VOTARÉ A ELPIDIO JOSÉ

VOTARÉ A ELPIDIO JOSÉ

@abogadodelmar

Vivimos en un mundo corrompido en el que los pilares mismos de la civilización se vienen abajo ante nuestros ojos.
Vivimos en un mundo en el que no solamente hemos intoxicado y herido de muerte nuestro planeta con venenos químicos y no solamente hemos intoxicado y herido de muerte nuestros cuerpos con esos mismos venenos, sino que también hemos dejado intoxicar y herir de muerte nuestra mente, nuestro espíritu y nuestras emociones.
Vivimos en un mundo donde los maestros del terror han conseguido suplantar en nosotros la tendencia natural a la solidaridad, el amor, la dignidad, el honor, la verdad, la libertad y la justicia, por el egoísmo, el odio, la mezquindad, el deshonor, la mentira, la esclavitud y la injusticia.
Vivimos en un mundo en el que todo lo que aprendimos en el colegio sobre valores dignos ha dejado de ser válido y donde tenemos que aprender sobre la marcha, día a día, los nuevos valores (mejor llamarlos antivalores), que son como el credo de los esclavos.
Vivimos en un mundo en el que los terribles amos ya ni siquiera se esconden ni disimulan, y en el que no solamente se atreven a todo a vista y paciencia del público, sino que lo hacen con toda intención, a fin de que sus medidas represivas sirvan de advertencia para el próximo que se atreva a aplicar los viejos valores, especialmente los asociados a la justicia.
Vivimos en un mundo en el que esos amos son intocables y donde quienes les piden cuentas son exterminados.
Nuestro mundo es hoy una ciénaga cuya inmundicia, para ser adecuadamente limpiada, necesita de todo lo bueno: Buena gestión, buen pensamiento, buena planificación, buen análisis… Pero sobre todo buenos sentimientos y buenos valores.
Por eso votaré a Elpidio José Silva Pacheco, ahora y siempre. En estas elecciones europeas o en cualesquiera otras a las que se presente. Al menos mientras me siga transmitiendo lo que me transmite hoy. Los héroes del pueblo no son esos idiotas engreídos que sacan pecho, sino ciudadanos modestos, incluso oscuros, que se tornan heroicos por el mero hecho de cumplir con su deber. No son los héroes del pueblo encantadores de serpientes de brillante oratoria ni manojos de secreta ambición disfrazados de intenciones nobles. Son como nosotros, pero con una grandeza que había permanecido oculta hasta que el destino intentó comprar con una prueba inesperada su honor, su capacidad de sacrificio y su sentido del deber.
Entre los misteriosos equis que insisten en ocultarse a la luz del sol, un candidato a sueldo del gobierno de otro país (según dicen), un ex juez ex estrella con más fama que merecimiento y un tocayo mío acusado (no sé si con razón) de ser marca blanca del PP, me quedó con Elpidio José Silva Pacheco, que aparentemente nunca buscó fama ni estrellato, que parece obvio que no es el tapado de nadie y que en un momento de su vida se vio forzado a elegir entre la rectitud y la ignominia, e hizo a mi juicio la elección adecuada. Me quedo con este hombre incluso siendo consciente de su parte algo menos clara y de esa condena judicial por impago de rentas de un arrendamiento, según cuenta wikipedia.
Y dejo eso al margen porque no escribo este artículo con rigor ni razón, sino con las tripas. El rigor y la razón exigirían un análisis concienzudo de lo que hizo Elpidio José y por qué lo hizo, y su ajuste (o desajuste) a la ley de enjuiciamiento criminal, además de un despiece aséptico de su biografía con bisturí de precisión. Pero en este momento ni quiero ni necesito ese análisis y, teniendo en cuenta las circunstancias extremas del país, la vergüenza que siento por ser español y la necesidad urgente, extrema y desesperada de decencia en la vida pública, he decidido quedarme con las apariencias y convencerme de que Elpidio José es uno de los nuestros transformado en héroe por el destino, que ese hombre, al aplicar la ley contra un poderoso, estaba protegiendo a mi madre, a mis hijas y a mí, al mismo tiempo que al resto de los ciudadanos, y que el voto no sólo le salvará de la canallada en curso, sino que le dará alas para defender a los ciudadanos en otros foros.
No son las razones lo que mueve al pueblo ni produce los grandes cambios, sino las emociones. No son los tratados teóricos con buena elaboración intelectual lo que saca a la gente a la calle, sino las emociones. No es la racionalidad abstracta lo que nos sacará del infierno en el que vivimos, sino las emociones.
Lo que este hombre despierta en mí es una emoción que resume todos los valores que antes he nombrado. a los que en este momento crítico, de tanta necesidad, sumo la esperanza.

José Ortega
Abogado
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UN DÍA CUALQUIERA (EL CASO DEL BAILARÍN Y LA. CARTERA)

UN DÍA CUALQUIERA (EL CASO DEL BAILARÍN Y LA. CARTERA)

@abogadodelmar

11.04.2014

20.00 Mi hija Julia, prima donna de ballet en ámbito local, me pide que trate de conseguirle acceso para visitar los ensayos de la compañía nacional de danza en Valencia. El director de la compañía, que recientemente sustituyó a Nacho Duato después de desarrollar una carrera mundial centrada en la ópera de París, es José Carlos Martínez y es primo segundo de un servidor. Nunca he hablado con él y sólo conservo de su persona vagos recuerdos de un niño de ocho o nueve años correteando con el uniforme de lobato y una cinta cogida al cinto que volaba al viento, pero un primo no deja de ser un primo.

