afligido sacerdote se arriesgó a penetrar.

El lugar estaba oscuro. Avanzó unos pasos y su pie tropezó con algo blando: era el kaunakes del rey, que yacía descuidadamente en el suelo, como en un lupanar.

—Ishakku, ishakku —murmuró en la penumbra.

—¡Detente, Ubartutu! —la áspera voz de Gilgamesh, desde algún punto de la densa oscuridad, le salió al encuentro— ¿Qué quieres ahora?

—Señor —contestó tristemente— tienes que salir ya… el pueblo te espera.

—¿Por qué? —inquirió el rey con impaciencia.

—La ceremonia… el horario —balbució el sacerdote—, todos esperan para la conclusión del ritual. El pueblo…

—Escucha, viejo —atajó Gilgamesh, con tono cansado—: cuanto más tiempo esté aquí con esta mujer más segura estará la cosecha y todo lo demás. En realidad deberías estarme agradecido.

Ubartutu enmudeció momentáneamente, al tiempo que reflexionaba para seleccionar debidamente sus argumentos.

—Pero el pueblo de Uruk no puede esperar siempre —repuso apesadumbrado—, la ceremonia no ha terminado.

—¡Claro que no ha terminado! Diles que vuelvan mañana —vociferó el ishakku, con visibles muestras de estar perdiendo su ya escasa paciencia.

—Mañana… —repitió Ubartutu maquinalmente, y se marchó, buscando a tientas la salida.

En el claro exterior, la luz le dañó los ojos, aunque el día empezaba a declinar. La congregación de los fieles esperaba una respuesta coherente, y sintió que se encontraba ante la situación más comprometida de su magisterio.

—¡Escuchad! —gritó sin mucha convicción, tratando de convencerse a sí mismo de la fuerza persuasiva de su mensaje—: el ishakku, el poderoso Gilgamesh, hijo de Lugalbanda, ha decidido que, para mayor gloria de Uruk, la de amplios mercados… pasará toda la noche con la sacerdotisa de Inanna y así asegurará fértiles cosechas. El rey ha prometido que el año que entra será el más próspero de la historia de nuestra ciudad. La ceremonia terminará mañana. Mañana… seréis convocados.

Una marea de murmullos de disgusto sucedió a sus palabras. En todo el país de Sumer no se conocía un precedente comparable, y, aunque los más cándidos creían en efecto que la mayor solidez y duración de la unión real multiplicaría la fertilidad en los campos y los establos, la mayoría descontenta murmuraba que ni la más sagrada tradición detenía la lujuria del rey, y que aquel año, a los males de la tiranía habrían de sumar la venganza de los dioses por el uso sacrílego de su templo.

La multitud descendió por los escalones de la gigantesca edificación y se dispersó por las calles de la parte baja de la ciudad, buscando refugio en la intimidad de sus hogares y consuelo en su propio tálamo conyugal. El zigurat se quedó solitario, terrible y relumbrante bajo la luz estelar, como una montaña mágica entre el cielo y la tierra.

Pero en los últimos peldaños, cercanos al templo, Ubartutu, el desconsolado sacerdote de Uruk, elevaba una plegaria de indignación y protesta hacia la asamblea de los dioses. Nunca las cosas habían llegado a tal extremo, y nunca un cofrade supremo de la congregación sacerdotal se había visto en semejante encrucijada, ni había llegado a la aparente herejía de rogar con todo el fervor de su corazón que un vendaval de muerte se llevara para siempre al ishakku a los insondables abismos del Kur.

En lo alto, las estrellas lejanas temblaban. Ubartutu sabía que podía ser instantáneamente fulminado por un rayo de Enlil porque Gilgamesh, supuesto hijo de Lugalbanda, era su representante directo en la ciudad, y quizá fuera el predilecto de los dioses.

Sin embargo, el cielo nada delató, ni ira ni comprensión. Y el amargado sacerdote se acurrucó allí mismo, cubriéndose con una capa de piel. Todo en él eran miedo y dudas. Finalmente no pudo evitar caer en una inquieta duermevela, arrullada por los gemidos de la sacerdotisa, que periódicamente llegaban de la cámara del templo. Por eso no vio el resplandor azul que descendía de las estrellas, al norte de la ciudad.

Soñó que Enlil, en toda su majestad, llegaba hasta el zigurat para desterrar a Gilgamesh al desierto, y que éste huía volando en una nube y llevándose consigo cien hieródulas como último tributo. Pero Uruk quedaba al fin en paz, y él, Ubartutu, dirigía una solemne oración colectiva de todo el pueblo, con la brillantez de las mejores ocasiones. Todo volvía a ser como antes. Pero en medio de la ceremonia se le acercaba un acólito para preguntarle por el tambor sagrado. El tambor no era necesario: todo el pueblo estaba allí, frente a sus ojos. Sin embargo, el acólito continuaba llamándolo y preguntándole por el tambor una y otra vez. Al final sintió un sobresalto que lo hizo despertar.

Las enormes manos del ishakku lo tenían sujeto por los hombros, zarandeándolo.

—¡Ubartutu, despierta de una vez! —volvió a repetir Gilgamesh— toma el tambor y llama al pueblo.

El sacerdote lo miró con ojos pitañosos y se pasó la mano por la calva, dándose un momento de tránsito entre el dulce sueño y la realidad. Cuando acabó de darse cuenta de que Enlil no estaba, se levantó con pesadez, como si su cuerpo estuviera cargado de cadenas, y se marchó tosiendo en busca del tambor sagrado.

A su sonido, grupos de gente bulliciosa abandonaron los establos, los campos y los talleres para acudir nuevamente a los pies del zigurat. Poco a poco, en la mañana soleada y vibrante, los fieles volvieron a congregarse en los alrededores y llenaron las tres escalinatas de acceso. Ninsin, después de adecentar un poco su aspecto, se aclaró la garganta con una tosecilla y recitó las palabras rituales que ponían fin a aquel prolongado fin de año:

«La ciudad levanta su mano como un dragón, mi señor Shu-sin

y se extiende a tus pies como un leoncillo, hijo de Shulgi.

Dios mío, de la doncella que escancia el vino dulce es el brebaje.

Como su brebaje, dulce es su vulva, dulce es su brebaje.

Dulce es su brebaje mezclado, su brebaje. Mi Shu-Sin,

me has concedido tus favores.

¡Oh mi Shu-Sin, que me has concedido tus favores,

que me has mimado!

Mi Shu-Sin que me has concedido favores,

mi bienamado de Enlil, mi Shu-sin

¡Mi rey, el dios de su tierra!»

A continuación el pueblo entonó himnos religiosos, como todos los años desde que Uruk existía. La comitiva regia, encabezada por el dios y hombre, descendía muy despacio por la escalinata central. Y mientras los súbditos se apartaban a su paso, el inflamado orgullo de Gilgamesh le hacía preguntarse si, como hijo de uno de los dingir inmortales, no tendría derecho a unirse en alguna ocasión a la misma Inanna, la diosa del amor de sobrecogedora belleza.

oooOooo

En las colinas Kulla, al norte de Uruk, empezaba a escasear la luz y Ur-Gula, el trampero, levantó el último de sus cepos, que había resultado exactamente tan inútil como los demás. Después de toda una vida dedicado al oficio en aquel paraje, donde la caza se agolpaba, era la primera vez que algo parecido le ocurría y, mientras observaba el animado trote de su hijo ladera arriba, se preguntaba qué o quién podría haber espantado a los animales.

—¡Mira, padre! ¡doce! —exclamó jubiloso el niño, sin dejar de correr.

El pequeño Dudu mostraba con legítimo orgullo un alambre de cobre donde estaban ensartadas una docena de ranas que aún pataleaban.

—Vaya —dijo Ur-Gula con melancolía—, parece que hoy serás tú quien proporcione la cena para la cazuela de tu madre.

—¿Por qué lo dices? —preguntó Dudu, advirtiendo la desazón del trampero.

Ur-Gula esbozó un gesto de frustración, señalando las trampas vacías que transportaba.

—Ya ves —dijo—, parece como si todos los conejos se hubieran puesto de acuerdo para emigrar.

—A lo mejor es cosa de los soldados de Ur. Como ahora no pueden con nosotros se los habrán llevado todos para vengarse —declaró Dudu.

—O los han envenenado los nómadas… —pensó en voz alta Ur-Gula, pero desechando inmediatamente aquella fantasía. No sé, pero esta noche nos tendremos que conformar con un asado de ranas —añadió— No es tan malo, podemos hacer un sabroso caldo con las cabezas y el resto lo pondremos sobre las brasas.

