PEDRO, ERES IMBÉCIL

@abogadodelmar

La otra noche, en el debate, tu subconsciente pudo contigo. No sólo eres un mentiroso compulsivo sino también un chulo de discoteca más bien casposo.

¿No te pudiste contener verdad? Tenias que decirle a Pablo Casado que a ellos se les escapó el rufián de la fregona en la cabeza y que tú, siendo un machote, lo traerías de vuelta.

¿Tú? ¿Quién eres tú? ¿Eres juez, magistrado o fiscal? No, ya sé. Eres el principito volador. Pero no como el de Saint Exupery. Tú vuelas en el Falcon con el dinero de todos y te lo pasas genial.

El presidente del gobierno no puede traer de vuelta a España a ese buen hombre, calabaza. Es una cuestión de la justicia y tú lo menos que podías hacer es guardar las formas y seguir con la farsa de que aquí hay separación de poderes.

Esa metedura de pata ya fue histórica, pero lo que hiciste para tratar de arreglarlo fue aún peor. Con esa chulería tuya de matón de barrio guapito le haces frente al periodista preguntándole ni más ni menos que de quién depende la Fiscalía y añadiendo que del gobierno.

Es que no puedes ser más idiota. Y con esto supongo que ya sabes qué has conseguido: No sólo la justa indignación de la carrera fiscal al completo, sino proporcionar totalmente gratis unos argumentos excelentes para los separatistas en general y (mucho más grave) para los abogados del señor fugado en particular.

Ahora unos y otros pueden decir, bien en rueda de prensa o bien en sede judicial, que en España la justicia no es independiente. Esto ya lo sabemos todos los que nos dedicamos al negocio, pero tu misión y tu obligación es sostener lo contrario y continuar mintiendo y fingiendo, en especial de cara al exterior.

Por eso digo que tu subconsciente pudo contigo. No, no eras capaz de callarte. Tampoco de ser un buen muchacho y limitarte a anunciar que te comprometerías a hacer todo lo que estuviera en tu mano, salvando la (inexistente) separación de poderes para que la justicia española pusiera al hombre ése en un banquillo español. Tenías que ser tú el conseguidor oficial y reclamar para ti todas las medallas ¿verdad?

Pues ya ves la que has armado. Posiblemente la primera consecuencia de esa locuacidad tuya sea que los jueces belgas le hagan una pedorreta a España y manden de vuelta al interesado a su piso de protección oficial de Waterloo. Es decir, justamente lo contrario de lo que anunciaste.

La verdad, eres peor que un dolor de apendicitis en fase aguda. Vete ya y deja de fastidiar.

José Ortega

BREVE CRÓNICA ILUSTRADA (Y EN CIERTO SENTIDO SURREALISTA) DE UN VIAJE A LA ISLA VERDE

@Bogadodelmar

Aquí en Tenerife se expresan así. Yo estoy acostumbrado a pulular por Santa Cruz, que está en la punta de arriba, y a tomar café con mis amigos en El Olimpo.

Cuando uno de ellos se encuentra por la zona de Los Cristianos dice que está en el sur, incluso creo que he llegado a escuchar “estoy pal sur”.

Yo también he estado pal sur

La cosa es que una asociación de empresarios me contrató para dar una conferencia y he de decir que el viaje se convirtió en tal fuente de dificultades que más parecía un programa de cámara oculta o quizá una secuela del Show de Truman.

DIA UNO

LAS MUCHACHAS DE RYAN AIR

Los clientes me metieron en un Ryan Air, por lo que la noche anterior al vuelo cogí un metro y me puse a comprobar las medidas de la maleta. Cumplía casi del todo con sus normas y me animé a usarla. Normalmente viajo con una mochila pero en esta ocasión eran varios días y con necesidad de vestir bien para la conferencia.

La maleta sólo pesaba 12,5 kilos y al probar en el mostrador encajaba en el maletometro de la compañía excepto por los remates que hacen de pies. Llevaba pasaje Premium para subir dos bultos a la cabina sin pagar suplemento pero al pasar el control de embarque una empleada me llamó y me hizo regresar a fin de acreditar mi rectitud moral y mi ciudadanía de bien introduciendo la maleta en el maletómetro, con el resultado de que no terminaba de entrar completamente.

