LA TRANQUILA SONRISA DEL ESPÍA

@abogadodelmar

En los dos últimos meses España parece haberse convertido en el paraíso del periodismo de investigación a golpe de máster comprados, tesis doctorales plagiadas y otros eventos francamente divertidos para cualquiera que nada tenga que ver con el tema.

El otro día me reenviaron una foto de un Franco joven y sonriente que decía, irónico, “Pedrito, ya han salido dos ministros antes que yo”. Eso fue después de la dimisión de Montón, pero más recientemente hemos sabido lo de la tesis doctoral del Presidente y la cosa acaba de ponerse tibia hoy con motivo de las grabaciones a la ministra de justicia y el ex comisario Villarejo. He oído a la muchacha dando explicaciones y se le notaba bajo shock

Yo francamente no soy ni adivino ni profeta pero a veces, sin ninguna intervención sobrenatural, consigo ver un poco más allá (con perdón). Es algo que suele pasarme en mi profesión.

He dicho a menudo que creer que en España hay democracia real es como creer en los reyes magos. Pues bien, dejándome llevar cómodamente por la inercia del símil, me permito declarar ahora que creer que todo lo que con tan sospechosa insistencia está saliendo del gobierno se lo debemos al periodismo de investigación, es lo mismo que creer en Papá Noel.

Veamos: La labor de nuestro Presidente creo que está alarmando, preocupando y desmoralizando a muchos ciudadanos entre los que tengo el alto honor de contarme.

Con inmenso respeto a quienes opinan distinto, a mi parecer nuestro Presidente es lo peor que le ha pasado a España en décadas. Perdonad que no pierda el áureo tiempo ni os haga perder el vuestro acumulando aquí un montoncito de razones, argumentos, protestas y lamentos. Lo que está haciendo es visible para todos.

Pues bien, de entre todos los que pensamos que nuestro Presidente es más dañino que las siete plagas de Egipto, no todos vestimos de paisano. Los que cada mañana se ponen un uniforme militar forman parte de un gremio cuya misión constitucional es garantizar la unidad de España. Y casualmente algunos de ellos (que por cierto acuden a su trabajo de paisano), sirven a España desde el CNI. Se trata de funcionarios públicos cuyo trabajo consiste en conocer todos los secretos de todo el mundo. Son tan cabrones y tienen tanto morro que un día el Presidente Suarez visitó el entonces llamado CESID y le grabaron toda la conversación.

Estos militares-espías saben bien que pasó la época de los espadones, y que después del fracaso del último intento de golpe militar en mayo de 1986 (sí sí, no pongáis esa cara), no se comerían una rosca.

Pero hay algo que sí pueden hacer: Pueden programar la demolición controlada del gobierno de Sánchez sin necesidad de ir por ahí con un pistolón en la mano gritando todo el mundo al suelo.

Lo que deben hacer es simple: Continuar con su trabajo y sus rutinas y seguir espiando, investigando, grabando conversaciones y obteniendo información sobre los enemigos de España. Que en este caso los enemigos de España no sean ni la ETA, que en paz descanse, ni los radicales islámicos sino la banda de forajidos que ha tomado por sorpresa la Moncloa y está poniendo en peligro la unidad territorial de nuestro país, no es algo que cambie mucho las cosas ¿Ilegal? Ciertamente. Al fin y al cabo la quintaesencia del servicio de inteligencia militar son las misiones clandestinas.

El espía sonríe tranquilo, sereno y completamente seguro de estar siguiendo con mucho acierto la vieja consigna árabe: Siéntate a la puerta de tu casa a esperar a que pase el cadáver de tu enemigo.

José Ortega

¿QUÉ PASA EN LA UNIVERSIDAD?

@ abogadodelmar

A vista de la mala imagen de los políticos en general, imagino que para el público puede resultar creíble tanto y tan escandaloso trato de favor en favor de todos esos listos y listas que recibieron títulos académicos sólo porque sus personas habían alcanzado alguna relevancia en ese ámbito de la política.

Yo, que más o menos conozco el funcionamiento de la Universidad, quisiera hacer una aportación personal y es la siguiente: España entró oficialmente en democracia en 1977 y la democracia se supone que fue permeando todos y cada uno de los ámbitos institucionales. Incluso las Fuerzas Armadas, tras lo del 23-F, fueron despojadas mediante la ley de reserva activa de sus elementos más proclives al ruido de sables.

