EL ÁRBOL DE LA VIDA

 

Éste es un aviso muy serio. Dentro de poco el mundo editorial va a cambiar, las librerías se van a estremecer, los editores se van a volver locos y los lectores ni siquiera se lo van a creer. El motivo es simple. Después de muuucho tiempo, acabo de terminar de corregir, supervisar y subsanar mi novela EL ÁRBOL DE LA VIDA, una historia de arqueología prebíblica que plantea un problema tan actual como la manipulación de la información y el tránsito a la nueva era.

Aunque no queráis, os pongo aquí la introducción y que sea lo que Dios quiera.

INTRODUCCIÓN

  En mis primeros años universitarios leí el mito de Gilgamesh, cuyos hondos valores filosóficos y literarios me marcaron de por vida.

 En 1986, conversando con un profesor universitario, me enteré de que los arqueólogos habían descubierto la antigua ciudad de Ebla, nombrada en la Biblia, de que en las ruinas  había aparecido una impresionante biblioteca de textos cuneiformes y de que el asiriólogo Giovanni Petinato acababa de publicar la traducción de aquellos textos. El profesor también me dijo que el descubrimiento había causado inquietud en el Vaticano, porque en las tablillas aparecían nombrados ciertos personajes de la Biblia, y la jerarquía de la Iglesia temía la aparición de contenidos inconvenientes o simplemente contradictorios con el libro sagrado.

 En 1987 me inscribí en  un curso de akadio y ugarítico que impartía un monje franciscano apellidado Ferrando, en su residencia religiosa de la calle del Temple de Valencia. El curso no tuvo lugar por insuficiencia de alumnos.

  En 1990 se publicó la primera edición de mi novela Gilgamesh y la muerte, sobre el mito de Gilgamesh y por tanto sobre la búsqueda de la inmortalidad. Pido disculpas por haberla transformado en atrezzo (o algo más) de esta otra novela.

  En abril de 2003, poco después de que las tropas de Bush y Blair invadiesen Irak, la BBC distribuyó el sorprendente comunicado de un equipo de arqueólogos alemanes que estaban trabajando en Uruk acababa de descubrir la tumba de Gilgamesh, a quien todos creían hasta entonces un simple personaje literario.

  En 2008 se publicó el primer documental Zeitgeist, que denuncia el creciente proceso de esclavismo que sufre el mundo que vivimos a manos de una oligarquía financiera mundial invisible.

 Todos esos hechos han conformado esta novela. La comencé en 1999 con la intención de escribir una historia contemporánea sobre la inmortalidad,  pero también sobre los sucesos de Ebla, y para ello me auxilié de un interesante curso de akadio que bajé de Internet.

Todo lo que ha ido sucediendo en esta década y denunciaban documentales como Zeitgeist me ha llevado a introducir modificaciones en el texto pero al mismo tiempo no hacía sino ahondar en las propuestas y en la visión de la propia novela en relación a aquello que está sucediendo delante de nuestros ojos sin que seamos capaces de verlo.

  Creo firmemente en la realidad de que el mundo está avanzando hacia el completo esclavismo de la sociedad a manos de una oligarquía financiera que lo controla todo y todo lo decide. Esta novela, sin haber perdido su intención de reflexionar sobre la inmortalidad enlazando con las tradiciones relativas al árbol de la vida, es una forma más de contar ese proceso con la esperanza de que  muchos abran los ojos.

  Al fin, todo se reduce a la reflexión que hace uno de los personajes. Nuestro mundo, nuestra fe, nuestras convicciones, siguen dependiendo de un pedazo de barro escrito.

José Ortega

El Puig, 2 de enero de 2011

A-KI-TIL, LA FUERZA QUE HACE VIVIR AL MUNDO (O POR QUÉ LA NOCHE VIEJA NO TIENE NINGÚN SENTIDO).

El hombre primitivo vivía pendiente del universo, del movimiento de las estrellas, de la aparición y muerte del sol, del ciclo de las estaciones. Y concibió, como bien sabía Mircea Eliade, el padre de la Historia de las Religiones, un eterno retorno en el que todo era circular y en el que el tiempo moría y volvía a comenzar.

El momento más importante de ese eterno retorno era el fin de un año y el inicio de otro  nuevo. Ese cambio tenía lugar, no hace falta decirlo, en primavera, cuando el invierno termina y la vida renace. Luego, en la Edad Media, vino un idiota y mandó muy piadosamente que el cambio de año se celebrara el 31 de diciembre con el fin de dar más realce a la fiesta de la natividad del Señor.