Una vez comprobado que trataba de colarme como un gamberrete que se mete en el cine sin entrada me hicieron pagar 50€ de recargo. Pregunté a la empleada si tenía cambio de 100, pues no llevaba otra cosa. Consultó con la compañera, que respondió afirmativamente.

Pues bien, la conducta que la empleada mostró a continuación fue desconcertante. En vez de limitarse a cobrar se puso a mirar, estudiar y analizar el billete verde desde varios puntos de vista, poniéndolo al trasluz y sometiéndolo todo tipo de comprobaciones visuales para terminar pidiéndome que pagara con tarjeta de crédito.

—¿Crees que es falso? —pregunté.

Negó categóricamente ¿Y qué creéis que añadió? Que no tenían cambio.

Así de claro. Supongo que el par de jovenzuelas atribuladas e inseguras decidió que un desconocido capaz de intentar colar una maleta que excedía 5 milímetros de la medida también podía ser un falsificador de moneda.

ENTRANDO EN EL MUNDO DE ALICIA

Una amable persona me trasladó al hotel donde debía alojarme durante los siguientes cinco días. Pero no era precisamente lo que esperaba y mucho menos lo que necesitaba.

El primer palo mortal fue saber que nada de wifi en la habitación excepto que deseara pagarlo aparte. Considerando que hoy día hasta el BOE está en internet, un abogado no puede trabajar sin acceso a la red ni siquiera desde su propio despacho.

Pero eso era sólo el principio, porque aquel sitio no era un hotel sino un aparthotel, aunque quizá debería decir que se trataba de una suerte de extraña y festiva sucursal de Disney world.

La amable señora me señaló mi departamento en un plano. Se encontraba al otro lado de un inmenso espacio abierto con dos piscinas en torno a las cuales parecía haberse concentrado un porcentaje muy importante de la población del Reino Unido. Si no se hubiera tratado de una legión de ingleses con tatuajes hasta en las pestañas habría dicho que toda la división acorazada Brunete se había concentrado allí para hacer maniobras anfibias. Pero no. Eran familias formadas por súbditos de la Reina Isabel.

Tuve que recorrer arrastrando mi maleta un camino Interminable entre el borde de las piscinas y las tumbonas donde estos señores y señoras colorados como cangrejos al vapor aguardaban con paciencia pero con mucha fe la aparición del cancer de piel. En una ocasión un padre inglés tuvo que interrumpir el lanzamiento de pelota con su hijo inglés para dejar pasar a aquel extraño español tan fuera de lugar, vestido con pantalón largo, americana, zapatos y calcetines.

¿Creéis que me fue fácil encontrar el apartamento? Todo lo contrario. Necesité arrastrar la maleta un poco más, arriba y abajo con un sol abrasador y 30 grados de temperatura y consultar totalmente desesperado y agobiado a dos limpiadoras hasta localizar el ansiado rincón.

No hace falta decir que mi primera providencia en aquel departamento sin wifi fue meterme bajo la ducha. Pero entonces me di cuenta de algo incluso peor que no tener wifi: No tenia tampoco gel ni champú.

Había ido a parar a un departamento con una cocina que no necesitaba, un salón que no necesitaba con un sofá cama que no necesitaba y una televisión que no necesitaba, porque aquel sitio era para familias inglesas que traían su propio champú y su propio gel.

Si el hotel se hubiera encontrado en un entorno urbano, no habría tenido problema en salir a comprar. Pero el disneyworld aquél estaba en el medio de la nada. Me encontraba encerrado en un ghetto superpoblado por ingleses a los que por lo demás podía escuchar desde la ventana anunciando puntos en su idioma con un micrófono mientras jugaban a algo parecido a los bolos.

Lo único que había allí eran dos pastillas de jabón del tamaño de una caja de cerillas pequeña. No tuve más remedio que meterme bajo el agua y frotarme con eso mientras meditaba sobre la posibilidad de que todo aquello fuera una broma.