20.10 Pongo un mensaje a los padres de José Carlos para pedirles el favor.

12.04.2014

10.00 Recibo mensaje del padre de José Carlos acusando recibo.
11.30 Habló por teléfono con él y me dice que está tratando de resolverlo.
11.45 Quedo para tomar café por la tarde con un amigo de la infancia que es jefazo de la policía.
13.00 Me voy caminando al pueblo para comprarle a mi madre una revista llamada súper tele.
13.15 La chica que atiende la papelería va en silla de ruedas y tiene un rostro agradable y cordial. Me dice que el súper tele se ha agotado.
13.20 Lo intento en la otra papelería: el súper tele se ha agotado,
13.25 Echo un vistazo a un caserón impresionante y rodeado de pinos donde habitó por un tiempo el fantasma de una joven institutriz alemana. El caso me inspiró algunos pasajes de El último sueño de la mariposa.
13.30 Salgo al campo a pasear sumido en cavilaciones sobre la revista súper tele. Todas las revistas del corazón estaban disponibles, lo mismo que todos los periódicos, pero la herramienta para programar nuestra propia intoxicación mental en la forma más potente, esa no hay manera de encontrarla porque todos los tele zombies, ansiosos de recibir su dosis, ya se la han procurado.
No obstante, sustituyo todo análisis por un simulacro de actitud zen en la que me concentro conscientemente en los sonidos a mi alrededor, comprobando que no sólo se escucha un apetitoso concierto de pájaros, grillos y cigarras, sino que de forma insólita me sale al paso una mariposa, cuando yo creía que se habían extinguido. Esto me induce a pensar, puede que de forma un poco tonta, que la humanidad tiene arreglo.
13.45 Llamó por teléfono a Tenerife para encargar un milagro que por razones que no vienen al caso me hace falta, y doy instrucciones para que la brigadilla del rosario haga el favor de ponerse en marcha. Recibo, como esperaba, plenas garantías de que se va a movilizar una poderosa maquinaria de oración.
14.00 A cien metros de casa, encuentro tirada en el suelo una cartera. La recojo y veo que contiene la documentación personal de su dueño, varias tarjetas de crédito y un buen fajo de billetes que no cuento por pudor pero que estimo en unos 500 euros.
14.05 Llamo por teléfono a mi amigo de la policía y le cuento lo sucedido, expresándole mis dudas sobre la conveniencia de llevar la cartera a los suyos por si de pronto el dinero desaparece. Mi amigo me confirma las dudas y me aconseja darle la cartera a él, para que se encargue, o bien mirar el DNI por ver si su domicilio está cerca y devolvérsela a su dueño directamente.
14.10 Averiguo que el dueño de la cartera vive a dos calles y me persono en su casa pero no hay nadie.
14.30 Vuelvo a la mía, le escribo una nota y se la pego con celo en la parte interior de la puerta de su jardín, dejándole mi teléfono.
14.40 El padre de José Carlos me dice que está todo arreglado y Julia salta de alegría.
14.50 Me meto una sopa de cocido que no veas.
15.40 Mi teléfono móvil suena y como esperaba es el propietario de la cartera. Le doy mis señas para que venga a recogerla.
15.45 Julia me dice que en el teatro está todo cerrado y que no ve a nadie y le sugiero que dé la vuelta al edificio en busca de la puerta de atrás o algo así.
15.55 Simultáneamente, Julia me llama para decirme que ha entrado y ha tenido el gran privilegio de poder saludar a su primo lejano José Carlos, y el dueño de la cartera se presenta delante de mi casa. Me dice que ya daba por perdido el dinero y que estaba a punto de llamar para empezar a anular las tarjetas, y al mismo tiempo saca cien euros para dármelos como gratificación. Le digo que ni se le ocurra y como me dice y repite que está en deuda conmigo, le pido que me invite a un café un día de estos.
16.05 Me siento con mi madre en el porche y reflexiono sobre lo que había escuchado decir a Wayne Deyer: Cuando alguien hace un acto de generosidad o una buena acción, hay una mejora inmediata en el sistema inmunológico del que da, del que recibe y del que presencia el acto. Constato que ese día teníamos el cuadro completo.
18.05 Tomo el café con mi amigo de la policía. Le dedico dos ejemplares de El árbol de la vida, evocamos los hermosos años de juventud por los senderos de la montaña (también él veía a José Carlos correteando a nuestro alrededor) y finalmente me enseña la casa que hizo literalmente con sus manos, en un ejemplo indiscutible de la tenacidad que siempre tuvo.
En mí es recurrente la duda sobre si todo es azar o todo es destino.
Me llama la atención que las dos cuestiones importantes que debía resolver, la del bailarín y la de la cartera, culminaran y se resolvieran de forma simultánea. Puede que esto no signifique nada, pero es lo que sucedió. A lo mejor resulta que todo tiene un sentido, que todo son pistas que el universo nos pone en el camino para que podamos seguirlas y llegar a cumplir con la misión para la que vinimos a la vida, sea cual sea.
Y si no es así, no me importa. Por suerte, podemos elegir lo que queremos pensar, y yo ya he elegido.

José Ortega
http://www.costasmaritimas,es