MI VIDA CON JOSÉ ANTONIO VALDIVIA

@abogadodelmar

Tú dijiste:
– ¿Cuál es la señal del camino, oh derviche?
– Escucha lo que te digo
y, cuando lo oigas, ¡medita!
Ésta es para ti la señal:
la de que, aunque avances,
verás aumentar tu sufrimiento.

FARIDUDDIN ATTAR

En la Escuela Naval Militar la revista de policía para salir a la calle era un coñazo. Unos chavales mucho más jóvenes que nosotros, que aún estaban completando su formación, nos inspeccionaban de forma inquisitiva y señalaban cualquier defecto menor como un problema invalidante que nos impedía salir a Pontevedra el fin de semana.

Una vez me echaron para atrás porque mis botas supuestamente no tenían suficiente brillo. Se suponía que debía haber esperado una hora hasta el siguiente turno de revista,  y entonces haberme puesto por segunda vez en formación para un nuevo repaso de los muchachos imberbes. El que nos revisaba era un pollo joven pero con peor leche que un guardia civil jubilado con inflamación de próstata,  y preferí quedarme en casa a escribir y leer. Total, un paseo por la ciudad helada y lluviosa en una tarde invernal de sábado no era precisamente la juerga del siglo. Creo que ahí fue donde mi amistad con José Antonio Valdivia comenzó a echar raíces .

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José Ortega a en la sala de estudio de la ENM

A Valdivia las saliditas tampoco lo volvían precisamente loco y los dos nos quedábamos en la Escuela todo el fin de semana, muy convencidos, aparte de secos y calientes (en el buen sentido). Los domingos nos metíamos en el gimnasio por la mañana. Sobre la una leíamos la prensa en el casino de alumnos y por la tarde, después de ponernos como el Kiko con la comida dominical, nos cascábamos en el cine un buen programa doble.

Todo sucedió ya cerca de la Semana Santa, cuando nuestra estancia en la Escuela tocaba a su fin. Al salir del cine. vimos mucho desconcierto y una actividad frenética en la explanada. Varios remolcadores se estaban haciendo a la mar y todo el mundo corría alterado de aquí para allá . Lo que había pasado era que un alumno había caído al mar desde un velero de instrucción y no aparecía. En realidad, el cuerpo de Paco Casado no fue encontrado hasta pasadas dos o tres semanas, descompuesto y horriblemente comido por los peces como es habitual en estos casos.

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El “gallinero”, pbstáculo estrella de la pista americana

Éste había sido el trágico suceso: Después de todo un invierno de renuncia, disciplina, humillaciones, frío y lluvia, la llegada del mes de abril trajo por primera vez los cielos descubiertos, el sol radiante y la agradable temperatura que eran como los heraldos del fin de nuestro  cautiverio. Siendo domingo, un grupo de alumnos había decidido coger un Puma 400 para dar una vuelta por la ría. Después de comer en Mugardos, se habían tendido en la playa desnudos de cintura para arriba y sus cuerpos habían atrapado una buena dosis de calor.

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José Ortega en la proa de un Puma 400

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Con mpañeros alumnos de la ENM

En el regreso, al doblar por el dique llamado la punta de torpedos para entrar en la Escuela, el barco se escoró en exceso. Paco Casado, que era Capitan de la marina mercante y por lo tanto sabía lo que hacía, iba en ese momento sujeto a un obenquillo de estribor y, para no caer al mar en mala postura y golpearse con el casco o tener otro problema, simplemente había decidido soltarse y caer controladamente. Lo que pasa es que no se le volvió a ver. El barco dio la vuelta y ya no estaba.

Cuando los pulmones se llenan de agua, el cuerpo se hunde a gran velocidad y permanece sumergido hasta que dos o tres días más tarde los gases de la putrefacción lo devuelven a la superficie. Eso es lo que le pasó a Paco Casado: Se fue al fondo como una piedra. Pero en realidad no se había ahogado. Lo que le sucedió es un proceso instantáneo y mortal llamado hidrocución, que se produce cuando el corazón se para debido a un cambio súbito de temperatura. Abril acababa de llegar, pero todo el mundo sabe que los cambios térmicos en el mar son mucho más lentos que en tierra, y las aguas dela ría de Pontevedra seguían heladas. Demasiado calor en la piel de Paco Casado y demasiado frío en el abismo azul.

Después de eso hicimos dos meses de prácticas en Ferrol. Fue un tiempo simplemente maravilloso, con mucha diversión y camaradería. Mi amistad con Valdivia se reforzó en aquel tiempo. Éramos compañeros de habitación en la residencia militar y puedo decir que no me dejaba en paz. Cuando estaba durmiendo la siesta me zarandeaba para salir a dar una vuelta, y ante mí protesta me largaba una frase que le escuché muy a menudo: “El que mucho duerme poco vive”. Ya éramos oficiales de prácticas de la milicia universitaria llamada IMECAR y salíamos a la calle de paisano y cuando nos daba la gana. Y a Valdivia le daba la gana mucho porque a él la vida era algo que lo volvía loco.

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Despedida en la estación de Ferrol. Valdivia on polo rojo y hablando con l rubia

La última vez que lo vi fue en la estación de Ferrol, asomándose a la ventanilla del tren que lo llevaba a su primer destino como Alférez del Cuerpo de Intervención de la Armada.

valdivia en el tren

José Antonio Valdivia, a la derecha

Valdivia era un granadino de Jerez del Marquesado alto, corpulento, noble, leal,intenso y vital. Unos años más tarde obtuve noticias de él a través de otro Oficial de Intervención. Había dejado la Marina y trabajaba en el Ayuntamiento de su pueblo, supongo que felizmente.

Algo después tuve que viajar a Luarca por motivos de trabajo y como me pilló el domingo por en medio se me ocurrió coger el coche alquilado y marchame a Ferrol, a donde hasta entonces no había vuelto. Tengo que decir que fue un paseo melancólico por rincones como la calle María o el bar Suizo en El Cantón, donde traté sin éxito de que una historia sobre Ulrike Meyfarth se transformara en mi primera novela, donde había tenido bronca con una gitana portuguesa empeñada en leerme la mano y donde me había encontrado con mi amiga Rita antes de llevarla al bosque. Fue triste porque ya ninguno de ellos pululuba por allí. El gurú Edgar E. Tollé propone  renunciar al pasado, pero sin memoria no  no habría ni poetas ni literatura.

Al volver a mi hotel de Puerto de Vega la fuerza de la melancolía me impulsó a localizar a Chus Miranda Iglesias, una de las chicas de la pandilla, sólo por compartir con ella algún comentario y escuchar de nuevo su voz . Ya no sé lo que hice para localizar su teléfono, pero conseguí enlazar con ella. Me dio noticias. De alguna manera se había enterado de que mi amigo José Antonio Valdivia Sánchez, natural de Jerez del Marquesado, alto, corpuleno, noble, leal y comprometido con la vida, había muerto años atrás. Cuando le pregunté cómo había sucedido, me contestó que se le paró el corazón después de lanzarse a la piscina desde un trampolín.

Hidrocución le llaman eso. Hay jóvenes que son viejos disfrazados, a los que la vida en realidad los aburre,  y muchachos que deberían haberse quedado con nosotros un poco más para seguir alegrando la nuestra. Quien mucho duerme poco vive.

IN MEMORIAM

José Ortega

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