COMIDA INGLESA CON HORARIO INGLÉS

Como estaba famélico me fui al restaurante. Había que pagar previamente en el bar. Cuando me llegó por fin el turno después de esperar a que ocho británicos con tatuajes hasta los tobillos pidieran sus dosis de ginebra, desde el otro lado de la barra la camarera me dijo “sorry”. Tras explicarle que un servidor es hispano me cobró 15€ y me pidió que me apresurase porque el bufet cerraba a las tres y faltaban diez minutos. Sí, queridos amigos. A la hora a la que como buen español suelo sentarme a la mesa.

Horario del imperio británico, pues. Pero no solo eso. Comida inglesa también. Un pescado quizá algo reseco y unas salchichas de Francfort como maromas de barco es lo que me serví, ya en el límite de tiempo.

Y todo el resto como si fuera comida para astronautas. En higiénicas y asépticas aunque aburridas y poco castizas monodosis. El aceite, la sal, todo.

Llegado el sagrado e insustituible momento de la cerveza, pregunté al encargado cómo se hacía. Me hizo acompañarlo al rincón donde se tiraban las cañas y me sirvió una. Reconozco que por pura necesidad corporal la absorbí como una esponja y cuando necesité recarga me quedé mirando el dispositivo en busca de una palanca o llave que no existía. Toqué sin encontrar respuesta varias partes del cacharro y terminé pidiendo auxilio al simpático y bien dispuesto encargado, quien me reveló el secreto. Debía haberlo visto yo mismo la primera vez, pero me encontraba aturdido y moderadamente cabreado por verme de inesperadamente y contra mi voluntad en medio del Reino Unido.

El secreto consistía en empujar la base del vaso (perdón por la inevitable cacofonía) contra el pitorro. Entonces manaba, alegre y espumosa, la rubia cerveza.

PRIMER CAMBIO DE HOTEL

Tras comunicar a los clientes las circunstancias que anteceden se dispuso un traslado a otro hotel, éste situado en el entorno urbano, lo que me permitió salir a tomar café con mi amiga Miriam, a la que hasta ese momento sólo conocía del Facebook.Se formó un corazón en mi taza, dicho sea de paso. Pero esto nada tiene de indirecta y mucho de simple azar cafetero.

Después regresé dando un paseo. Este otro hotel también estaba tomado por el imperio británico, pero con clientes menos ruidosos, bastante más distinguidos y aparentemente libres de tatuajes, lo que era congruente con su edad media, entre 65 y 85 años aproximadamente.

PERDIDOS EN LA NOCHE

Sobre las nueve me recogió el cliente para trasladarme junto con el secretario de la asociación a otra localidad donde debíamos reunirnos con el periodista responsable de la organización del acto del día siguiente.

Todo fue bien, aunque debo informar de que cuando regresábamos, ya sin luz en el cielo, el coche (me refiero a un coche de alta gama) decidió pararse por las buenas y nos quedamos los tres tirados en la oscuridad.

Un servidor tuvo que ser evacuado por un trabajador de la empresa del cliente.

DIA DOS

NUEVOS ENIGMAS

Por la mañana me enfrenté a un misterio inquietantemente parecido al del dispensador de cerveza, con la ligera diferencia de que esta vez se trataba del ultramoderno dispensador de la ducha, empeñado en sacar agua únicamente por el grifo de la bañera. Después de una rigurosa inspección visual seguida de un completo toqueteo de diversos botones, no conseguí nada, lo que me obligó a tumbarme de forma francamente Idiota bajo el chorro, si bien es cierto que poco después, en lo que me pareció una burla intencionada, cayeron de la ducha unas cuantas gotas dispersas.

Quizá debería sumar al capítulo de enigmas el de un libro que alguien dejó, quizá intencionadamente, sobre una mesita en mi planta y junto al ascensor.

ROMPIENDO LAS REGLAS

Tras la conferencia y la mesa redonda, estaba convencido de que habría una comida pero no fue así. En consecuencia me pasé por el restaurante de la piscina y al primer camarero que se me acercó ya se le veía en la cara el pronto de dirigirse a mí en inglés, por lo que me adelanté advirtiéndole que podíamos conversar en la lengua de Cervantes (expresión literal).