En la cultura de Sumer, en Mesopotamia, la fiesta de año nuevo se llamaba a-ki-til, que significa “la fuerza que hace nacer al mundo”. Como símbolo de la nueva vida, la fiesta incluía una cópula sagrada entre el rey de la ciudad y la sacerdotisa. Es así como comienza mi novela GILGAMESH EN BUSCA DE LA INMORTALIDAD, con la celebración del año nuevo en el mes de marzo. En el recitado sumerio que tomé prestado para ese pasaje la sacerdotisa habla al rey de esta manera:

Grande es tu hermosura, dulce como la miel.

León, amado de mi corazón,

Grande es tu hermosura, dulce como la miel.

Tú me has cautivado, déjame que permanezca temblorosa ante ti.

Esposo, yo quisiera ser conducida por ti a la cámara.

Tú me has cautivado, déjame que permanezca temblorosa ante ti.

León, yo quisiera ser  conducida por ti a la cámara.

Todo esto que hacemos es un poco patético y bastante paradójico. Celebramos la navidad el 24 de diciembre, sin saberlo, por motivos astronómicos, ya que por esas fechas el solsticio de invierno hace nacer al sol, pero sin embargo hemos desplazado la fiesta de año nuevo del momento que por esos mismos motivos astronómicos le pertenece. Y también sin saberlo.

En la noche del 31 de diciembre no hay nada que cambie en la naturaleza. El día 1 de enero nos aguarda el mismo frío, la misma ventisca y el mismo cielo gris. Desconexionados de la naturaleza, de sus ciclos y de sus ritmos no conseguiremos gran cosa excepto actuar como autómatas que van y vienen sin saber por qué. Ya hablé de esto en mi serie documental de televisión LAS CRÓNICAS DE LA TIERRA ENCANTADA, donde repetía constantemente la misma idea: Para el primitivo todo es sagrado, pero para nosotros todo es profano. Profanamos la tierra, profanamos las tradiciones, profanamos la historia, porque hemos perdido el vínculo con la naturaleza y por lo tanto con lo sagrado. El cambio de año en mitad del crudo invierno es un símbolo del ensoberbecimiento del género humano, que se cree tan dueño de la tierra como para celebrar un cambio de ciclo cuando no hay cambio de ciclo.

Me da la sensación de que los únicos que lo han entendido, aunque sea inconscientemente, son los valencianos. Ellos siguen celebrando como debe ser y en el momento en que debe ser, allá cuando en el mes de marzo, rozando el equinoccio de primavera, la naturaleza entera se prepara para albergar de nuevo la vida y prenden luces a las que bien podríamos llamar la fuerza que hace vivir al mundo.

DIFERENCIAS ENTRE GILGAMESH Y VICENTE GUILLEM (CON REFERENCIA PUNTUAL AL ORGASMO PRE MORTEM)

 El sábado pasado encontré en una herboristería un libro de diseño modesto, que parecía autoeditado, titulado LAS LEYES ESPIRITUALES. En la contraportada se veía la foto de un señor barbudo y pelilargo que lo mismo podía ser un santo, que un profeta, que un mendigo o que un sabio. Ese tipo es VICENTE GUILLEM, un doctor en bioquímica que curra en hematología y oncología en el Clínico de Valencia pero que también se preocupa de otras cosas, por ejemplo la vida del espíritu y ayudar a los demás.

Los médicos, no todos, suelen ser pijos y deslizarse de un lado a otro en BMW embutidos en trajes razonablemente caros. Vicente Guillem no es así. Ayer me invitaron a asistir a la conferencia que tenía que dar esta tarde en la herboristería VIDA SANA de Valencia, y he podido comprobarlo.

El conferenciante no tenía ni cultivaba aspecto de estrella, ni siquiera de profeta. Ha llegado y se ha puesto, cabizbajo, a pinchar cables en su portátil para poner un power point con la modestia de un electricista que realmente está pensando en otra cosa. Después ha hecho una exposición de hora y media sobre vidas pasadas, reencarnaciones, evolución espiritual y cultivo del amor. Hora y media más de coloquio en un local pequeño atestado de seres humanos sentados en sillas y en el suelo pero también de pie, con poco oxígeno para repartir.

Me ha gustado más el conferenciante que la conferencia. El tipo me agrada porque desprende serenidad y cree en cada palabra que dice.  Esta confianza propia pone en su boca un discurso claro, sin un titubeo, ordenado y calmado que realmente transmite paz. Se puede decir que escucharlo hablar es un raro placer.

