¿POR QUÉ LEER GILGAMESH Y LA MUERTE?

@abogadodelmar

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1. Porque es la recreación del poema de Gilgamesh, escrito en Mesopotamia.

2. Porque el mito de Gilgamesh es la obra literaria más antigua de la Humanidad.

3. Porque contiene los famosos precedentes anteriores a la Biblia que hacen referencia al diluvio universal y a un patriarca que se salvó subiendo a bordo de una nave parejas de todos los animales.

4. Porque plantea la inquietud de un hombre joven (Gilgamesh, el rey de Uruk) ante la muerte y relata su largo viaje en busca de la inmortalidad.

5. Porque se trata de una rara excepción en el contexto de la literatura de Mesopotamia al plantear dudas existenciales inauditas para la época.

6. Porque el asiriologo Giovanni Petinato aseguró en 2000 haber traducido una tablilla según la cual Gilgamesh se suicidó tras su regreso a la ciudad de Uruk.

7. Porque una misión arqueológica alemana informó a la BBC en abril de 2003, durante la invasión de Irak, de haber encontrado la tumba de Gilgamesh, a quien se consideraba un personaje de ficción.

8. Porque la novela completa las lagunas del texto cuneiforme y mejora su triste y decepcionante final.

9. Porque el argumento de la novela expone un viaje interior hasta los pozos profundos de la personalidad del héroe.

10. Porque, debido a sus contenidos y enseñanzas, un psicólogo ha estado recetando la lectura de esta novela como terapia para al menos un paciente.

11. Porque tanto el texto mesopotamico como la novela constituyen un canto a la amistad.

12. Porque la novela lleva dentro el cuento de la piedra resplandeciente, que especula con la felicidad como un sentimiento interior desconexionado del entorno.

13. Porque esta novela es el inicio de mi tributo a la incomparable ciudad de Aguilas a través de mi trilogía KHOL.

14. Porque la trilogía KHOL, por su vinculación con Aguilas, fue incluida en e volumen RUTAS LITERARIAS POR MURCIA junto con obras de Goytisolo y Vázquez Montalban.

15. Porque tú también vas a morir un día.

16. Porque el autor de esta novela es ese buen escritor, excelente ciudadano y mejor persona que soy yo 😁.

KHOL (MITO & REALIDAD)

La ciudad de Aguilas, la trilogía y yo

ALGUNOS ARCHIVOS DE GRABACIÓN DE EL VIAJE, PELÍCULA ARTESANAL BASADA EN EL CUENTO DE LA PIEDRA RESPLANDECIENTE Y RODADA EN AGUILAS HACE AÑOS CON UNA AYUDA ECONÓMICA DEL AYUNTAMIENTO. FUE MI PRIMER TRABAJO AUDIOVISUAL DE LOS MUCHOS QUE VINIERON LUEGO.

EL FAMOSO PINTOR MANOLO CORONADO FUE TAN AMABLE DE HACER UN CAMEO ENCARNANDO AL POSEEDOR DE LA PIEDRA RESPLANDECIENTE.

INTERIOR NATURAL EN LA TORRE DE COPE (ABAJO).

LOCALIZACIONES EN ISLA NEGRA Y LOS COCEDORES.

Feliz lectura 🤓

ANA MARIA MUÑOZ. IN MEMORIAM

ANA MARIA MUÑOZ. IN MEMORIAM

@abogadodelmar

—No tienes madera de arqueólogo.

Me lo dijo tan tranquila y desde luego sin pretensión de ofender. Simplemente estaba recurriendo a una descripción de la realidad lo mismo que habría descrito una punta de flecha auriñaciense  y por tanto la observación  carecía de todo sesgo.

Yo tenía 17 años y estábamos excavando un poblado íbero romano en Baena bajo un sol más bien implacable. Nos levantábamos a las cinco y aún era noche cuando dejábamos los vehículos e iniciábamos el camino monte a través por las laderas peladas.

Éramos catorce  personas en aquella gran cuadrícula rectangular. Diez estudiantes y tres  profesores aparte de ella, la directora de La excavación. Su nombre era Ana María Muñoz Amilibia, pero debido a la enorme autoridad de que estaba investida, todos la llamábamos, reverencialmente, la jefa.

Salíamos de aquel infierno a las tres y después de comer y de algo de descanso tocaba ir a una especie de patio enorme donde pasábamos la tarde lavando la poca cerámica que se podía rescatar de aquel yacimiento no precisamente generoso.

Durante el corto paseo hasta aquel lugar, el sol de Córdoba nos achicharraba de lo lindo. Todo resultaba inhóspito y difícil y personalmente supongo que se me notaba. Por eso la jefa había hecho aquella apreciación en realidad tan certera. Lo único que hacía entre las seis de la mañana y las tres de la tarde era darle al pico como un albañil y poco más.

Fue aquel aburrimiento lo que me impulsó a la  broma. Entre nosotros había un estudiante llamado Antonio (el nombre supuesto) que se distinguía por sacar pecho con la jefa siempre que podía. Y además tenía buena vista y suerte. Varias veces encontró en aquella escombrera estéril y desagradecida una cuenta de collar, y cada una de las veces había acudido a la jefa con el pequeño objeto en la mano diciendo en voz muy alta: “Mire, Doña Ana María, lo que he encontrado”.