La contemplación de la carta me causó una profunda desolación porque allí no había más que hamburguesa, hamburguesa doble, hamburguesa con queso, sándwich mixto y varios tipos de pasta. Y confieso que me sentí rehén del burro de Boris Johnson dentro de mi propio país, obligado a tragar comida inglesa plastificada y procesada lo quisiera o no.

En mi trabajo profesional suelo seguir la costumbre de negar la mayor y discutir las reglas que quieren imponerme. Pues bien, se me iluminó la bombilla y consulté la posibilidad de derribar las reglas en cuestión y pasarles por encima como si estuviera a los mandos de una apisonadora virtual mediante el procedimiento de pedir dos huevos fritos con patatas.

Y así fue. No veas lo a gusto que me quedé. Creo que me alimentó el doble porque no sólo era una comida: Era una victoria.

Y mucho ojo: Con un salero de verdad. Nada de monodosis para astronautas.

DIA TRES

SEGUNDO CAMBIO DE HOTEL

Al día siguiente, y como si fuera uno de esos autores que escriben libros prácticos de viajes informando sobre la calidad de los servicios, tuve el gusto de trasladarme a un tercer hotel, más bien un nuevo aparthotel. Su peculiaridad consistía en que para llegar al bufet era inexcusable cruzar por una maraña de pasillos, rampas, escaleras y piscinas a rebosar de ingleses con las abultadas panzas al sol, lo que transformaba el trayecto en una aventura incierta, al menos para un novicio como yo, porque el resto de los clientes parecían manejarse de maravilla.

Llegué al ansiado sitio sobre las dos y media y por supuesto que el horario era británico y a las tres debía estar fuera. Tras hincharme de ensalada vivi una situación desagradable, porque en las tripas inglesas del laberinto no era capaz de encontrar el camino de vuelta a mi habitación. Pasé dos veces junto a un usuario muy parecido al buen Enrique VIII en bañador, que desde la tumbona exhibía muy complacido sus bolas de grasa dispersas.

Si no llega a ayudarme el socorrista de la piscina me habría quedado indefinidamente llorando en un rincón.

AMIGOS DEL ALMA

Por la tarde noche tuvieron la amabilidad de venir a buscarme para ir a Bajo la Cuesta, donde experimenté un regreso al pasado muy agradable y pude sentir de nuevo el afecto de los clientes/amigos/familia por los que tanto he peleado para que sus viviendas sigan en pie.

Una cena para cuatro por allí, en la penumbrosa ladera, que pagó Antonio como siempre. Se levantó diciendo que iba al baño y yo sabía que iba de cabeza a la caja.

A las doce de la noche emprendimos el camino pal sur, donde aquella víspera de los difuntos mostraba bastante jolgorio en calles y en terrazas.

DIA CUATRO

REBELION FALLIDA

Reconozco que siento aversión al bufet del desayuno de los hoteles. No aguanto la dispersión de señores y señoras capturando salchichas, pastelillos o lo que sea y mucho menos enfrentarme con la estúpida máquina del café, apretando sus botones en silencio sin que te dé los buenos días o te dedique una sonrisa.

Muchísimas veces, estando alojado en Madrid y teniendo pagado el desayuno en el hotel, he escapado al bar de enfrente para recibir los buenos días de un camarero con dos ojos, dos orejas, una boca y todo eso, y pedirle un reconfortante desayuno de café y tostada o quizá churros. Temo que soy un poco de pueblo, como ha quedado demostrado por mis huevos fritos.

Pero en esta ocasión mi problema no sólo era la aversión al bufet, sino especialmente a la desagradable jungla de rampas, pasillos, escaleras, piscinas y tumbonas a rebosar de ingleses que estaba obligado a recorrer para llegar a él. Así que, creyéndome muy listo, escapé a la búsqueda del bar de la esquina.