Esto no significa que la conferencia no me haya gustado ni interesado. Lo que pasa es que algunos contenidos me rascan. Vicente Guillem trabaja con enfermos terminales y cuando se ha dispuesto a hablar de casos de personas clínicamente muertas que han vuelto a la vida, estaba convencido que iba a trasladar sus experiencias profesionales, pero no ha sido así. En su lugar ha citado libros, entre ellos el clásico VIDA TRAS LA VIDA, escrito en los setenta. No es que esto no se pueda o no se deba hacer, pero yo esperaba un relato vívido de experiencias propias, no un resumen de lo que ha leído otra persona.

Otra parte de la exposición me ha causado desconcierto. Se trata del absoluto convencimiento con que el conferenciante ha expuesto la ley de justicia espiritual, según la cual las malas acciones cometidas en una vida se pagarán en una vida posterior. Puede que sea una deformación profesional de abogado, pero ese mecanismo de justicia diferida creo que no consta demostrado en ningún sitio y me suena más a expresión del deber ser, o de una necesidad psicológica, que a evidencia constatada por la investigación o por la casuística.  

La pretensión de que cada sueño que no obedezca a mera repetición de vivencias domésticas es un viaje astral, sugiere un prejuicio. Karl Jung dice que el inconsciente, a través de los sueños, nos hace llegar mensajes simplemente porque tiene más información que nosotros, ya que el inconsciente lo retiene todo y nosotros no. Vicente Guileén dice que estos mensajes no provienen del inconsciente, sino de los maestros espirituales inmateriales, y añade que estos maestros no se hacen más evidentes a fin de no perjudicar nuestra libertad de elección. Me quedo con Jung. Por lo menos hasta que lo de los maestros y ángeles quede más claro. No en nombre de la ciencia materialista, que me aburre, sino en nombre de la resistencia a tragarme un nuevo artículo de fe después de haberme tragado ya muchos en el cole, en misa y en casa cuando era niño y adolescente.

La explicación de que unas personas son malas y otras buenas porque las primeras vinieron más tarde a la vida y han evolucionado menos hacia la espiritualidad, también la considero una idea bella pero apriorística, indemostrada y desde luego indemotrable.

Hay testimonios de personas que recuerdan espontáneamente vidas pasadas y otras lo hacen de forma inducida. Eso es un hecho. Lo demás es el intento de situar ese y otros hechos en fila india para conformar con ellos una teoría que por lo demás tiene su propia contrateoría. Por ejemplo, algunos doctores se están empeñando en una explicación científica del fenómeno recurrente de la visión del túnel de luz y de la inmensa paz al abrazar la muerte. Lo achacan a no sé qué enzimas, hormonas o caldos que se disparan o se diluyen en el proceso de morir (por cierto, Vicente Guillem no ha hecho referencia alguna a la extraña experiencia de orgasmo que se vive en los instantes previos a la muerte o a algún tipo de muerte, creo que en particular la producida por asfixia, y que conduce a algunos cachondos a ponerse al borde de la extinción metiendo la cabeza dentro de una bolsa de plástico).

Cuando trabajaba con Historia de las Religiones percibí la forma obsesiva en la que el hombre prehistórico elaboraba leyes generales que explicasen cada palmo de la realidad. No sólo de la visible, también de la invisible. La creencia egipcia en la caverna llamada poéticamente las doce horas de la noche obedece al convencimiento (convencimiento erróneo) de que durante la noche el sol viaja de occidente a oriente por debajo de la tierra. Ellos recogían unos pocos datos y los ponían en fila india para elaborar una ley. Nosotros también. No hemos cambiado. No nos conformamos con constatar los datos disponibles relativos a recuerdos de vidas anteriores. Nos empeñamos en usarlos para decodificar los misterios de lo invisible en unas cuantas leyes que lo explican todo estupendamente y nos quedamos tan felices.

 Recuerdo que cuando estaba en la Universidad acudí a una conferencia de Salvador Paniker titulada, si no recuerdo mal, CRÍTICA AL IDEALISMO CULTURAL CONTEMPORÁNEO, en la que ponía en solfa el horror vacui de la cultura moderna en su ansia de elaborar una teoría que explique cada detalle de la realidad. Tanto la obsesión del habitante primitivo del Nilo como la manía del científico contemporáneo creo que son la consecuencia de aquella misma ansiedad ante el universo, que sólo se calma elaborando una ley, redactando una teoría o fundando una religión. La lección de metafísica que he escuchado hoy es en mi opinión otra expresión de ese fenómeno.