Pero, queridos amigos míos, quedó un reducto para la dictadura, la arbitrariedad y el capricho. Ese reducto era (e imagino que sigue siendo) la Universidad. No hay poder más autoritario y más intratable, ni más intocable, ni más omnímodo, ni más inaceptable que el de un catedrático en su departamento. Hasta donde sé, o hasta donde conocí en mi época de estudiante, llevarle la contraria a un catedrático con motivo de decisiones adoptadas en su reino, por burras que sean, no solo es perder el tiempo, sino una pérdida de tiempo peligrosa.

Y aquí mi ejemplo. Nunca creí que iba a tener ocasión de contar esto en público pero la vida está llena de sorpresas.

Yo, por razones que no importan, estudié al mismo tiempo Historia y Derecho. En mayo y junio se me juntaban los exámenes finales de una cosa y la otra y lo pasaba fatal.

Tras un inicio brillante, y conforme avanzaba cursos, comencé a acusar la fatiga y a bajar el rendimiento, tal como si estuviera corriendo la maratón. Entonces comencé a pasar de curso con alguna que otra asignatura pendiente.

La facultad de Derecho de la Universidad de Murcia está instalada en un bello claustro medieval muy apropiado para las rancias materias que se enseñan en sus aulas. Recuerdo bien lo que me pasó cuando estaba en cuarto y se aproximaban los exámenes finales. En la primera planta del claustro, desde la cual se veía el pozo sin agua del centro del patio, había un tablón de anuncios, y en el tablón una nota del Decanato informando, para los que teníamos como yo alguna pendiente, de la incompatibilidad de los civiles, expresión que nada tiene que ver con dos miembros de la Benemérita que se llevan mal, sino con los distintos cursos de derecho civil, a saber: Fundamentos de Derecho Civil ( Segundo curso), Obligaciones y contratos (tercer curso), Derecho inmobiliario registral (cuarto curso) y Derecho de familia (quinto curso).

Lo que decía el papel es que el civil parte general (fundamentos del derecho civil) era incompatible con todos los demás y eso era todo. Significaba que uno no se podía examinar de obligaciones y contratos, inmobiliario registral ni familia mientras no tuviera aprobado civil parte general (lo que tiene sentido) pero sí por ejemplo, como era mi caso, de inmobiliario cuando tenía sin aprobar contratos.

Introduzco aquí una breve cuña para informar de que, contrariamente a lo que cree la mayoría, especialmente desde el 15M, la ley hipotecaria, a pesar de su nombre, no es la que regula los préstamos hipotecarios, sino la que se ocupa del registro de la propiedad. Es la ley básica de la asignatura de Derecho inmobiliario registral.

Muy bien. Yo había estudiado como un animal (y no precisamente con mucho gusto, porque la materia es realmente fea) el final de inmobiliario registral y faltaban cuatro días para el examen. Entonces comenzaron a correr rumores de que no había posibilidad de presentarse si estaba pendiente obligaciones y contratos. A mi , me dio por no creerlo. Primero porque el inmobiliario me salía por las orejas y me había costado horrores embutirlo en mi limitado cerebro, y segundo porque confiaba en la nota del Decanato.

Entonces fui a hablar con el catedrático que me tenía que examinar. Era un individuo alto y delgado, de Valencia, llamado Montés. Después de escuchar mi caso, incluyendo las alegaciones relativas a lo dispuesto por el Decanato, no hizo el menor esfuerzo por razonar o convencerme. Se limitó a dejar que de su boca escapara, con ostentosa indiferencia, una frase que nunca olvidaré:

Los civiles son todos incompatibles”.

Simple, claro, rotundo y también terrible, porque para mí significaba que todo mi esfuerzo de los últimos meses, todo el sacrificio, toda la falta de sueño, todas las privaciones y todas las renuncias, no iban a servirme de casi nada. No digo de nada porque lo estudiado podría aprovecharlo para la futura convocatoria a la que Montés me permitiera presentarme una vez superando obligaciones y contratos,

El contratiempo sólo puede entenderlo quien se haya visto sometido a la tensión de preparar un examen. Todo está listo para volcar los conocimientos un día a una hora, y no poder hacerlo es como estar en medio de un paisaje nublado cuyas nubes grises se niegan a convertirse en lluvia. Algo así es la tensión contenida que no se puede soltar.

Una vez, mucho tiempo después, asistí a la retransmisión de una carrera de campo a través. Como es habitual, cuatro o cinco keniatas, flacos como juncos y ágiles como gacelas, iban todo el tiempo en cabeza pero finalmente la palmaron al sufrir un despiste consistente en que la carrera comprendía una o dos vueltas al circuito más de las que ellos creían. Algo así pasa con un examen: Se prepara durante semanas para vomitar la materia un día concreto a una hora concreta. Si los keniatas hubieran sabido cuántas vueltas tenían que dar al circuito, se habrían dosificado y , habrían ganado. Si yo hubiera sabido que Montés no iba a dejarme concurrir al examen de junio, también me habría dosificado, habría medido mis tiempos y habría ganado mi carrera.

