KHOL VUELVE A VIVIR

@abogadodelmar

Con 17 años salté a poner un tapón en un partido de baloncesto y al caer noté un dolor muy agudo tras la rodilla derecha. Tardé siete años en encontrar un médico que me supiera decir que me había roto los ligamento cruzados.

Con 25 años accedí a que mi amigo Ismael, a la sazón traumatólogo, me pusiera una calza de escayola para ver si se recuperaba aquella rodilla, y con ello pude hacer el parón imprescindible para lo que quería hacer. Y lo que quería hacer era algo grande y desafiante.

Fue un mes de enero frío, soleado y con el aire quieto. Por la mañana me demoraba en el jardín tomando café mientras leía mitología y después de comer me encerraba en mi habitación con un té de arándanos que había traído mi hermana de la isla británica y escribía a mano.   Había instalado como gran mesa de trabajo una puerta sobre caballetes y de ahí no me sacaba nadie hasta altas horas de la madrugada. A la mañana siguiente me arrastraba de nuevo al jardín con ayuda de la muleta y volvía a leer mitología, y así durante todo aquel mes tan peculiar de mi vida.

Qué desafío para una joven criatura escribir una novela sobre el mito de Gilgamesh, respetando el texto pero imaginando nuevas aventuras para rellenar las muchas líneas perdidas en las tablillas cuneiformes que no hemos llegado a conocer. Gilgamesh y la muerte se llamó aquella obra, en honor a la preocupación principal del héroe atormentado. La acabé en septiembre de aquel mismo año, después de flipar mucho al transportarme a mí mismo a los mundos imaginarios que había creado.

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En el verano del año siguiente mi amigo Lorenzo me llamó a Águilas para mostrarme un hallazgo arqueológico que él creía relacionado con cultos religiosos, y a su vista experimenté la necesidad de escribir nuevas aventuras de Gilgamesh, aquel joven rebelde que había vagado en busca de la inmortalidad.

¿Cómo sería su comportamiento veinte años después de sus primeras aventuras? Allí mezclé todo lo que sabía y sentía en aquel tiempo, en especial la nostalgia por los mundos mágicos que se perdieron al nacer el monoteísmo, pero también la obsesión de algunos personajes que, como Calígula, se creyeron el nuevo dios anunciado por las profecías en vísperas del nacimiento de Jesús. El Príncipe Pálido es esta novela sobre un joven perfecto en belleza, invencible en la guerra y con un destino aciago.

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  Aquellas nuevas aventuras estaban vinculadas a aquel santuario prehistórico y a los demás espacios de Águilas que conocía. Todo lo profano lo transformé en sagrado. Lo que era cotidiano lo volví escenario de una epopeya. El paisaje de los hombres se tornó en mundo de los dioses.

Dos años más tarde escribí sobre el héroe más ingenuo, noble y dulce que podáis imaginar, Idar Dorainn. Imaginé la forma y el momento en el que fue concebido, su nacimiento, crianza y transformación en un guerrero inolvidable. Imaginé el amor que sintió por una mujer de quien la profecía dijo que había de causar dolor y muerte a causa de su belleza y describí cómo mantuvo los ideales en su vida adulta.

Siempre he procurado ver más allá. Iba con mis amigos a la playa de La Carolina,  bordeada de escarpes de arenisca arcillosa muy erosionados,  y veía allí mundos que nunca habían existido. Cada minuto que pasé en aquellas playas fue un tiempo de maduración de la semilla que luego iba a convertirse en La Piedra Resplandeciente.

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Escribí una trilogía muy vinculada a las playas, las cuevas, los promontorios, los cabos y los espacios secretos de esa localidad llamada Águilas sin que sus habitantes, lectores y gobernantes me hicieran el menor caso ni mostraran interés, con excepciones clamorosas que agradezco. No importa: Se trata de un asunto entre el paisaje y yo. Con esto me ha pasado lo mismo que cuando me he dejado el alma por defender como abogado a personas que luego me han apuñalado. He tenido que reconocer que se trataba de un asunto entre el ideal de justicia y yo que ni siquiera tenía que ver con esas personas.

En este día recuerdo a una mujer que leyó la trilogía entera mientras velaba en el hospital a su marido agonizante, al músico que compuso un tema de excepcional belleza inspirado en Gilgamesh y la muerte y en otras personas que han quedado marcadas por la triogía.

KHOL es su título común. La palabra designa a una raza de dragones y quiere simbolizar la evolución,  el cambio continuo y en cierto sentido la iniciación. Hace unos años preparé un documental sobre la obra. Lo podéis ver aquí:

 Después de pasar por las librerías con FUNDAMENTOS sin que el editor se preocupara ni un poco de su destino, por fin la trilogía está disponible para todos en amazon. Para conseguir los libros, podéis pulsar sobre ellos y el vínculo os llevará a la página correspondiente.

Aquí tenéis la página de Facebook:

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Hoy es un día especial en el que compruebo que la diferencia entre las ilusiones que experimentaba aquel lejano mes de enero y las que siente el hombre que soy ahora no existe. Aspiro a compartir con vosotros la inquietud de Gilgamesh, la locura de Ilene el Joven y la nobleza de Idar Dorainn.

Gracias a las ilustraciones y a la maquetación de Beatriz Navarro y al impulso de ciertas lectoras que me animan, KHOL vuelve a vivir.

José Ortega

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OBRAS LITERARIAS DE JOSÉ ORTEGA

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