Vicente Guillem ha dicho hoy que no existen ni el infierno ni el purgatorio eternos. La elaborada teoría que ha expuesto sobre las cosas invisibles, lo que sucede antes del nacimiento y después de la muerte, la existencia de mundos más sutiles en los que los humanos viven una existencia semiespiritual, la enunciación de leyes espirituales  según las cuales las penas por nuestras faltas nos esperan en vidas futuras, creo que obedece a un patrón teórico carente (hasta donde yo sé) tanto de indicios como de pruebas y que conforma una doctrina tan gratuita como la del Antiguo Testamento. En cierto sentido, esta formulación, que remite a una constante evolución hacia la espiritualidad a través de muchas vidas, es parecida a la de Theilard de Chardín, el cura metido a antropólogo que se decidió a acuñar una ley que explicase el paso del australopitecus africanus al pitecantropus y de éste al homo sapiens, en una línea de progresivo refinamiento espiritual del género humano que finalmente le hiciera converger con Dios. 

La doctrina de Vicente Guillem me gusta, pero en la misma forma que a mi abuela le gustaban el Génesis bíblico o el Evangelio. En uno y en otro caso se trata de una cuestión de fe.  Está bien cada cosa que se haga o se diga para conducir a los humanos a experimentar el amor, pero personalmente no me apetece el nuevo evangelio de una nueva religión basada sólo en ideas y juicios previos. Digo más, a riesgo de que me pelen: El auditorio estaba formado por practicantes y/o maestros de Reiki, grupos de meditación y personas ya sensibilizadas, lo que se me antoja un público entregado de antemano y en cierto sentido acrítico. Prueba de ello es la pregunta que surge en el coloquio, sobre si se debe hablar mentalmente con un hijo muerto. Una pregunta dirigida al conferenciante como si se dirigiera a un cura o a un vidente. Salvando las obvias diferencias y con mucho respeto, esto me recuerda el coloquio posterior a una conferencia que di a unas amas de casa para denunciar la química escondida en los alimentos. Desde el principio advertí que no soy médico. Incluso así me preguntaron si era saludable comer atún en conserva.

Vicente Guillem afirma que todos evolucionamos hacia una forma más elaborada y más espiritual y que la medida de nuestra evolución se define por nuestra capacidad de experimentar amor. Bueno, bien… Eso me mola. Sólo eso sería suficiente para escuchar, leer y seguir a este hombre bueno. Todo lo demás me despierta dudas.

Ahora voy a decir por qué me gusta el personaje. Es fácil: Me gusta porque no sólo tiene toda la pinta de un tipo sencillo y honesto, sino que además deja evidencia de ello porque no cobra. No cobra ni por el libro ni por sus conferencias. Todo lo que ha estudiado, todo lo que sabe, lo regala. Y cuando habla, no te miente ni te dice medias verdades. Puedes no estar de acuerdo con todo lo que dice, pero nace en ti la tendencia a fiarte de él. Con lo poco que he aprendido hoy de Vicente Guillem, creo que nos iría mucho mejor si hubiera muchas personas como él, decididas a entregar a los demás su energía y su tiempo y empeñadas en trasladar el mensaje de amor que necesitamos.  Así que, incluso bajo esta lectura crítica, mando desde aquí un caluroso saludo al interesado y también a Antonia Matamoros, la propietaria de la herboristería y organizadora del acto, que por cierto tampoco gana un céntimo con la venta de los libros de Vicente, y también hay que aplaudírselo.

Mi conclusión es ésta: Siempre que hablo en público y en privado del mito de Gilgamesh, recuerdo el estupor que me causó encontrar, en una cultura como la sumeria y luego la akadia, con sus ingenuas y primitivas certezas sobre lo invisible, un hombre que duda de todo eso, que se pregunta qué rayos es lo que hay más allá y que se siente inquieto ante esa incertidumbre.

Si reduces las cosas a lo simple, cada una de las religiones, actuales o primitivas, se han presentado en sociedad con una explicación sospechosamente pormenorizada de cómo es lo invisible y de lo que sucede después de la muerte (el viaje del héroe en Gilgamesh y la muerte, deja constancia literaria de ello). Esto es lo mismo que he escuchado hoy. No encuentro ninguna diferencia. 

Necesitamos hombres buenos, convencidos y con capacidad de convencer, como Vicente Guillem, pero necesitamos aún más hombres que duden, como Gilgamesh, y enseñen la duda a los otros como medio para reconstruir la realidad, las creencias y la organización social.  