Pero no. Cierto que España es el pais del mundo con más bares por metro lineal de calle, pero cierto también que Los Cristianos es el rincón de España con más hoteles por metro lineal de calle. Y la dura consecuencia es que me agoté caminando sin llegar a ver un solo bar, aunque hoteles puedo garantizar que los había a docenas. Prácticamente uno al lado del otro.

Así pues, no tuve más remedio que resignarme y volver a la jungla. Pero se había pasado la hora del desayuno. El encargado del bufet me informó de que debía acudir al bar de la piscina y solicitar lo que llamó un desayuno tardío.

Debo ser medio tonto porque a pesar de haber pasado la juventud en los boy scouts y haber ganado después varios premios en concursos de marcha nocturna y orientación, no era capaz de encontrar el sitio al que me habían enviado.

Cuando al fin lo conseguí consulté mi problema con el camarero y le pedí café con leche y tostadas. Su respuesta fue que podía servirme en todo caso el ya repetitivo desayuno tardío. Al parecer incluía huevos fritos y bacon pero yo me quedé sólo con el ansiado café con tostadas, a lo que el señor añadió un zumo de mango.

Me senté en una mesa frente a la piscina escuchando grandes éxitos anticuados y al poco apareció un grupo de seis muchachos y muchachas de unos quince años. Rubios pero curiosamente españoles. Los tenía justo delante, así que no tuve más remedio que presenciar su minuto de oro.

Comprendo que no entendáis a qué me refiero con eso. El minuto de oro de esos chicos llegó cuando cada uno de los seis sacó simultáneamente su teléfono móvil y se puso a consultarlo ignorando a los demás. Fue breve pero intenso, casi sublime.

HACIENDO UN POCO EL VAGO

Tuve no el gusto sino el gustazo de evitar el bufet también para la comida. Había quedado con el presidente en el chiringuito para tomar una cerve a las doce, pero el breve encuentro se transformó en una especie de branch de cinco horas y media con una cerveza tras otra y un plato de comida para compartir tras otro.

El chiringuito es propiedad del cliente, lo mismo que el hotel. Confieso que la cama balinesa que me ofreció la dejé correr porque a las cinco y media de la tarde ya estaba algo fatigadillo y me fui a la habitación. No quería que se me hiciera tarde porque el madrugón del día siguiente iba a ser de los que hacen historia.

Por la noche tenía reservada mesa en un restaurante que forma parte del hotel pero por suerte tiene entrada independiente por otra calle. Esto es algo que agradecí mucho porque el restaurante está justo en el extremo opuesto de mi habitación y aún más lejos que el bufet y no me consideraba capacitado para orientarme en el laberinto y en medio de la oscuridad.

El señor presidente me había dado instrucciones para que pidiera al maitre un cherne con setas, y yo obedecí muy sumiso.

La calle peatonal era muy agradable. Tenía restaurantes a derecha e izquierda y me recordaba vagamente algo que había visto tiempo atrás en una isla del Mar del Norte.

Todo resultó muy bien. A las nueve ya estaba durmiendo como un bendito del Señor con montones de imágenes de todos esos días bullendo en mi cabeza.

DIA CINCO

El despertador a las tres y media. A las cuatro menos cinco el conductor encargado por el cliente de llevarme al aeropuerto ya estaba en recepción a pesar de que la cita era a las cuatro y diez.

No más problemas con el equipaje. Todo fue como una seda.

DE MENOS A MÁS

El tono de este viaje guarda cierto parecido con el trayecto de la selección española en el mundial de Sudáfrica. Empezó perdiendo con Suiza (vi ese triste partido en Bajo la Cuesta, en casa de Sergio) y terminó siendo campeona.

Yo también fui de menos a mal, desde la situación surrealista del primer hotel, pasando por el arreglo de los huevos fritos y terminando realmente bien, en un ambiente bonito y sintiéndome apreciado y bien tratado.

Con toda intención no he puesto aquí los nombres de los hoteles ni he revelado la identidad de los clientes. Tampoco he querido cargar ninguna foto en la que se ven conmigo. Es porque no sé si les gustaría verse así expuestos y prefiero no meter la pata.

En todo caso, agradezco extraordinariamente todas sus atenciones y detalles.

José Ortega