Me sentí extraordinariamente humillado por la desfachatez de aquel sujeto, que no solamente imponía una prohibición que en sí no era razonable, sino que lo hacía en contra de la superior autoridad del Decano y se quedaba tan tranquilo.

Y el caso es que aquélla no era la Facultad de Veterinaria o Ciencias, donde los catedráticos se supone que pueden atribuir a la ignorancia su falta de respeto a las normas: Era la facultad de Derecho, donde se enseñaba y se supone que debía profesarse ese respeto.

Confieso que la única forma que encontré de enjugar mis lagrimas e interponer una barricada emocional m, fue irme al piso de estudiantes, agarrar la máquina de escribir y redactar un cuento llamado “el estudiante cabreado” que se resume a narrar cómo un estudiante silencioso rocía a un catedrático con gasolina para a continuación hacer glorioso uso de una cerilla.

Eso es lo que pasaba entonces, en los tiempos en los que en España había decencia y honor. Desde aquellos momentos la degradación moral de los políticos se ha llevado a paseo la integridad de la sociedad y la nobleza de los valores rectores de la civilización de la misma forma que las lluvias torrenciales se llevan al mar la tierra de las montañas sin bosques.

Por eso no me sorprenden las noticias del telediario.

José Ortega

MESA PARA DOS

@abogadodelmar

El restaurante está a rebosar de comensales ruidosos. Yo creía que un establecimiento de la playa como ése podría haber cerrado después de hacer el agosto en agosto, como quien dice. Pero no es así. Más bien todo lo contrario.

Me aproximo a la barra y pregunto a quien me encuentro al otro lado si tiene una mesa para dos. Como es habitual en estos casos me pregunta si tengo reserva y ante la respuesta me dice que nanai y yo me dispongo a una retirada estratégica.

Pero acierta a pasar por allí el propietario y acercándose a mi, me abraza afectuosamente y yo a él. Le cuento mi pena, pone cara pensativa, echa un vistazo al atestado salón y al momento me señala la mesa que podemos ocupar.

Al sentarme dirijo una mirada al camarero de más allá de la barra como diciendo otra vez será. Poco después, al pagar la cuenta, me encuentro con un sustancioso descuento .

Claro que todo esto tiene una explicación. Cuando establecí contacto por primera vez con esta familia, tenían orden de derribo del restaurante. La resolución era firme y realmente, con arreglo a los protocolos ordinarios de la práctica del Derecho no había nada que hacer. Esto era justamente lo que les había dicho su abogado, que debía ser un hombre cabal y no un insensato como yo.

Como los asuntos imposibles me estimulan, acepté el encargo de salvar el restaurante y vamos a decir que tuve suerte, por explicarlo de forma que no suene presuntuosa. El caso es que la familia pasó de no tener más perspectiva que las lagrimas, la humillación y el paro (o si acaso malvivir cogiendo naranjas como jornaleros), a dirigir un negocio que funciona creo que bastante mejor que bien porque cada vez que se me ocurre asomar por aquí la nariz encuentro el local a rebosar, y cada vez veo más caras nuevas entre los camareros porque la plantilla crece sin parar.

Yo, queridos amigos, estoy acostumbrado a ser acosado y traicionado, y perfectamente adaptado al desagradecimiento. La pasada primavera, en concreto, he sido objeto de una traición a mi juicio particularmente mezquina y muy dolorosa por parte de quienes creía que eran como de mi misma familia y yo de la suya. He sido abandonado a mi suerte y he recibido puñaladas de personas en las que tenía confianza ciega.

Mientras comía en aquella mesa para dos, me venía a la memoria alguien que llegó a decir por cámara en el rodaje de un documental, bastante emocionado, “yo sé bien que si no fuera por José Ortega mi casa hace tiempo que estaría en el suelo” (casa que aún sigue en pie, dicho sea de paso).

El dueño de este establecimiento está en una situación idéntica . También él puede decir “si no fuera por José Ortega sé bien que hace tiempo que mi restaurante estaría en el suelo”. Pero su pago no es la traición, sino el agradecimiento, la amistad y el afecto

Comprendéis entonces la sencilla sensación de plenitud en la que experimenté al sentarme a aquella mesa.

José Ortega