Primer capítulo

Capítulo I

La estrella del guerrero

A la sombra de los grandes árboles dialogaban dos hombres. Tras ellos se abría la gigantesca dimensión del Bosque de los Cedros, de cuyo interior llegaba un sonido de leñadores que cantaban y un estruendo de troncos que caían. Por la explanada que descendía hasta las riberas del río se desparramaba un grupo de carros cuyas mulas desuncidas pastaban en la hierba. Hombres corpulentos transportaban la madera y la apilaban junto a los carros, y después volvían a su tarea en el interior del bosque, abriendo senderos, desbrozando y talando hasta el ocaso.

—Es la mejor madera —insistió uno de los comerciantes, un hombre delgado de ojos centelleantes—, no dudes que estás haciendo un gran negocio.

Su obeso cliente examinaba con cuidadosos ojos de naviero cada uno de los troncos que salían de la espesura.

Aunque al principio la madera del bosque sagrado se había empleado sólo para la construcción de santuarios, una especie de desagravio a la divinidad, con el tiempo hombres emprendedores habían hecho campaña para buscar compradores en las ciudades de la costa del Mar Superior, donde se armaban navíos que llegaban hasta las islas del océano.

—En efecto —asintió el otro, con la complacencia del cliente que se deja convencer por las melifluas palabras de un vendedor hábil—, con esta madera me haré de una verdadera flota comercial que me permitirá inundar los mercados de metales occidentales —y añadió, con taimada sonrisa—:… El bronce de buena calidad no deja de subir de precio, y sólo es posible conseguirlo con estaño de esas malditas y lejanas islas.

El hombre delgado desplegó una sonrisa de satisfacción. Qué bien había hecho al invertir en el monopolio de aquella parte del bosque. Hubo de pujar alto en la subasta dominada por las conocidas organizaciones de compraventeros, pero el sector era el más accesible desde el curso alto de los grandes ríos y su organización contaba con un sistema eficaz de distribución, por lo que había amortizado muy pronto su desembolso, y si las cosas no cambiaban amasaría una fortuna.

Pero un grito interrumpió sus felices pensamientos. Vino del fondo del bosque y le siguió una serie de alaridos de pánico. En un único y dramático instante, el comerciante vio cómo sus empleados abandonaban el bosque ciegos de miedo.

—¿Qué ocurre? —gritó, alzando los brazos en vano.

Un operario lo miró con las entrañas encogidas y le dirigió la palabra sin detenerse en su carrera.

—¡Huwawa ha vuelto! —gritó, y se alejó hacia el río repitiendo enloquecidamente—: ¡Huwawa ha vuelto!

La letanía resonó pesadamente en los oídos de los comerciantes, y el naviero miró al hombre delgado con un gesto de ansiedad.

—¡No es posible! —gritaba éste último, sin dejar de agitar los brazos—. ¡Fue muerto hace mucho tiempo!

Pero he aquí que se escuchó un estremecimiento de ramas quebradas y del mundo verde surgió un hombre felino e hirsuto, vestido con una piel de león. Su silueta vigorosa causaba espanto, su rostro era una máscara de hierro. Los dos mercaderes se quedaron inmóviles como pájaros sobre los que se cierne un ave de presa.

El hombre delgado gritó haciendo girar sus ojos, cuando una mano feroz le llevó la muerte. El naviero se dejó matar como una cebada víctima sacrificial y cayó entre la hierba como una bola oscura. Sus sueños habían huido y sus vidas volaban hacia el regazo de sus dioses, pero sus cuerpos yacieron para siempre en la linde del bosque, con las cabezas partidas, porque nadie fue valiente para aventurarse a recogerlos.

El hombre vestido con una piel de león vio cómo los leñadores se dispersaban por la llanura más allá del río y, sin dedicar una mirada a los cadáveres, volvió bajo los sagrados cedros y desapareció. Sólo los pájaros vieron cómo de sus ojos hinchados se desprendían gruesas lágrimas, como copos de nieve derretida.

ooo

Las hojas de los robles se retorcían al sol, la hierba se combaba en los prados, la luz raseaba entre los troncos espléndidos. En medio de todo ello, Ith el Blanco interrogaba cada pormenor del paisaje, aguardando una nueva señal. Su rostro, antes sereno, expresaba ahora preocupación y sus ojos, siempre firmes, vacilaban al mirar y temblaban al buscar en el cielo, una vez más, la nueva estrella.

Porque había sido el primero en advertir, años atrás, cuando fue menguando una luna de invierno, la nueva luz que brillaba en la noche. Y cuando retiró su mirada de lo alto ya no volvió a ser el mismo, porque conocía el significado de aquel signo y tenía el deber de callar hasta que lo que debía ocurrir ocurriera.

A lo lejos, en un país de Oriente al otro lado del mar, una epopeya había terminado y los sacerdotes de Uruk, la ciudad de amplios mercados, se regocijaban por la venida de un rey libertador que alzara a la ciudad de la decadencia y rompiera las cadenas de la tiranía. Porque Enki, el dios de la sabiduría, había sembrado profecías de esperanza en el corazón de un hombre piadoso y cada alma de campesino confiaba en la nueva estrella como el símbolo del libertador que estaba por venir.

Y por eso, cuando un héroe con un hombro de marfil y casado con una reina dos veces viuda cruzó las murallas, el pueblo se llenó de júbilo a causa de la benevolencia de los dingir inmortales, y miró al cielo con agrado y recogimiento, e hizo de la Estrella del Guerrero el símbolo de la nueva edad.

Pero en el jardín occidental, Ith el Blanco empalidecía ante esa misma luz, y en su ánimo se anudaba al abatimiento una lejana sensación de gozo, porque los sucesos que traería al mundo serían de un cariz a la vez temible y portentoso, magnífico y mortal.

Y así, durante años, exploró en secreto los bosques y el aire y aguardó a que los acontecimientos se desgranaran como una bandada de pájaros negros que alza el vuelo. Y los hombres azules decían: «¡No hagáis ruido: Ith el Blanco está concentrado en la belleza del universo!», y no alzaban la voz en su presencia, y hacían leves sus pasos cuando caminaban cerca de él. Pero no sabían que bajo sus ojos transparentes se estaba deslizando la tristeza, y que la tristeza bailaba a su alrededor como un ciervo dorado, a causa de lo que sabía.