—Y le diremos a mamá que haga un pastel de cebada y mantequilla —completó el pequeño Dudu festivamente.

—Eso es —concluyó el atribulado trampero.

Padre e hijo tomaron el camino de regreso a Uruk conversando animadamente. Al fondo se divisaba la ciudad de recios muros encendiendo poco a poco sus luces y extendiéndose como un oasis de seguridad entre los mares de cereal ondulados por el viento. Pero Ur-Gula, aunque trataba de tranquilizar a su hijo hambriento, aún seguía rumiando qué habría podido ocurrir.

—Pero papá… —dijo de pronto el niño— ¿Esto no tendrá que ver con la luz?

—¿A qué te refieres? —inquirió el padre, con un gesto de inquietud.

—Creía que lo sabías… hace poco, en la noche de Año Nuevo, algunos niños vieron como una luz bajaba del cielo, hacia el norte —explicó Dudu, muy satisfecho de sentirse importante frente a su padre, que lo miraba con los ojos muy abiertos.

—Sería una fogata de pastores o un pequeño incendio —repuso éste.

—No, no, era una luz azulada, y bajaba del cielo —insistió el niño.

Ur-Gula miró severamente a su hijo y preguntó:

—¿La has visto tú?

—No pero me lo han dicho los niños. Estaban jugando en el canal del norte porque al día siguiente no había escuela, y lo vieron.

El buen hombre volvió a mirar a su hijo, como atónito. El chaval no quería ni oír hablar de ser funcionario del templo o de palacio, y los esfuerzos de su padre se concentraban en hacer de él un hombre juicioso y un buen trampero. Pero no conseguía meterlo en cintura ¿Por qué tenía que fantasear tanto? ¿Cuándo dejaría de una vez de inventar historias absurdas? A buen seguro pronto empezaría a explicar que un monstruo marino se había comido todos los conejos y que después iría a Uruk para hacer lo mismo con la gente antes de volver al cielo en un rayo azul. Solo que ahora aquellas fantasías llegaban en un pésimo momento y suponían una pequeña irreverencia, pues desde antiguo se había dicho que ese resplandor azul era el que acompañaba a las manifestaciones de la divinidad, y al piadoso trampero no le agradaban las bromas sobre esa materia.

—Hijo mío —dijo, adoptando una actitud paternal—, no digas mentiras. Decir mentiras siempre está mal, pero lo que cuentas es además una tontería ¿No has aprendido en la escuela que esa es la luz de Enlil? ¿Crees que los dioses bajan a diario a pasear por la tierra?

—Yo sólo te cuento lo que me dijeron mis amigos —protestó Dudu—, no sé por qué te enfadas tanto.

—Pues no lo repitas, no vaya a ser que te oiga algún sacerdote. Los tiempos que corren, después de las últimas ocurrencias del ishakku, no son apropiados para jugar con las cosas de la religión.

—Pero ¿por qué? ¿Qué es lo que he hecho? —preguntó el inquieto Dudu, cuya curiosidad podía resultar tan impertinente como la de cualquier niño.

—No lo comprenderías —comenzó a decir el trampero, con evidentes señales de embarazo—, pero el caso es que los sacerdotes están deseosos de desagraviar a las divinidades, y como no pueden castigar al rey, buscarán algún pequeño bribón como tú.

—Pues no lo entiendo —repuso Dudu—. Los sacerdotes entonces son malos, y lo que ocurre es que tienen envidia de Gilgamesh, que es el rey más fuerte que haya tenido Uruk, y por eso en Ur y en Lagash están asustados, y yo, cuando sea mayor seré soldado de…

—¡Chico, calla de una vez! —atajó Ur-Gula—, y no vayas a repetir en la ciudad esas palabras. Eres muy joven para meterte en política.

Ur-Gula estaba en una encrucijada. Como padre, debía inculcar a su hijo la sumisión a la autoridad, pero le causaba violencia contra sus propios principios velar por la veneración a un rey que carecía de moral y que utilizaba el poder en su provecho. De todos modos los jovenzuelos de Uruk parecían haber elegido por sí mismos y, después de las brillantes campañas militares de Gilgamesh, habían hecho de él su ídolo indiscutible.

—Padre —dijo Dudu, interrumpiendo las meditaciones del trampero—, cuéntame una historia de Lugalbanda.

El trampero pensó que esto era ir contra su propia teoría y alimentar la fantasía del joven Dudu, pero a él mismo le encantaba narrar historias y aquello le serviría también para olvidar sus propios problemas y endulzar la monotonía del camino. Entonces, haciendo uso de su mejor retórica, comenzó a disertar sobre las aventuras de Lugalbanda cuando caminaba entre los hombres; de cómo, encontrándose prisionero en el lejanísimo país de Zabu, supo escapar haciendo regalos a los polluelos del gigantesco pájaro Imdugud, aquél que decreta el destino y pronuncia la palabra que nadie puede transgredir; y de cómo éste, agradecido por la miel y la grasa, por el maquillaje y las coronas shuduría que había regalado a sus hijos, decretó que Lugalbanda partiera y que su viaje fuera favorable. Y narró también cómo sus buenos amigos, que estaban con él prisioneros, trataron de disuadirlo, pues hasta Uruk tenía que recorrer tierras peligrosísimas y el terrorífico río del Kur, pero aquello no fue obstáculo señalable para el héroe de los héroes, que finalmente consiguió llegar a la patria, aunque sólo para encontrarla sitiada por los terribles martu del desierto. Y entonces el rey Enmekar…

—Padre —interrumpió Dudu, entusiasmado— ¿Verdad que Gilgamesh hará proezas todavía mayores que las de su padre, Lugalbanda?

—Hijo mío —comenzó el trampero, nuevamente puesto en aprietos—, desgraciadamente, nadie espera eso de Gilgamesh, y por su comportamiento, la gente duda incluso que tenga la sangre de Lugalbanda, como se dice. Él solamente…

Pero las palabras se ahogaron en su garganta. Al principio, Dudu no supo por qué su padre había dejado de hablar y sus labios se habían contraído en un rictus de horror. Luego, él mismo miró donde aquél, y lo que vio le produjo tal pánico que salió corriendo colina abajo, seguido de cerca por el asustado trampero, como si a ambos los persiguiera una legión de demonios escapados del infierno.

oooOooo

 Un ingeniero de canales no solía podía gozar de tanta atención por parte de las más altas personalidades del Estado. Por eso Sin-Adul se recreaba en sus espaciosas palabras, consciente de la autoridad de que gozaba su saber.

—Nuestro problema es el barro —dijo con un leve sonrojo y tono vehemente, mirando alternativamente a cada uno de sus interlocutores con sus ojos inquietos y saltones—. En esta parte baja del curso el río arrastra mucho limo, y los canales están repletos. Parece que la labor de limpieza se descuidó en los últimos años, con el resultado de que cada vez llega menos agua para regar y para beber. Ayer vacié completamente el canal lateral, y me encontré con que sólo le queda capacidad para transportar dos codos de gua, cuando en origen su profundidad era de seis.

—Así no es de extrañar que las cosechas se resientan por falta de agua —intervino Ubartutu, sentado directamente bajo una antorcha, por lo que su calva relucía con reflejos de ámbar.

Gilgamesh se removió, agitando su copa de vino.

—Vamos, vamos, acabemos pronto. Todo esto me aburre — dijo con desagrado y con el gesto ausente.

—El caso es —continuó nerviosamente Sin-Adul después de lanzar una leve tosecilla—, que toda la red de canales debe estar igual, y hay que pensar en una gran limpieza o, de lo contrario, en el curso de unos años estarán completamente colmatados y la ciudad sencillamente se quedará sin agua.

—Pero limpiar todos los canales es un trabajo enorme — intervino Alli-Ellati, el visir de palacio—, nos llevará meses, siempre que podamos utilizar un gran número de obreros. Y luego está el problema de cómo transportar toda esa tierra y a dónde.

—El lugar adecuado —contestó el ingeniero— son los campos de cereales. Esto los hará más fértiles y posiblemente producirá excelentes cosechas. El problema, aparte del inimaginable esfuerzo de transportar todo ese volumen de tierra, es que se trata de un limo sumamente fino, que el viento arrastrará con facilidad.

—¿Y entonces? —preguntó Alli-Ellati, con la mirada fija en el ingeniero.

—Entonces —siguió éste— ese polvo volante azotará a la gente desagradablemente y se depositará en todas partes, invadiendo calles y edificios, y hasta es fácil que una buena parte regrese a los canales, por supuesto.

—Pero en ese caso —se apresuró a decir Ubartutu—, el agua potable se ensuciaría.

—Eso es —añadió Sin-Adul—. Cubrir toda la red de canales de agua potable, por otro lado, sería costoso e incómodo.

Alli-Ellati se levantó con impaciencia y comenzó a deambular por la habitación pasándose una huesuda mano por el mentón. Gilgamesh, mientras tanto, seguía en un rincón vaciando su copa de vino de dátiles, abstraído en remotos pensamientos y con unas ganas no ocultas de que la reunión terminase pronto. De hecho, sólo por la especial gravedad del caso Ubartutu y Alli-Ellati se habían atrevido a molestarlo.

Finalmente, este último afirmó:

—No creo que merezca la pena todo ese esfuerzo, ingeniero. La verdad es que sigue llegando agua, ya que el río mantiene siempre un buen caudal. Podríamos esperar a un momento más oportuno, porque las arcas del Estado están mermadas debido a las campañas militares.

—Hay una última cosa, visir —contestó el ingeniero con un tanto de agitación—. Es evidente que la colmatación de los canales favorece las inundaciones. No importa que las esclusas se cierren aprisa. Todos sabemos que las crecidas del río son imprevisibles, y en la situación actual se puede producir fácilmente una catástrofe. Lo ideal sería reexcavar los canales hasta el fondo primitivo y mantener el nivel de agua regulado hasta la mitad o las dos terceras partes. De hecho ya veis lo que ocurre en el barrio de Hamri cada vez que llueve. No sólo se trata de que esta zona esté enclavada en una pequeña hondonada, como se pensó siempre, sino es que además el canal de Hamri y el de Avituallamiento, que atraviesan el barrio, están especialmente rellenos de limo y se desbordan muy pronto. Eso significa que, si no se toman medidas, toda la ciudad se convertirá en un pantano en poco tiempo.

Las palabras del ingeniero produjeron consternación en el auditorio.

—Entonces habrá que hacerlo —admitió Ubartutu, abrumado.

—Pero ¿qué haremos después con el viento? ¿Y cómo obtendremos recursos para pagar a los obreros? —murmuró Alli-Ellati, y añadió:— Ishakku, danos tú la solución.

Gilgamesh pareció despertar de un profundo sueño. Miró con resentimiento a su senescal, por situarlo en tal aprieto, y contestó agriamente:

—¿Yo? ¿Qué quieres que haga yo? Ya tengo suficiente con matar nómadas y tener asustada a Ur. Ese problema es vuestro.

—Pero es una cuestión de gobierno —terció Ubartutu— y es preciso hallar una solución. El dinero…

—¡El dinero puede conseguirse! —gritó excitado el monarca— Si no hay suficiente, subid los impuestos.

—Ishakku, los impuestos son ya muy elevados —objetó el visir.

—¿Elevados? ¿Cómo de elevados? —insistió el exasperado Gilgamesh.

—Puedo decirte, respetuosamente, que por cada ungüento que compone un perfumista, el ishakku percibe cinco siclos, y por cada divorcio, la misma cantidad; por cada oveja que el campesino lleva al templo a esquilar…

—Y eso no es todo —interrumpió Ubartutu, antes de que la enumeración de Alli-Ellati se hiciera demasiado prolija en lo referente al templo—. Hay que tener en cuenta la madera.

—¿Qué madera? —inquirió el rey, después de un breve silencio.

—La del nuevo templo de Anu —respondió el sacerdote apresuradamente, aunque con voz algo titubeante— Habría que organizar una expedición a las Montañas de la Luna para conseguir la madera necesaria. Y esto también costará caro… Por cierto, que esperamos organizar una gran fiesta religiosa el día de la celebración de la primera piedra.

Gilgamesh lo miró con recelo. No le agradaban las ceremonias religiosas.

—Supongo que yo no tendré que intervenir… —dijo clavando su mirada en la del sacerdote.

Ubartutu desvió la mirada, y su frente enrojeció.

—Sólo con la breve intervención de todos los ishakkus en todas las ciudades de Sumer: colocando la primera piedra       —declaró.

Gilgamesh se levantó y apretó los puños, enfurecido.

—¿Y encabezar esa tonta procesión con la esportilla de albañil en la cabeza? —gritó mientras recorría a grandes zancadas la habitación, dirigiéndose a la salida. Y añadió desde el umbral: —¡Haced a los dioses los templos que gustéis, rezadles todos los días, si os viene en gana! ¡Pero no me envolváis en vuestros planes!

Cuando finalmente abandonó la estancia, los tres dignatarios quedaron estupefactos, y el silencio ocultaba la turbulencia de sus pensamientos.

—¿Por qué tiene ese desprecio por la religión? —preguntó Ubartutu al vacío, con los ojos en blanco.

—Creo —contestó Alli-Ellati, recogiendo el hilo de su propio pensamiento— que siente rencor hacia los dioses por no haber nacido como uno de ellos.

oooOooo

Ubartutu estaba confundido. Aquel pobre hombre, mojado de pies a cabeza y temblando de frío y de miedo a la vez, podía estar diciendo la verdad. La ordalía no podía fallar y, al salvarse de las turbulentas aguas del canal sur, a donde había ordenado arrojarlo, así lo atestiguaban los mismos dingir inmortales. Había tenido que recurrir a esta prueba porque era un hombre muy metódico, y no quería concebir esperanzas desmesuradas. De todos modos, todavía lo asustó un poco más:

—Eso que cuentas no puede ser… no puede ser —insistió.

—Pero… la luz —murmuró el hombre mojado entre castañeteos de dientes.

—Ya sé, ya sé —objetó el sacerdote—… Los vigías la vieron también, pero es demasiado fantástico. A menos que… —añadió con la imaginación en regiones perdidas.

—¿Qué… señor? —añadió Ur-Gula el trampero, retirándose el pelo húmedo de los ojos para no perderse un gesto del sacerdote.

—Que mis plegarias hayan sido escuchadas ¿dónde dices que lo viste? —preguntó por enésima vez.

—En las colinas Kulla, señor —contestó apresuradamente el trampero.

El hombre era miedoso, pensó el sacerdote, pero obstinado. Y al fin el rostro de Ubartutu se iluminó con un destello de esperanza. Aunque siempre restaba una posibilidad de estar siendo engañado por un visionario, no perdería la oportunidad si por un prodigioso vaivén de la suerte sus anhelos se confirmaban.

—Tienes que morir, trampero —dijo sin embargo, adoptando un tono solemne—, por haber tratado de engañarme, y por jugar con las cosas del cielo.

El rostro de Ur-Gula, ya suficientemente amargado, se ensombreció. Sus ojos desencajaron y un sudor frío perló su frente.

—Pero si no he mentido —protestó levemente, sin atreverse a alzar la voz—, lo que he dicho es cierto… me estremezco cada vez que lo recuerdo.

Ubartutu dejó pasar un momento, fingiendo deliberar sobre una resolución que ya había había tomado. Suspiró y, mirando escrutadoramente al trampero, murmuró muy bajo, como transmitiendo una confidencia:

—Escucha, si quieres salir con vida, hay un modo.

—¿Cuál… cuál? —inquirió Ur-Gula, que hubiera bajado a los infiernos a una orden del sacerdote.

—Tienes que ir y traérmelo —manifestó éste.

—Pero… me matará —lloriqueó— … me descuartizará.

—Y si no lo intentas lo haré yo mismo —dijo Ubartutu—. De todos modos te enseñaré cómo has de hacerlo. Para empezar tendrás que ir al Zabalam y traer una ramera.

Ur-Gula lo miró incrédulo y boquiabierto. Pero los rasgos pétreos de Ubartutu no dejaban de traslucir ninguna explicación.

—¿Una ramera? —farfulló entre dientes.

—Ha de ser a la vez hermosa, valiente y pasional —declaró Ubartutu por toda respuesta— ¿Has comprendido? Dile que puede pedir cuanto dinero quiera. Tráela aquí, pero no digas ni una palabra a nadie de lo que has visto en las colinas ni de lo que hemos hablado. De lo contrario, al instante siguiente estarás muerto.