Resolví que ya era hora de que Antonio pasara a competir en las ligas superiores y encontrase algo más valioso para llevárselo a la jefa. Una moneda, por ejemplo. Y para facilitarle la tarea, aquella tarde en el patio de lavar cerámica me saqué del bolsillo una peseta y le di unos buenos martillazos. Después desprendí de una tubería algo  de verdoso oxido de cobre y se lo pegué con superglue. A la mañana siguiente me tocó buscar objetos formando pareja con Sntonio. Esto es algo que normalmente se hace descargando las esportillas de tierra procedentes de la excavación en una criba. De  esta forma se pueden rescatar  hasta las piezas más pequeñas. En aquella excavación, sin embargo, no se hacía así. La tierra se volcaba en una carretilla y era revisada utilizando triángulos de enrasar.

Llegado el momento, durante un descuido de Antonio, dejé caer en la carrerilla la moneda falsa. Estaba seguro de que su vista de lince la iba a detectar en seguida pero me equivocaba. Entonces comencé a empujarla  con el triángulo pero ni así la veía. Por fin no tuve más remedio que decirle: ¿”Qué es eso? Parece una moneda”. 

 Sólo entonces la vio, pero mi plan había empezado  a torcerse. Cuando por fin conseguí que la tomara en sus manos, anuncié a voz en grito: “¡Antonio ha encontrado una moneda!”. 

¿Qué creéis que hizo? Me corrigió de una forma muy honesta aunque no era eso lo que yo necesitaba. Dijo: “ No, no… ha sido Pepe el que la ha encontrado”, amenazando de esta forma en transformarme, si no en el cazador cazado sí al menos en el bromista embromado.

 Como en aquel puñado de tierra no aparecían más que fragmentos muy estropeados de cerámica basta de cocina (no precisamente terra sigilata, ni siquiera campaniense), la noticia congregó a todo el personal en el centro de la cuadrícula. De acercó en primer lugar el profesor Luis )nombre supuesto), quien, tomando la moneda, la examinó  y a pesar de los años transcurridos aún recuerdo su voz como si fuera ahora.

—¿Sabes qué te digo? Que es de oro —proclamó con gran autoridad.

La mayoría de las monedas que aparecen en las vilas romanas son de cobre. Eso ya habría sido muy bueno. Pero no. Ésta era  de oro. Normal, pues se trataba de una rubia.

Inmediatamente apareció la jefa y, tras examinar aquella maravilla de maravillas, dijo:

—Luis esto es una peseta.

La anécdota fue muy celebrada y en su memoria dibujé un comic al que por desgracia le he perdido la pista.

Cierto, no tenía madera de arqueólogo. Y me aburría. Recuerdo que una vez estaba la profesora Elena Conde en el departamento de arqueología. Después de examinar unas cuantas pequeñas piezas de cerámica dijo:

—Son verdaderamente estéticas.

Y a mí me pareció que todo aquello no iba conmigo porque le faltaba el alma. La arqueología trata con objetos casi como lo hacen las ciencias experimentales. Objetos vacíos y sin alma, por supuesto. Por eso escribí La Piedra Resplandeciente, una novela épica sobre la Edad del Bronce en Aguilas, y me inventé al héroe local Idar Dorainn, un esbozo de idioma, un cuadro de creencias y una historia mitológica sobre el descubrimiento de la aleación de cobre con estaño. La jefa la leyó y le gustó lo suficiente como para anunciarme que pensaba incluirla entre las lecturas recomendadas a sus alumnos de la UNED

A ella le debo por entero la existencia de la penúltima novela que he escrito, Nafuria (el origen de Dios), una puesta en escena de la teoría de Freud con arreglo a la cual lo que relata el libro del Exodo es lo que sucedió en Egipto después de que la reforma religiosa de Akenaton se viniera abajo.  Tuve la inmensa suerte de escuchar esto de sus labios en la asignatura Arqueología de Oriente y Grecia, en cuarto de carrera, cuando se refirió al librito de Freud Moisés y la religión monoteísta.

También había querido regalarle esta novela, pero había pasado mucho tiempo desde que allá por el 2002 había contactado con ella para grabarle la en vídeo una entrevista. Me dijo entonces mi compañero José Miguel García Cano que la jefa padecía Alzehimer y hace pocas fechas me he enterado de su muerte.

Ana María Muñoz fue una mujer prestigiosa, admirable y justamente admirada. Cuando estaba (yo)  en primero alguien me dijo que ya entonces era una autoridad europea en neolítico, y aún la  recuerdo hablar de la Troya 7A, del nivel natufiense del tell de Jericó, de su datación en un 8000 a JC, de las torres macizas de la ciudad fortificada  y de la rivalidad entre dos arqueólogos ingleses por encontrar los primeros indicios de la aparición del neolítico. Uno buscaba el primer hueso de animal domesticado y la otra la primera semilla cultivada. Siento recordar sólo el nombre de Miss Kenyon.

Tan claro conservaba en mi memoria todo lo que escuché con 17 años de Ana María Muñoz que cuando escribí Los cinco guiones de Génesis, mi serie documental de prehistoria para TV, no necesité consultar un solo manual. La suficiencia y seguridad con  la que los escribí resultó casi insolente.

Fuimos catorce los inocentes muchachos y muchachas que tuvimos el privilegio de integrar la primera promoción de Arqueología de la Universidad de Murcia. En realidad la arqueología en Murcia la modeló ella. Puede decirse que se la sacó de la manga y que hizo lo que sólo está al alcance de los grandes, como es formar una escuela.

Y  hablando de semillas, con esto Ana Maria Muñoz había sembrado catorce. Uno siembra y no sabe si va a crecer algo y lo que va a crecer. En mi caso, la fue un aprendiz de escritor sin madera de arqueólogo pero interesado por los hechos espirituales y atrapado por la historia el pensamiento.

Mi agradecimiento no tiene límites.

josé Ortega