Por supuesto que el amor es la clave del cambio individual pero también social (le dije a Dokusho Villalba que en mi opinión el punto de unión entre  la revolución social y el perfeccionamiento individual es el amor, y me dijo que estaba de acuerdo, así que debe ser cierto). Sin embargo, no creo que la fórmula para conseguir ese fin sea la instalación de una nueva metafísica o de una nueva religión basadas en una doctrina que no se puede demostrar y que por tanto se fundamenta, lo mismo que todas las otras religiones del mundo, en la fe.

José Ortega

LA PIEDRA RESPLANDECIENTE: EN BUSCA DE LA FELICIDAD PERFECTA (I)

 

GILGAMESH Y LA MUERTE contiene también un cuento llamado EL CUENTO DE LA PIEDRA RESPLANDECIENTE, que concebí hace mucho tiempo, primeramente como un cortometraje y luego con forma literaria. Nació de retazos de imágenes de un personaje que viaja por universo propio de Mad Max y tiene que ver con el ansia de lo perfecto.

Bien dicen que lo perfecto es enemigo de lo bueno, lo que significa que podemos empeñarnos en conseguirlo todo y no tener nada. Algo así encierra este cuento en el que una mujer ya madura abandona todo lo bueno que tiene para trocarlo por lo perfecto. Busca una bagetela sin importancia, la felicidad perfecta.

¿Habéis visto los matrimonios rotos en la edad mediana, habéis visto la insatisfacción y la rutina comiéndose la chispa de la vida y ese ansia de cambiarlo todo por algo a lo que no se acierta a darle nombre? Tienen mucho que ver con esta metáfora de la vida que es el cuento de la Piedra Resplandeciente.

Esta historia dio lugar a mi tercera novela, que se llama igual. Pero de ella hablaré otro día.

La mujer que lo abandona todo, se echa a los caminos en un largo viaje de iniciación que la lleva en primer lugar a la cueva de Math, la Hechicera.  

Es una lectura coral. Dura de filmar, complicada de editar y bonita para ver.

EL NOROESTE NO ES UN LUGAR

Hay una parte extensa de GILGAMESH Y LA MUERTE que nada tiene que ver con Mesopotamia y mucho, en cambio, con la mitología centro y norteeuropea. El héroe hace un viaje hacia otras tierras, no precisamente hacia el oeste, sino hacia el noroeste.

Una vez le pregunté a un amigo que se las daba de marino, con un balón de baloncesto en la mano (como imagen de la Tierra), a dónde llegaríamos si tomamos la derrota del noroeste.

 -Al noroeste -dijo. Pensaba erróneamente que el holograma de proyección de la Tierra en un rectángulo es la Tierra misma.

 El noroeste no existe. Navegando al noroeste llegaremos al norte describiendo una espiral a través de la intersección de meridianos y paralelos, y si navegamos al noreste sucederá lo mismo. Este es el sentido dle viaje espiral que hace Gilgamesh. Un sentido, como suele suceder, de iniciación que viene principalmente descrito por ese dibujo espiral que describe sobre la tierra.

En su viaje atraviesa los espacios europeos y por eso me nutrí de la mitología europea, con ninfas, enanos y dragones. Escuchad a Javier leyendo sobre dragones, lealtad y nobleza. Ved el énfasis con que exclama “silencio” o “majestad”. No quería dejar de leer.

El noroeste no es un lugar, es una ruta. Tiene mucho de símbolo del camino.

UNA COLINA SOBRE LA CIUDAD DE LOS MURMULLOS

  Un hombre llega a lo alto de una colina donde hay un pequeño recinto en forma de torre. A sus pies contempla la Ciudad de los Murmullos. En esa torre se habían descarndo los huesos del rey Ketra el Fuerte. Su alma surca el aire en forma de águila. El hombre lo mira todo, la ciudad a sus pies, la torre donde está, el águilas que se aleja. Ese hombre es Gilgamesh, el que busca la inmortalidad.

  Cuando escribí GILGAMESH Y LA MUERTE solía documentarme con publicaciones sobre geografía. Las torres del silencio existen realmente en Irán. Su función era la de dejar los cadáveres para que los buitres comieran la carne y limpiaran los huesos. Escribí un artículo sobre ese ritual y lo pegaré aquí en otro momento.  Ved y escuchad ahora a Fanny recrear parte de la historia:

UNA MUJER SE DESNUDA DELANTE DE UN HOMBRE

Una de las curiosidades del poema de Gilgamesh resulta ser su tratamiento del sexo.
 