Ur-Gula abandonó el templo por una puerta lateral, aún tiritando y completamente ofuscado. Pensó en huir, pero no podría ir muy lejos. Los caminos no eran seguros, y afuera, además, acechaba aquello. Nunca tuvo menos deseos de abandonar las murallas de Uruk. Y por otro lado, el comportamiento de Ubartutu era completamente incomprensible. ¿Qué tenía que ver en aquél asunto una ramera? ¿No estaría haciendo en realidad el papel de alcahuete? Como si el Sumo Sacerdote no tuviera suficiente con las sacerdotisas de Inanna. Si él, Ur-Gula, pudiera disfrutar de alguna, pensó… Pero no, lo mejor era siempre para los sacerdotes y los funcionarios de palacio. Los pobres como él no podían pensar en esas cosas. Incluso la mayoría de las prostitutas del Zabalam estaban fuera de su alcance.

Pero, sin saberlo, sus pasos le habían conducido hasta el barrio de la perdición, con sus callejas estrechas y sumido en tenues luces ambarinas; y desde sus ventanas, jóvenes y viejas ya le hacían proposiciones que habrían hecho sonrojar al mismo Lugalbanda.

oooOooo

—¿Qué es lo que te ocurre últimamente, hijo? Ayer abandonaste gritando una reunión con los visires. Estás muy irascible.

Ninsun, la madre de Gilgamesh, sentada sobre un regio sillón revestido de pieles de león de las montañas de Ashan y con la cabeza ceñida con diademas de oro laminado, no apartaba la mirada de su atormentado hijo.

Éste miraba por el amplio ventanal al exterior, como aguardando algo, con un gesto de preocupación infrecuente en él.

Al fin, después de un mutismo prolongado, el rey apartó los ojos de la azul claridad, tornándolos hacia los de su madre y, como un infante acongojado, le abrió su corazón.

—Madre —dijo, dejando traslucir un tono de inquietud—, he tenido un sueño. He visto la Asamblea de los Cincuenta reunida en la Upshukina para hablar de Gilgamesh. He visto a los dioses furiosos conmigo y he escuchado cosas estremecedoras. Enlil, aquel cuyos ojos recorren el país, tomó la palabra y dijo: «Gilgamesh, el soberano de Uruk, no se porta como el rey de su pueblo y el sacerdote del culto de su pueblo, sino como un ave de presa que ejerce su rapacidad sobre la ciudad y que se burla de sus dioses. Por lo tanto, debe ser castigado». Así habló Enlil. Después escuché a mi padre, Lugalbanda, defenderme con múltiples argumentos. Pero los que decretan el destino no lo escucharon y Enlil ordenó que un terrible monstruo fuera creado para matarme.

—¿Cómo es ese ser? ¿Lo viste? —preguntó Ninsun.

—Era tan horrible —contestó Gilgamesh con voz insegura— que desperté cuando empezó a cobrar forma en mi sueño. He mandado patrullas a vigilar los caminos, y no han encontrado nada. Pero estoy seguro de que ha sido un mensaje de los dioses, quizá de mi padre. La visión era demasiado real. Y ahora, por primera vez en mi vida, estoy asustado.

Ninsun era una mujer inteligente y justa que había pasado muchos años a la sombra del poder y conocía sus entresijos, pero que nunca había podido domeñar el anárquico temperamento de aquel niño que recogió una vez de las aguas, allá en su lejana juventud, y al que crió como un príncipe, haciéndolo su hijo primero y más tarde heredero del trono.

—Te atemoriza un sueño —dijo amargamente—. Nunca temiste convertirte en un rey pendenciero e injusto, ni ofender la dignidad de tus súbditos, ni los ritos religiosos. Pero ahora te asusta ese sueño que te trae un peligro desconocido. En verdad eres como los esclavos, que sólo reaccionan ante la presencia del látigo.

—Madre… —repuso el apesadumbrado monarca—, hay algo que me atormenta: ¿Soy verdaderamente el hijo de Lugalbanda? Y si es así ¿Qué hay en mí de dios? Mi fuerza es mucha, pero todo en mí es parecido a los hombres.

Ninsun dudó antes de hablar. Cuando le fue revelado el origen y el destino de su hijastro, supo que alcanzaría la madurez sólo a través de la pena y el peligro: que llegaría el momento en que una gran turbulencia se llevara sus días pacíficos. Y sólo cuando aquella etapa de su vida estuviera próxima le estaba permitido revelarle su auténtica naturaleza. Aquel tiempo, a juzgar por el sueño de Gilgamesh y por las señales en el cielo, parecía haber llegado, y Ninsun habló por fin.

—Escucha con atención —comenzó a decir—, pues hoy sabrás algo importante para ti. Ya sabes que yo solamente soy tu madrastra, y que Lugalbanda te engendró en el vientre de una campesina muy hermosa. Ahora bien, eres un hombre, y estás sujeto al destino de los hombres. Pero en razón a tu padre, los Cincuenta te concedieron tres dones propios de la divinidad: el primero de ellos es tu fuerza física, que ya conoces; el segundo es éste: estás facultado para conocer instantáneamente cualquier lengua extranjera. Tú no lo sabes, pero no tuvimos que enseñarte a leer ni a hablar; el tercer don es el privilegio de estar una vez en tu vida entre los grandes dioses. Pero no podrás elegir el momento. Ocurrirá cuando tenga que ser. Esto es todo. No pretendas saber más, ni comprender más que mis palabras, ni buscar más herencia de tu padre en ti, pues en todo lo demás eres como los hombres.

Gilgamesh se dejó caer en un sillón y ocultó la cabeza entre las manos.

—Entonces —dijo con el semblante nublado—, puedo morir a manos de este monstruo.

—Sé fuerte —dijo Ninsun, con una mezcla de amor maternal y hastío—. Durante todos estos años, especialmente desde que tu padrastro murió, has sido un déspota. Ahora tienes una oportunidad única para ser admirado. Pero no trates de escudarte en más virtudes divinas. Se valiente con la valentía de los hombres, que es un virtud muy noble, y alégrate de poder contar con un adversario digno de tu fuerza. Ten en cuenta que cada día que pasa el pueblo está más en tu contra y aumentan los focos de un descontento que ya no se oculta.

—¿Qué quieres decir? —preguntó inquieto Gilgamesh.

—La gente murmura… los sacerdotes susurran a tus espaldas —contestó la anciana mujer— Gilgamesh ¡cuándo te darás cuenta de que, aunque tu poder sea absoluto, la tiranía no puede durar siempre! Incluso Kulla-Daba, ese ex-sacerdote medio loco, anda proclamando unas extrañas profecías acerca de un libertador. Seguro que no te has enterado.

—No, no sabía nada —contestó el ishakku, frunciendo el entrecejo.

—Naturalmente. Eso te ocurre por estar pendiente sólo de los lechos de la mujeres —añadió Ninsun con una llamarada de reproche—. Gilgamesh enmudeció durante un momento, tratando de ordenar las ideas en su mente. Después preguntó:

—Pero ¿qué es lo que dice esa profecía?

—No lo sé muy bien —respondió la mujer—, pero parece que habla de un portentoso guerrero que habrá de venir para traer una época de prosperidad… cuando aparezca en el cielo una estrella ahora oculta. Pero ese futuro brillante depende de que tú seas destronado y expulsado de Uruk. Es una estupidez, pues pretende nada menos que Enki, el señor del ojo sagrado, le ha hablado como al mismísimo Ziusudra, pero de todos modos la experiencia me ha enseñado a ser cauta.

—¿Dónde puedo encontrar a ese hombre? –preguntó el rey apresuradamente, sintiendo que la rabia le subía por la garganta.

—¿Qué vas a hacer? —preguntó a su vez Ninsun con aspereza— ¿traerlo a palacio para que se le pare el corazón de miedo? No seas ingenuo, no dirá una palabra.

—No, yo iré a él. Quiero saber toda la verdad sobre esa profecía —manifestó Gilgamesh.

—Quizá no te guste lo que escuches. Suele estar a media mañana tomando el sol en los campos Girsu, donde cuecen ladrillos. No des demasiada importancia a sus palabras, porque el problema no radica realmente en que la profecía sea verdadera, sino en que sus seguidores la crean y se empeñen en convertirla en realidad —declaró sabiamente Ninsun.

—Puede que no haya nada sobrenatural en ese hombre, pero se están acumulando demasiados signos extraños y temo que se avecinen grandes acontecimientos —dijo Gilgamesh, abandonando la estancia como una sombra.

—Yo también –murmuró Ninsun para sí—… yo también.

oooOooo

 

 

 

 

 

 

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