Pero nada le revelaron las colecciones de augurios, ni el hígado de las reses, ni el vuelo de las aves, ni el trazado del rayo en el cielo. Ni nada supo tampoco por las pisadas de los cuervos oraculares ni de los elfos de patas de cuervo. Por eso reunió al colegio de los sacerdotes, y les habló sin ninguna reserva y trató de convencerlos de que era necesario enviar heraldos al exterior, porque Hesperia era un país aislado, y seguramente algo habría ocurrido ya en alguna región de la tierra, algo que necesitaban saber.

Pero los sacerdotes se limitaron a traspasar con miradas taciturnas las hojas muertas que yacían sobre el suelo, pues jamás uno de los hombres azules había abandonado las Montañas Tranquilas.

Al fin se adelantó el anciano Athi, y su rostro se crispaba al hablar, como las llamas que consumían la leña.

—Hemos sufrido robos en el pasado, y entonces enterramos la memoria de Hesperia para ocultar nuestras sagradas costumbres de los corrompidos modos del exterior y para que nuestro pueblo siguiera siendo el favorito de los dioses. Desde los días de Idar Dorainn no hemos tenido guerras, pero si establecemos contacto con los países del exterior vendrán navegantes y ejércitos de armas de bronce y traerán mercaderes que intentarán comprar a tierra y esclavizar a nuestros hijos.

Ith el Blanco meditó la respuesta, porque cuanto había dicho Athi era dramáticamente cierto. Pero el mundo ya nunca volvería a ser como antes, y sabía que algo terrible ocurriría de todos modos, porque el destino en aquella hora estaba decidido desde antes que la primera semilla de roble llegase a Hesperia.

Por ello usó su autoridad para decretar que tres emisarios partieran a la búsqueda de noticias. Y en breve plazo su voluntad fue ejecutada y tres jóvenes atravesaron las Montañas Negras y se separaron del país de sus padres, y aquel día comenzó el futuro.

Delante de ellos, la tierra se extendió amplia y amenazante y, cuando sus pasos sonaron en suelo extraño, se sintieron abandonados en la intemperie, como si la noche penetrante llenara sus huesos de oscuridad, como si el cielo que colgaba sobre ellos no fuera semejante al propio cielo, cuya muchedumbre de estrellas conocían y que desde niños había guardado sus sueños.

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 Entre los campos de cebada, jadeante y débil, se arrastraba una figura envuelta en mantos. Los centinelas de la Puerta del Río lo observaron desde lejos, y había algo obsesivo en su paso, algo tenaz y agonizante, que les impedía apartar los ojos de él.

Al cabo de un tiempo interminable, la figura se aproximó a las espléndidas murallas de Uruk, se detuvo y alzó su rostro hacia ellas. A su espalda, oleadas de viento hacían ondular la cebada y más al fondo discurría el verdoso Eufrates. El extraño permaneció unos instantes contemplando los baluartes de la ciudad de amplios mercados, y su gesto era implorante y patético.

Se acercó al umbral de la enorme entrada, aquella que fue franqueada por Enkidu cuando su paso desató una leyenda, y se dirigió a los guardianes. Era un anciano, un hombrecillo noble y frágil, casi acabado, cuyas mejillas congestionadas denunciaban el llanto.

—Decidme… ¿Se encuentra en Uruk el rey Gilgamesh? preguntó con un hilo de voz. Un soldado se adelantó y, después de examinarlo de arriba a abajo, habló así:

—¿De dónde vienes tú, que tan mal te han informado? ¿No sabes que Gilgamesh ya no reina en Uruk, sino que se marchó al Bosque de los Cedros desde que, hace años, murió la reina?

El viejo se quedó con los ojos inmóviles clavados sobre el rostro juvenil, sin alterar un músculo, sin parpadear. Parecía la imagen viva de la incredulidad y la ruina.

—Decidme —añadió después de una larga pausa—, ¿por qué tomó vuestro rey esa decisión? ¿No era feliz?

—Sí, sí que lo era —le contestaron—, al menos hasta que murió Issmir y quedó viudo. Todo ocurrió cuando una mañana ella dijo que había llegado el momento de marcharse, de «volver al mar», según cuentan. Dijo algo así como que pertenecía a la vieja época del mundo y que esa época terminaría pronto, porque se avecinaban grandes acontecimientos. Pero no aclaró cuáles, o el pueblo no los conoce, al menos… El caso es que él la acompañó hasta las aguas del golfo, donde desembocan los grandes ríos, y la reina volvió al mar, de donde había salido, como dicen las canciones. Al decir adiós, parece que auguró a Gilgamesh que aún estaría con él si llegaba a necesitarla. Después, se la tragaron la aguas. Su cuerpo nunca fue encontrado y el rey no volvió a Uruk, sino que se marchó al norte por el curso del río, como hizo veinte años atrás en compañía de su amigo Enkidu, del que sin duda habrás oído hablar.

—¿Qué sabéis de él? —inquirió el viejo con voz viva.

—En su viaje —dijo el joven centinela— se cruzó con varias partidas de pastores trashumantes y les encargó un triste mensaje para Uruk: Ya no volvería a pisar la tierra de Kalam. Aún se sentía en deuda con los dioses celestiales y quiso lavar sus últimos pecados a su servicio en el Bosque de los Cedros, porque, desde la muerte de Huwawa, los reyezuelos de los alrededores no han cesado de talar los árboles que pertenecen a los dioses. Se marchó sin armas ni pertrechos, a donde iba no los necesitaba, porque se ha convertido en un gran asceta y nadie sabe las visiones místicas que le sobrevendrán en aquella soledad tan cerca de Enlil, cuya palabra decreta el destino.

Las facciones del anciano relajaron su tensión, y pareció discurrir con complacencia sobre el destino que había transformado a Gilgamesh en lo contrario que apuntaba su díscola juventud.

Uno de los guardias, el de rostro más afable y más joven, le habló así:

—Anciano, aunque ya no esté Gilgamesh, entra en la ciudad para que los médicos del templo cierren tus llagas abiertas y tu rostro pueda desprenderse de esa expresión de cansancio.

El viejo le dedicó una mirada sorprendida y llena de efusión.

—Dime, soldado, ¿cuál es tu nombre? —preguntó.

—Me llamo Ur-Nanna —declaró el muchacho.

—Pues bien, Ur-Nanna, los médicos de la bendita Uruk no pueden cerrar mis llagas, ni sus camastros de vellones de carnero pueden aliviar mi cansancio. Pero tú sé bendito entre todos los hombres del país de Kalam, y que tus años sean prolongados y tu progenie vigorosa, porque te has apiadado de mí.

—¡Otro santón! —interrumpió intempestivamente el centinela de más edad—. ¡Por Enlil, estoy harto de escuchar a viejos estrafalarios y locos de atar que se creen profetas o dioses recién nacidos!… ¡Vete ahora, anciano, o de lo contrario la gente te apedreará y no seré yo quien los detenga, porque el pueblo está cansado de presagios funestos!

—¿De qué presagios hablas? —preguntó el anciano sin alterarse.

—Kulla-Daba ha muerto de vejez, pero habló de nuevo antes de morir —explicó amablemente el joven—, y profetizó que un día, misteriosamente, desaparecerá la espada del rey de Uruk, y ese día cambiará el mundo y comenzará la nueva época, quizá la nueva época de la que hablaba Issmir.

—Pero esa espada no va a desaparecer —interrumpió el otro soldado—, porque está bien custodiada y sólo se la expone una vez al año, en Año Nuevo, y en las coronaciones reales. Esa espada nunca ha traído ninguna época nueva, como no sea la que trae el nuevo rey con sus reformas y sus criterios… Y desde luego no va a desaparecer de donde está guardada, de manera que todo lo que decís vosotros, los viejos místicos, no es más que pura patraña para conseguir una moneda de cobre o un plato de comida caliente, pero nosotros somos guardianes reales y, como tales, gente instruida, así que aléjate, ave de mal agüero, y no nos perturbes más con tus suspiros, porque de lo contrario daremos tu carne como comida a los famélicos perros de la ciudad.

El paciente anciano le dirigió una mirada dulce y le habló como un padre a un hijo irritado.

—Ur-Gula, tu abuelo, era un buen hombre, y también tu padre Ki-Enki. Pero no te alteres, buen Ki-Enlil, tú también lo eres. Y olvida tu amargura: Aunque tu mujer perdió a su hijo la pasada primavera, se encuentra encinta otra vez.

El hombre lo miró con los ojos desencajados.

—Cuida de que el chico sea un buen hijo de Uruk —añadió el anciano y, sin más, se dio la vuelta y se marchó.

Aunque Uruk de amplios mercados estaba entrañada en su corazón y en los recuerdos que de su dulce juventud le manaban a borbotones, no caminó entre sus canales ni entre sus limpias calles estrechas. Buscaba a Gilgamesh, y sus delgadas sandalias comenzaron a desandar el largo camino andado, y su figura, ruinosa y digna como los restos de una torre legendaria, se envolvió en el polvo de los llanos cuando nuevas rachas de viento soplaron en las riberas del Eufrates rizando las aguas, encorvando los juncos e impulsando el vuelo de las golondrinas.

—¡Pobre viejo! —murmuró el centinela más joven, mientras su mirada aún lo buscaba cerca del horizonte.

—¿Quién será? —añadió el otro, como despertando de un dolor turbulento—… ¿Cómo sabía…? ¿Y te has fijado en sus ojos? No parpadeaban.

—No —añadió el joven, como ausente, su mirada colgada del río verde—, no parpadeaban.

Uruk siguió envejeciendo. El viento cargado de arena continuó arañando la esbeltez de sus murallas y las crecidas del Eufrates volvieron a llenar los canales y a hacer fértil la campiña. Pero nunca más la ciudad de amplios mercados volvió a ver a aquel anciano delgado, que le había dedicado un adiós último y amargo.

Y por ello, la última maravilla que ocurrió en Uruk fue la desaparición de la espada del rey, poco antes del Final. Y ocurrió así porque así había sido dispuesto, y la espada se esfumó sin que nadie se explicara cómo, pero así debía ser para que la historia del mundo llegara a ser lo que fue después.

Y Ur-Nanna nunca supo la identidad del anciano, pero llegó a cumplir muchos años, y su prole fue numerosa y llena de salud, y sus hijos mantuvieron su ancianidad de manera tan excelente que, aún en sus últimos días, cuando aquella época del mundo ya había terminado, continuó evocando una y otra vez en su memoria el recuerdo de aquel encuentro al pie de las murallas, una tarde de verano durante su lejana juventud.

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En las planicies de Macasar pululaban los segadores. Las mujeres preparaban el molino y se extraían poco a poco de los corrales los instrumentos de la trilla, igual que todos los años. Pero aquel año no se parecería a ningún otro a causa del grupo de sacerdotes vagabundos que apareció por el camino que venía de las tierras bajas del norte, escuálidos, cubiertos de túnicas color azafrán y haciendo sonar instrumentos musicales.

Cuando la gente sencilla de Macasar se arremolinó en torno a ellos, alzaron la voz como antiguos profetas y proclamaron que la comarca debía alegrarse, porque había nacido un nuevo dios y ellos, sus sacerdotes, lo traían consigo para enseñarlo a la tierra de que era dueño. Pero los campesinos fruncieron el ceño, porque no habían oído hablar de un nuevo dios, ni querían abandonar la fe de sus antepasados, y pidieron que les fuera mostrado.

Entonces, uno de los sacerdotes, con la mirada extraviada por el éxtasis, tomó de una cajita de ébano un insecto de color verdoso.

—He aquí al nuevo dios —exclamó gozosamente, mientras el resto de extraños se postraba, apoyando su frente en el suelo—. Si no lo adoráis como hacemos nosotros, el fuego consumirá vuestros trigales y moriréis de diversas enfermedades, pues el nuevo dios es cruel con los infieles.

Los campesinos se aterrorizaron, porque aquélla parecía gente instruida, mientras que ellos mismos no sabían nada de las cosas que sucedían más allá de sus altiplanos. Bien pudiera ser que hubiera nacido una nueva divinidad y, en cualquier caso, no creían que sus dioses tradicionales se sintieran ofendidos por unas pocas reverencias, de manera que, uno a uno, se humillaron también ante el diminuto insecto verde cuya mirada parecía remontarse a las alturas sin reparar en sus humildes fieles.

Los sacerdotes afirmaron que el dios estaba satisfecho y manifestaron su deseo de instruir a los labriegos en sus himnos religiosos, para que el canto de todos unidos pudiera alegrar su corazón inmortal y, en agradecimiento, colmara sus medidas de trigo y asegurase la salud de sus hijos y la fertilidad de sus mujeres.

Y así fue como, hasta el caer del sol, la aldea entera de Macasar permaneció junto al camino, aprendiendo a adorar más eficazmente al dios insecto, y las hoces de piedra y el molino fueron abandonados y nadie trabajó en el campo ese día.

Pero cuando aún no había anochecido llegó de los campos vecinos el joven Merz, que era un alma simple y desconocía los refinamientos de la mística, y albergaba en sus primitivos dioses del sol y de la tierra la fe sincera que había aprendido desde la cuna. Y cuando Merz, el rudo labrador, vio a los viejos de su aldea arrodillados ante el insecto verde y entonando cánticos a su mayor gloria, y cuando supo que en todo el largo día los campos no habían sido trabajados, ni las espigas de trigo cortadas, ni el molino preparado, pensó que los desarrapados sacerdotes habían embaucado a sus mayores y se llenó de cólera.

Y cuando éstos le advirtieron que de aquel insecto dependían la prosperidad de sus familias y la bondad de sus días, el joven Merz no escuchó, sino que avanzó entre el fervoroso grupo y, deteniéndose ante el nuevo dios, lo pisoteó hasta reducirlo a una mancha oscura sobre la tierra.

El corazón de los campesinos se consumió en polvo en tanto los sacerdotes vagabundos estallaron en gritos y en lágrimas, y derramaron puñados de tierra sobre sus cabezas y se rasgaron las vestiduras. Pero muy pronto huyeron en la noche hacia las tierras bajas del norte, de donde habían venido, espantados por el sacrilegio, anunciando grandes catástrofes y asegurando que la mancha religiosa que soportaría la comarca duraría para siempre y no admitiría purificación. Aquella noche los labradores se fueron a dormir sumidos en la congoja, aguardando un castigo semejante al antiguo Diluvio que había anegado incluso sus tierras altas en un tiempo inmemorial; convencidos de que una súbita sombra se cernería sobre sus cabezas, de que una oscuridad eterna velaría pronto sus frágiles ojos.

Pero después de una noche de temores el sol volvió a traer un amanecer muy normal y el joven y rudo Merz, que nada sabía de mística, recorrió las calles de la aldea de Macasar llamando a los segadores a la siega, a las mujeres al molino y a los niños a al felicidad abierta de los campos.

Y los campesinos se asomaron al exterior y vieron, con sorpresa, que nada había ocurrido y, uno a uno, salieron hacia los dorados trigales, donde las espigas se doblaban cargadas de grano, y trabajaron durante todo el día y toda la tarde, y su cansancio los hizo olvidar el miedo. Y, para siempre, el recuerdo del nuevo dios y de sus sacerdotes vagabundos se redujo a una diminuta mancha oscura cerca del camino del norte, que muy pronto se llevaron las lluvias.

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Ubud, el curandero que habitaba las cuevas de las afueras de la ciudad, se había convertido en hijo del dios tutelar. La noticia recorría rápidamente los tenderetes de los mercaderes de Batak, y muchos de los más ricos sospechaban que había nacido un nuevo dios para los pobres, porque el dios tutelar permitía sus abusos en las transacciones, pero Ubud, en cambio, predicaba extrañas palabras de justicia que pretendían abolir su beneficio, y era aclamado por la golfería de los mendigos en la esperanza de que los arrancara de su miseria.

No importaba que su madre hubiese sido una prostituta del puerto, y no de las más refinadas. Ubud, ahora llamado «el santo», reiteraba que había nacido de una virgen, y que su madre lo había concebido tragando un grano de trigo que le ofreciera un enviado del dios de la ciudad. Y sus acólitos lo divulgaban sin descanso en medio de un cinismo abominable, porque Ubud el santo era su única esperanza de redención y creían ciegamente en su divinidad.

En la plaza central de Batak, a la sombra de las higueras retorcidas y frente al proceloso mar, se reunía con aquellos que creían en su naturaleza divina y hablaba a la multitud con palabras llenas de clemencia, halagando su narcisismo y satisfaciendo su odio a los comerciantes y los navieros. Y también realizaba pequeños trucos de magia y sanaba a los enfermos por imposición de manos, y todo ello llenaba de más fe a la turba ebria de una nueva religión.

Un día no pudo superar su nostalgia del cielo y, en medio de una expectación incomparable, anunció que ascendería al empíreo para reinar junto a su padre. Y así, el día señalado se dirigió a la torre de Kain, la más alta de la ciudad, desde la cual se divisaban los navíos que acudían a comerciar a Batak desde todos los rincones del mar, y ascendió hasta su cúpula henchido de gloria y llevando gozo y terror a los corazones de sus seguidores.

Desde lo alto, manifestó que cuando reinara junto a su padre más allá de las nubes, nunca olvidaría el amor de quienes le habían sido fieles, y que un día volvería con gloria para anunciar el fin de los tiempos y para resucitar a los muertos y castigar a los perversos.

Después saltó al vacío, pero cayó como una piedra. Su cuerpo se destrozó contra el suelo con un ruido sordo y horrible, y la multitud quedó consternada. Algunos balbucearon que en realidad era su espíritu el que había volado a lo alto, pero la mayoría no era tan sutil y se dispersó con una resignación bien aprendida en su vida de harapientos. Pronto fue olvidado y nadie pudo explicarse nunca por qué el hijo de una ramera del puerto se sintió llamado a la alta tarea de convertirse en dios.

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Entre la maleza se movía un hombre barbudo y torvo. Iba vestido con una piel de león y hacía su camino silenciosamente entre la hojarasca, respetando cada delgado tallo bajo sus pies a pesar de su enorme envergadura.

De pronto quedó tan inmóvil como una roca. En sus oídos resonaba el murmullo de pisadas, pisadas muy lejanas. Se acurrucó junto al tronco de un árbol y pareció desaparecer. Estaba hecho a aguardar a sus enemigos y tender emboscadas, pero aquellos pasos amortiguados, extrañamente, no le inspiraban inquietud, como si fueran los de alguien demasiado joven o demasiado viejo, alguien inofensivo.

Esperó un poco más. El desconocido se acercaba.

De pronto, un chasquido metálico muy lejano que, sin saber por qué, le trajo una honda paz y le llenó el pecho de benevolencia. Un ruido conocido, aunque no podía identificarlo en su memoria.

Una silueta apareció por fin bajo los grandes árboles, la de un anciano jadeante y envuelto en una túnica azul. El emboscado se irguió de pronto, cortándole el paso, y su súbita aparición semejaba la de un enviado de la infernal Ereshkigal.

—¿A dónde te diriges? —exclamó, aunque sin poder evitar una inflexión de suavidad.

El anciano se detuvo y miró al hombre de hito en hito. Su cara estaba descompuesta de emoción.

—¡Gilgamesh! —murmuró, dejando escapar un gemido.

El gigante dudó, pero al instante volvió a entrechocar el metal y percibió los amuletos dorados que pendían del pecho del anciano.

—¡Kei! —suspiró, con un nudo en la garganta, pero ya no pudo decir más, porque, cuando sus labios se cerraron para pronunciar la palabra padre, la emoción lo hizo enmudecer.

Padre e hijo se fundieron en un largo abrazo, un abrazo dulce y emocionado que les había estado negado durante toda su vida, debido a la singularidad de sus destinos y al peso que cada uno soportaba sobre sus espaldas.

Ni una noticia, ni un encuentro desde que, veinte años atrás, ambos se despidieron en la tenebrosa falda del Nisir, en el país de los hielos. Pero ahora, el que fuera rey de Uruk examinó el rostro de Kei y lo encontró débil y acongojado, y en sus ojos azules había lágrimas.

—Padre —susurró, sosteniendo en sus poderosas manos la cabeza del viejo—. ¿Qué te ocurre? ¿Por qué lloras amargamente en la hora de nuestro encuentro? Largo tiempo he esperado una señal tuya como se espera el regreso de las golondrinas en verano, pero los años han transcurrido en silencio y para que mi felicidad fuera completa siempre me has faltado tú.

Entonces Lugalbanda, el patriarca de Uruk, el dios de la alegre sonrisa, enjugó sus lágrimas y habló así:

—Hijo mío, los días de felicidad han terminado. Hay un tiempo para saborear el placer de la rebeldía como un ave que vuela, pero cuando la juventud se ha marchado y el tiempo insondable hunde los huesos, la rebeldía se convierte en una carga y llega el tiempo del invierno que hiela las alas de los pájaros y los mata en sus propios nidos.

—¿Por qué hablas así, padre? Tu voz es como una lámpara que se extingue… Explícame el motivo de tu tristeza para que pueda consolarte —insistió Gilgamesh, moviendo su cabeza con ansiedad.

—He pecado… tú lo sabes —empezó diciendo el anciano, con la voz quebrada—. He pecado contra aquellos que son de mi propia estirpe y ahora he de morir, porque Enlil no olvida las injurias, y cuando te engendré sobre la cima de Manu, el padre de los dioses me condenó a compartir el destino de los hombres y nadie puede escapar a su palabra que decreta el destino.

Gilgamesh calló, porque su padre temía aquello que él mismo había temido, y al mirarlo se daba cuenta de que la hora estaba cercana.

—Soy el último de los tres dioses exiliados que aún no ha conocido el temblor de la muerte —siguió diciendo Kei—. Roth aceptó la compañía de la débil Humanidad y fundó un reino de hombres a cambio de renunciar a la Piedra Resplandeciente y aceptó morir. Aradawc fue castigado y su cuerpo se consume eternamente en la Ciudad Blanca… Demasiado tiempo les he sobrevivido, y ahora debo morir para que la sentencia decretada por Enlil sea cumplida. Pero tengo miedo y quisiera que aún me ayudaras a burlar este destino.

—Sabes que haría cualquier cosa por ti —dijo Gilgamesh dulcemente.

—Lo sé, pero tampoco ignoro que has conquistado el corazón de los que habitan en la Upshukina y eres su preferido entre los nacidos de mujer. Y para ayudarme deberías renunciar a esa preciosa amistad y abandonar este lugar sagrado para acompañarme de nuevo muy lejos.

Gilgamesh guardó silencio, pero pronto su rostro adoptó firmeza, como si hubiera tomado una decisión inquebrantable.

—Tú eres mi padre y mi dios —declaró, inundado de orgullo y alegría—, y estás cerca de mí. Soy fiel a Enlil y a los demás inmortales, pero tu mano siempre estuvo junto a mí para consolarme y en cambio los dingir están muy lejanos, demasiado escondidos, y por eso mi elección está hecha.

Kei calló a su vez, a causa de la emoción y porque dudaba aún de dar aquel paso adelante en su sempiterna rebeldía, cuando ya no era más que un anciano agonizante cuyas piernas flaqueaban, incapaces de soportar el próximo invierno.

—Necesito recuperar la Piedra Resplandeciente —declaró al fin.

Gilgamesh pareció no comprender.

—Pero ese talismán desapareció hace siglos, en la Ciudad Blanca, cuando el castigo… —objetó.

—La Ciudad Blanca arde —reconoció Kei—, arde aún desde hace quinientos años, pero la Piedra Resplandeciente es indestructible.

—¿Cómo podré recuperarla en medio del fuego? —preguntó el turbado Gilgamesh.

—Yo te guiaré, hijo mío —contestó dulcemente el anciano—, ahora descansemos y hablemos del pasado, porque pronto iniciaremos nuevas aventuras y el camino que nos separa de la Ciudad Blanca es abrumador.

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Y hablaron del pasado, y en su larga conversación Gilgamesh narró a su padre sus días felices junto a Issmir durante todos aquellos años. Sus miedos habían terminado, ya no quería ser inmortal, sólo desgranar momento a momento la sabiduría adquirida durante su viaje al norte, meditar muy despacio sobre las palabras de Ziusudra y aguardar con sosiego el último momento.

Nunca llegó a pensar que algo podría echar abajo sus planes de paz, pero un día Issmir ya no sonrió más y le arrebató su compañía para morir muy lejos. Porque una misteriosa nueva época del mundo iba a comenzar, y era una edad en la que ella no tendría espacio. Pero Gilgamesh no entendió, ni quería pensar más en ello, ni añadir dolor al dolor de volver a estar solo.

Cuando Issmir entró en el sepulcro del mar, su vida ya no podía ser la de un plácido rey que gobierna en paz, y recordó que aún le quedaba un pecado por lavar. Los reyes de las ciudades costeras dirigían continuas expediciones al Bosque de los Cedros para desmantelarlo y hacerse con su rica madera. Y mientras él vivía feliz en Uruk, los dingir inmortales continuaban siendo expoliados y no había otro responsable más que él, que en su juventud poco reflexiva había asesinado a Huwawa, el fiel jardinero y guardián, a cambio de unas migajas de gloria humana.

Ahora tenía, en efecto, renombre, y la copa de su vanidad estaba colmada. Las leyendas sobre sus aventuras se repetían en todos los idiomas y eran copiadas por los escribas en tablillas de arcilla que se archivaban en los templos, de manera semejante a las de su propio padre Lugalbanda y las de los otros dioses. Pero aquello ni arruinaba ni enaltecía su ánimo, pues ya sabía que para los varones templados la última morada del alma es inmutable, y las habladurías no son más que humo para el sabio.

Había sido feliz, pero la fuente de su felicidad era un venero interior cuya resplandeciente agua nutría su espíritu con el alimento inmaterial de la serenidad. Y en lo que estaba afuera de él, sólo dependía de Issmir, creada perfecta en belleza y virtud. Sin embargo muy pronto sabría que la fama, que tanto había buscado, habría de seguirle como un león que de día y de noche rastrea a una presa herida.

Porque los pecados que habría de lavar eran un asesinato y un expolio, y por ello ascendió solemnemente solo por las riberas del Eufrates y cruzó la barrera de las Siete Colinas, donde Krath y los demonios negros ya no vigilaban. Y por eso recorrió la pradera de donde había arrancado al ejército de piedra de Ilene el Valiente y avistó a lo lejos la nebulosa azul del Bosque de los Cedros, donde debía servir hasta la hora de su muerte como callado jardinero de los dioses.

Pero al acercarse sintió una dulce tristeza y su memoria no cesaba de evocar la angustia, el miedo y las victorias del pasado. Y cuando atravesó el Río del Sueño ya no temía por un súbito ataque de Huwawa, pero sí que el susurro de un blanco manto de niebla naciera entre la hojarasca y se elevara lentamente ante su presencia impura. Que el luto del bosque no hubiera terminado y su rencor fuera eterno. Pero el tiempo había borrado su mancha, y entró bajo el palio sublime de toda aquella belleza como un hijo renovado de la tierra, con la piedad de un discípulo devoto de los dingir inmortales, con la inocencia de un niño que no conoce la mentira.

Por doquier se veían tocones de árboles talados y otros burdamente tronchados a la caída de los vecinos. El expolio había sido continuo desde la muerte de Huwawa y la culpa era de aquél que ahora entraba tímido bajo el dosel del lugar santo, para vengar a los dioses y reparar el mal hasta el fin de sus días, para no dejar desde aquel momento que ni un solo paso extraño resonara en los ámbitos del bosque, para abrumar a los enemigos con igual ferocidad que Huwawa, el gigante que ya no estaba.

Pero la fama estaba adherida a él igual que las moscas que en verano hostigan la piel del ganado y, como se ocultó a las miradas de los hombres, se desprendió de sus vestiduras reales y desplegó su fiereza contra los que enviaban expediciones madereras, en la imaginación de los hombres vino a convertirse en algo semejante al mismo Huwawa, y los buhoneros y los mercenarios referían falsas noticias de guerreros que lo habían visto, asegurando que todo su cuerpo estaba cubierto de áspero pelo, que atacaba ciegamente a los extraños y se dedicaba a la hechicería. Poco a poco vino a contarse de él todo lo que se había contado de Huwawa, también que aguardaba con placer la presencia de visitantes humanos para devorarlos.

Por lo tanto, su existencia misma era un insulto para los justos, un desafío permanente para los buscadores de gloria, y decenas de jóvenes con la mente nublada y los reflejos demasiado lentos probaron fortuna contra él.

En aquella juventud aventurera, el perplejo Gilgamesh no veía más que un reflejo de sus propios años jóvenes, plagados de errores. Habría preferido ser tratado como Ziusudra, poder convertirse en el centro de un lugar de peregrinación espiritual donde los hombres confundidos obtuvieran valiosos consejos y relajaran sus espíritus en la belleza del bosque.

Pensaba en esa dorada ancianidad y soñaba con morir enseñando, y entretanto era indulgente con quienes lo retaban a combate, y siempre les dejaba un camino abierto para escapar.

Y los ciervos no huían de él, porque una voz secreta les había susurrado que el nuevo pastor venía a cuidar de la paz sin tacha de otros tiempos. Y cuando Gilgamesh se adentró en las manadas sin que los venados huyeran, sólo entonces se sintió reconciliado con la naturaleza, como si el menor y el mayor de sus pecados hubieran sido perdonados. Y recordó a Enkidu, cuya grotesca y noble cabeza hubiera querido ver de pronto entre los pardos lomos… Enkidu, a quien no había conseguido olvidar, y cuyo dorado recuerdo no pudieron oscurecer ni la presencia de Issmir ni las evocaciones que su memoria solía hacer de su padre, Lugalbanda. Enkidu, con quien, siguiendo a las manadas, habría consumido jornadas de auténtica inmortalidad.

Y sin embargo, el recuerdo no turbó su ánimo, sino que le llenó la memoria de belleza. Y consiguió gozar en el bosque de cada rayo de sol, de cada mirada penetrante y conmovedora de ciervo y de cada instante de plenitud de los que aún le eran concedidos. Porque, a pesar de la muerte de Issmir, el viento aún le era favorable.

 ooo

Y el dios Lugalbanda interrogó a su hijo acerca de la muerte, que había llevado tortura y sabiduría a sus años jóvenes, y Gilgamesh habló de la muerte con firmeza y confiada resignación.

—A menudo —decía—, había visto al personaje del manto negro y polvoriento caminar entre los canales de riego y por los campos de cebada. La muerte es siempre visible a mis ojos y cuando la veía ir y venir sabía de antemano cuándo llevaría la tragedia a un hogar. La he visto deambular cerca de la choza donde agonizaba un anciano y llevarse en los brazos el alma de un niño pisado por las ruedas de un carro; la he visto cerrar los ojos de la mujer que fallecía en el parto y cabalgar como un jinete más de mi ejército cuando marchábamos al encuentro del enemigo.

»Su presencia se hizo acostumbrada para mí, y ya no me perturbaban su rostro agónico reflejando el mío, su horrible manto o su capucha polvorienta. Por una extraña convicción, sabía que no sería yo su víctima, que aunque un día se acercaría a mí para cerrar también mis ojos, ese instante aún estaba por llegar.

»Sin embargo, padre, ese personaje ha estado aquí, en el bosque. Lo vi hace unos días, sentado sobre uno de los tocones cortados, y a sus pies había un tablero de ajedrez con las figuras preparadas para el juego. Verlo allí y en aquella actitud me llenó de espanto, y me di cuenta de lo infantil de mis sentimientos anteriores, la insufrible banalidad de creerme dueño de mis emociones y libre del miedo a su mirada. Porque fue una… una sola mirada suya la que me paralizó y me hundió en la condición de los campesinos y los pastores, a la que realmente pertenezco. Fue una sola de sus miradas la que me convenció de que todo lo aprendido no era más que polvo, de que la fortaleza que creí haber conseguido era como aire, y mi pasado como una fábula.

Kei le interrumpió:

—Ya no lloriqueabas por una vida inmortal —empezó, con un gesto admonitorio—, pero tu origen aún dirige tus emociones, y te considerabas por encima de todo miedo. No has aprendido que el miedo está sembrado en las entrañas de los hombres, porque ahí lo depositaron los dioses cuando decidieron crearlo, y no debes preocuparte, porque la valentía que aprendiste es una valentía de hombres, no de dioses, y no es hijo de mujer el que no tiembla.

Calló un momento, y luego añadió, con voz apacible:

—Hijo mío, pierde tu preocupación, porque no hay enseñanza ni fortaleza del alma que no se extravíe como el agua que pierde su cauce cuando el tiempo transcurre y la vida se vuelve placentera y no es necesario ejercitar lo aprendido.

Sin embargo, aquellas palabras no calmaron la turbación de Gilgamesh, que parecía ir creciendo a medida que hablaba.

—Pero me habló, padre —declaró, arqueando las cejas y oscureciendo su frente—… Me invitó a sentarme al otro lado del tablero y jugar con él. Era como aquella fulminante visión de Enlil, cuya palabra decreta el destino, jugando en un tablero igual, en aquella isla.

—¿Qué ocurrió? —preguntó Kei.

—Contesté: «Llama a jugar contigo a los sacerdotes que prometen la vida eterna o a aquellos que la buscan. Yo ya sé que no puedo ganar ese juego». Y me marché, padre, siguiendo mi camino sin atreverme a volver la espalda, como si fuera a rozarme con sus dedos helados.

Gilgamesh calló para aguardar una respuesta, un comentario sabio y reconfortante, pero Kei permaneció con sus ojos azules ocultos y no habló.

—Padre… —murmuró Gilgamesh con una voz dolorida que por sí sola añadía: «tengo miedo».

Kei alzó al fin los ojos a su rostro implorante. Eran dos seres cercados por la tragedia, acosados por la muerte. Pero la desgracia de su hijo pareció alimentar su propia fortaleza y, por una vez en los últimos años, trató de hablar no como un viejo vagabundo, sino como el dios Lugalbanda, nacido en el cielo de Anu.

—Hijo mío —dijo—, ahora posees namlulu, y tu virtud es sólida, y tu piedad verdadera. Pero hasta el poseedor de namlulu se estremece cuando la muerte lo mira a los ojos. Y ahora, por primera vez, tengo miedo. Miedo por ti y por mí, y por el destino del mundo.

—Padre, ¿qué significan tus palabras? —preguntó Gilgamesh—. ¿Qué quiere ese personaje? Si es un dios de la muerte, tienes que saberlo, debes haberlo conocido.

—No es un dios —contestó Kei con determinación—, sino que hasta los dioses le están sometidos… ¿No recuerdas la leyenda de la muerte de la diosa Inanna, cuando descendió a los abismos del Kur en busca de su esposo, el pastor Dumuzi, y su cuerpo fue colgado de un gancho durante siete días? Recuerda este himno terrible:

 «Desnuda y humillada fue llevada ante Ereshkigal.

La divina Ereshkigal ocupó su lugar en el trono.

Los Annunakis, los siete jueces, pronunciaron su sentencia ante ella.

Ella fijó su mirada en Inanna, una mirada de muerte,

Ella pronunció una palabra contra Inanna, una palabra de cólera,

ella emitió un grito contra Inanna, un grito de condenación.

La débil mujer fue transformada en cadáver,

y el cadáver fue suspendido de un clavo».

—¿Acaso no cesó toda manifestación del amor durante el tiempo en que ella estuvo muerta? —prosiguió Kei—. En aquel tiempo el animal no buscaba a su hembra ni el esposo visitaba el lecho de su esposa. Pero cuando fue resucitada, bebiendo el agua de la vida y comiendo el alimento de la vida, la reina del infierno le exigió la entrega de alguien que ocupara su lugar en el Kur, porque quien entra allí, ya no vuelve a salir y ésa es la ley. Y ella eligió a su esposo pastor, el llorado Dumuzi, que aún ha de vivir la mitad del año en el mundo inferior, durante el invierno, cuando la vegetación se seca debido a su ausencia… Si lo recuerdas, el poema describe con palabras angustiosas cómo fue Dumuzi capturado por los demonios:

«Los demonios lo cogieron por los muslos,

los siete demonios se le echaron encima como a la cabecera de un hombre enfermo,

y los pastores ya no tocaron la flauta ni el caramillo ante él.

Inanna fijó una mirada ante él, una mirada de muerte,

y pronunció una palabra contra él, una palabra de Ira,

y emitió un grito contra él, un grito de condenación: «¡Él es, lleváoslo!»

Así la divina Inanna entregó en sus manos al pastor Dumuzi.

Pero los que le acompañaban,

los que acompañaban a Dumuzi,

eran seres que no conocían los alimentos ni conocían el agua,

ni comían harina salpimentada,

ni bebían el agua de las libaciones.

Eran de esos que no saben llenar de gozo el regazo de una mujer

ni besar a los niños bien nutridos,

que quitan el hijo al hombre de encima de sus rodillas

y se llevan a la nuera de casa de su suegro».

—Los llamamos inmortales porque la enfermedad no hace presa en ellos —explicó Kei—, pero no están a salvo de que una mano los hiera o una magia los destruya.

—¿Se les puede dominar con una magia superior? —preguntó sobresaltadamente Gilgamesh.

—Muchos así lo creen —contestó Kei—, y aseguran que la única superioridad de los dioses es su magia. Pero esas creencias carecen de sensatez, pues nada hay comparable a la majestad de los dioses, que con sus palabras decretan los destinos.

—¿Entonces…? —masculló Gilgamesh.

Pero Kei no contestó. Se removió donde estaba acurrucado y se incorporó, porque se había fijado en una camisa de serpiente medio podrida que se balanceaba en las ramas de un arbusto. Se quedó mirándola unos instantes y dijo en voz baja:

—Un pensamiento viene a mi mente, pero no puedo explicar por qué, y aún más: Siento que alguien lo ha traído a mí.

—¿Qué pensamiento es? —preguntó Gilgamesh.

—Esa camisa que ahí se pudre —respondió Kei, con un movimiento de su mano—. ¿Crees que la serpiente que se despojó de ella la reconocería si vuelve a pasar por este lugar?

—¿Cómo puedo saberlo, padre? ¿Es acaso un acertijo?

—No, no lo es. Y la respuesta a mi pregunta es no: La serpiente se deslizaría en busca de un ratón sin saber que se trata de su antigua piel.

—¿Y por qué ese misterio? ¿Acaso no es algo normal?

—Ya te lo he dicho. Creo que ese pensamiento no es mío, se me ocurrió demasiado bruscamente como para responder a una pregunta aún no formulada.

Kei miró el desconcierto de Gilgamesh.

—Quizá en nuestro camino tengamos ocasión de contestar a esa pregunta. Y ahora descansemos, hijo mío… Nos aguarda un viaje muy largo.

Dicho esto, se levantó para buscar un rincón sobre el que echarse a dormir y no volvió a hablar. Los dos durmieron por última vez al amparo de los árboles sagrados y bajo la ambigua luz de la Estrella del Guerrero, que desde el oscuro firmamento, no había cesado de anunciar tiempos nuevos cuya naturaleza nadie acertaba a comprender.

Gilgamesh se recostó, pero no pudo conciliar el sueño. Le parecía que su padre venía siempre acompañado del hombre del manto oscuro y polvoriento, siempre para ponerlo al borde de la muerte. Y toda la noche evocó la cara siniestra de este personaje hasta que la luz del alba llegó y dijo adiós al Bosque Sagrado.

ooo

Muy pronto comenzaron el largo viaje y caminaron a través del bosque bajo un pesado silencio. Gilgamesh no dejaba de pensar. Tenía cuarenta y dos años. Era un hombre sabio y sereno. Había aprendido; había pasado por todas las fases de la vida; había dicho adiós a la gloria y se había hecho humilde; se había escondido de los hombres para servir sin vanidad alguna a los inmortales, y la ironía de un destino sabio e implacable había querido que ocupase ahora el lugar del gigante Huwawa, a quien abatiera en su loca juventud.

Se diría que poseía toda la dicha, y a menudo se refugiaba en sus propios recuerdos, los de la lucha, los de la dulce Issmir y el noble Enkidu. Lamentaba olvidar los detalles y le hubiera gustado apropiarse del pasado para revivirlo no con los desvaídos colores de la memoria, sino con la fuerza de la realidad misma. Pero de todos modos el recuerdo era un ejercicio de calma y reflexión que no le traía angustia, sino una alegría sosegada.

Por lo demás, ninguna otra cosa lo unía con el exterior. Desde que entró en el Bosque de los Cedros el tiempo dejó de correr para él, como si hubiera entrado en el mismo vientre de su madre una vez más. Así, la madre tierra, el cuerpo de Ninhursag, lo acogió y dejó de advertir el paso de los años y por eso no reparó en los signos de una lenta decadencia física. Estaba envejeciendo, pero cuando finalmente lo notó, el hecho le dejó indiferente. Era como Ziusudra en su exilio, pero más feliz, mucho más feliz que él.

Por eso la llegada de su padre le trajo una nube de inquietud, y sus sentimientos de propia perfección, de completa consciencia, de interminable armonía, su experiencia y sabiduría bien asentadas, se transformaron en temor cuando se aproximaba al mundo.

El mundo no cesaba de cambiar. Los jóvenes no descansaban alimentando su ambición con aprendizaje y lucha, y se sintió desplazado, notó por vez primera el peso de sus hombros y pensó que el mundo, con su competencia y orgullo, ya no era su lugar.

Como aquel día a la falda del Nisir, la voz de su padre le sacaba de la modorra del sueño para enfrentarlo a la realidad, a la dureza de la iniciación. Su padre no había cesado de guiarlo a través de la vida, de hacerlo saltar los obstáculos que la pereza rechazaba. Su padre, el divino Lugalbanda, era como un cantero que toma en sus manos un bloque de piedra y no deja de modelarla hasta obtener de ella una imagen con alma. Gilgamesh era esa piedra, esa arcilla empecinada que, al parecer, debía ser modelada una y otra vez para alcanzar un espíritu perfecto. Y se preguntó si en verdad existía aquella necesidad de la que Kei hablaba, pues, a pesar de su voz sollozante, en la tarea de guiar su vida jamás había dejado de mentir.

Sí, su padre era el asistente del parto que lo estaba sacando del vientre de su madre. Pero cuando Gilgamesh llegó al mundo, con las bajas colinas cubiertas de prados que se secaban, sintió que su valor y su fuerza quedaban guardadas en la frescura del bosque, y se vio otra vez como un novicio débil que enfrenta un escalón nuevo y terrible en la iniciación, y durante un instante tuvo la certeza de que iba a morir.

 

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