Es sorprendente comprobar los medios por los que se consigue transformar a Enkidu de salvaje en hombre civilizado. Todos recordáis como describe El Principito la domesticación del zorro, con confianza y buenas palabras. Aquí, en cambio, tenemos algo más que un zorro.
 
Los dioses crean a un hombre salvaje llamado Enkidu simplemente para que luche contra Gilgamesh y lo destruya. Es un completo animal. No tiene padre ni madre y pasta por la sabana con las gacelas. Cuando el sacerdote de Uruk sabe de su existencia no le viene ni con plegarias ni con exorcismos ni con explicaciones. Para que se dé cuenta de que es humano, le envía una prostituta.
 
Una y cien veces repetiré la frase del director Juan Piquer: Esta todo inventado. También el strip tease. No deja de ser sensacional que la primera obra literaria de la humanidad nos ponga por escrito el primer acto documentado en el que una mujer se desnuda delante de un hombre para seducirlo. Como veis, el poema de Gilgamesh es también una obra transgresora. Nada de rituales, nada de himnos religiosos, nada de eso. Aquellos remotos sumerios eran como nosotros. Suenan cercanos.

Ved aquí a mi prostituta desnudándose delante de mi monstruo.

RETORNO AL PARAÍSO (POR UN DÍA)

 Cuando estaba en la Universidad y vivía en Aguilas trabé contacto con una cosa llamada savasana, la postura del cuerpo muerto. Es una asana básica de relajación. Siempre te dicen que debes pensar en un sitio en el que estés muy a gusto y todo eso. Yo siempre pensaba que estaba en la playa de los Cocedores, en una maravillosa tarde de sol.

 

Un director, Javier Fesser. Una película, Camino. Cuando la niña está en el quirófano, se evade pensando en un momento perfecto, una maravillosa tarde de sol ¿Sabéis dónde? En la playa de los Cocedores. Inmensa casualidad. O no, quién lo sabe.

Que esta playa esté sin urbanizar no me lo explico ni yo. En tiempos lejanísimos ya estaba acosada por los especuladores instalados en el Ayuntamiento. Pero se ha mantenido limpia y pura, aunque hoy, cuando he vuelto después de bastantes años, he encontrado dos chiringuitos enormes que antes no estaban (y que supongo que no estorban).

Escribí mi primer guión de cine con esa playa como decorado, y en esa playa comienza mi tercera novela, LA PIEDRA RESPLANDECIENTE. Filmé en esa playa mi primera serie documental, GENESIS. No dejé un ángulo sin aprovechar. También había filmado hace un montón de años mi primer invento audiovisual, EL VIAJE, sobre el cuento (no sobre la nocela) de La piedra resplandeciente. Esas cuevas excavadas en la arenisca arcillosa eran el refugio de Math, la hechicera.

Hoy he vuelto para filmar lecturas de GILGAMESH Y LA MUERTE. Otro reencuentro con esa playa que otras personas también han escogido para encarnar la armonía.

Aquí tenéis a Beatriz:

GILGAMESH EN LA ISLA DE ONUD

  La Isla de Onud es un lugar a mitad de camino entre el sueño y la vigilia., bastante apropiado para tener un encuentro con los dioses. Para escribir esta novela me ambienté en los mitos y relatos épicos. En particular me interesó mucho el Mabinogion, un compendio medieval de relatos galeses que con claridad son la transcripción de cuentos orales mucho más antiguos.  Los mabinogi abundan en la descripción de viajes a un más allá simbólico. Disfruté mucho leyendo esos relatos en os gloriosos años en los que estaba abriendo los ojos al mito al tiempo que luchaba a brazo partido con la vida real.

GILGAMESH Y EL ZEN

  Ya he dicho que el mito de Gilgamesh contiene valores profundos, pero no he dicho que cada día descubro en él algo nuevo. Muchos conocéis el budismo o el zen y otros habréis leído EL PODER DEL AHORA. Todas esas doctrinas recomiendan un fuerte anclaje en el presente como medio para conseguir la paz espiritual. La prueba de que todas las buenas ideas están  dentro de nosotros es que algo así ya lo dijo el escriba que en la lejana Mesopotamia redactó el mito de Gilgamesh en caracteres cuneiformes. Gilgamesh, obsesionado por el futuro y angustiado por algo malo que le sucederá en ese futuro, se desentiende del presente.

Escuchad los consejos de Siduri, la Tabernera: