CONSIDERACIONES SOBRE LA SOBERBIA

@abogadodelmar

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De los dos troncos de los que procedo, uno se caracterizaba por cierta dosis de soberbia de un modo si no patológico al menos llamativo. Recuerdo no sólo la molesta intensidad con la que mi  padre y mis tíos discutían entre sí de política o de religión cuando yo era pequeño, sino también la presunción de la madre de todos ellos cuando mandó a paseo a unos testigos de Jehová con tanta fluidez verbal que sospechaba que había sido el Espíritu Santo el que había hablado por ella. 

Recuerdo igualmente algún otro miembro político de esa misma familia, que rehusaba intervenir en las discusiones y quedaba voluntariamente en segundo plano. Era menospreciado por los otros por falto de nervio, huérfano de criterio y portador en sus venas de un fluido inespecífico de inferior calidad que la sangre, aunque francamente había que ser muy macho para meterse en aquella jaula de tigres.

Tal como solemos entenderla, la soberbia es una especie de estado superlativo del ego, que necesita continuamente adulación para mantenerse a flote, y naturalmente que representa un incordio mayúsculo para los que están alrededor. El soberbio manda, impone y arrastra con su criterio que cree superior y a menudo experimenta la fastidiosa necesidad de hablar constantemente de sí mismo.

De la misma forma que los cristianos consideran la soberbia un pecado, la nueva espiritualidad recela por sistema del ego. Un vez mencioné al más famoso maestro zen del panorama hispánico algo sobre unos cursos de crecimiento personal. Sin pestañear me contestó que a los budistas lo que les interesa no es el crecimiento de la persona, sino la destrucción de la persona. Entendía por ello, naturalmente, la desaparición de los deseos asociada al yo, pero la respuesta le salió rompedora. En todo caso, parece que no corren buenos tiempos para el ego ni desde los cristianos ni desde los gentiles.

Veréis, yo  la soberbia la asocio al intelecto, y creo que el que sabe y sabe que sabe, puede y debe ser soberbio en la medida de sus méritos. Los aficionados al llamado Enemigo Malo se autodefinen como adoradores de la luz, precisamente la luz del intelecto frente a las estériles tinieblas de la obediencia ciega. La soberbia es en el seno de la Iglesia un pecado absolutamente sensacional por ser justamente el pecado emblemático de Lucifer, la estrella de la mañana que fue reducida al abismo por querer igualar a Dios. Ese peculiar apelativo de enemigo malo procede precisamente de su conversión en adversario después de la caída: Satán parece ser que significa en hebreo “adversario” (si bien es cierto que tanto la tradición judía como la gnóstica separan las figuras de Satanás y Lucifer).

Desposeído de su halo perverso y de la peste  a azufre que le ha asignado la imaginería cristiana, este Lucifer caído del cielo parece una especie de Prometeo, condenado por apropiarse la sabiduría de los dioses para proporcionársela al hombre, o una suerte de Melek, el ángel de la religión yezidista, cuyo curriculum no es muy distinto.

Puede que de una forma semejante a Nietzsche, para quien la soberbia era una virtud muy apreciable, cuando pienso en ello se forma en mí la imagen del franciscano Guillermo de Baskerville repitiendo una frase mientras camina airado por las inmediaciones de un monasterio en las montañas: Tengo razón. No sé si lo recordáis. Es el protagonista de El Nombre de la Rosa.

No se trataba en este caso de la obsesión enfermiza por tener razón del que sabe poco y probablemente no la tenga, sino de la actitud del sabio que no encuentra motivo alguno para ocultar que lo es. Una actitud luciferina, quizá, pero apropiada.

No fue modestia ni mansedumbre sino soberbia lo que mostró Schliemann, un millonario alemán bastante excéntrico, cuando se empeñó en la empresa personal de localizar la Troya de Homero en una época en la que los atontados profesionales del ramo estaban convencidos de que la Illiada era pura ficción. Su éxito demostró que su soberbia intelectual no sólo estaba justificada, sino que resultaba imprescindible para llevar la empresa a buen fin. Lo imagino como a Guillermo de Baskerville, repitiendo tengo razón con una piqueta en la mano.

Tampoco fueron la modestia ni la mansedumbre, sino la soberbia intelectual lo que  impulsó al navegante Cristophoro Colombo a empeñarse en demostrar que el camino de occidente no conducía al fin de un mundo plano, sino a la India. Él también iba de corte en corte, murmurando tengo razón mientras buscaba fondos para demostrarlo.

Ese rasgo que tanto despreciamos desde el ámbito judeocristiano, la soberbia, ha sido ni más ni menos que el motor no ya de determinadas individualidades, sino también del mundo y de la historia. Sin esa arrogancia de mente a la que oponemos tantos remilgos, estaríamos aún tirándonos pedruscos unos a otros como ejercicio matinal antes de comer la carne cruda. El pensamiento tengo razón, ha impulsado adelante a inventores, investigadores, misioneros, exploradores y toda clase de personal aquejado de soberbia. Si todos hubiéramos honrado la mansedumbre cristiana o nos hubiéramos aquietado en la meditación budista, puede que el reino de los cielos fuera nuestro, pero no el de los hombres.

Entiendo que de ahí puede proceder el doble sentido de la palabra soberbia. Como sustantivo, remite al pecado. Como adjetivo, a lo sublime. Sucede así cuando una actuación, una audición, una conferencia o cualquier acto humano ha dado un resultado soberbio. Por tanto, mi opinión es que la soberbia como defecto alude a la presunción del necio, y como virtud a la ausencia de modestia del sabio.

Plutarco cuenta que cuando el gran Alejandro tomó la ciudad donde vivía el filósofo Diógenes, acudió a visitarlo a las termas con todo su séquito. Encontrándolo echado sobre su estera al aire libre, le explicó quién era  y le preguntó de forma muy amable si podía hacer algo por él. La respuesta del sabio pasó a la historia con justicia. “Que te quites del sol” contestó, a lo que el grandísimo rey y general se fue por dónde había llegado, y bastante corrido.

¿Es esto soberbia? Desde luego. Diógenes se sabía muy por encima de un jovenzuelo cubierto de polvo, con agujetas en las ingles de tanto cabalgar y experto en dar mandobles con la espada y poco más.

Elevemos los ojos al universo callado que nos rodea y pensemos por un momento en la posibilidad de que Dios no haya existido nunca ¿Qué nos queda, entonces, para ampararnos en mitad de ese mundo incierto? Sólo la luz del intelecto.

José Ortega

10 comentarios en “CONSIDERACIONES SOBRE LA SOBERBIA

  1. Pues debo de ser bastante soberbio, porque siempre pienso que tengo razón. Cuando expongo mis previsiones y todos me las discuten, digo que soy el único que no lleva el paso cambiado. Y hasta ahora, el tiempo y los hechos me han ido dando la razón. No tiene el más mínimo mérito, sólo hay que apostar por el ganador. Y para saber cuál es éste, basta con observar el conjunto, medir todo con un metro de cien centímetros, atar cabos, extrapolar incluso de un sistema a otro, y estar desprovisto de todo tipo de interés personal en el asunto.

    Hace un par de años o tres, he tenido que rectificar una previsión, desgraciadamente, y ojalá tuviera que rectificar de nuevo a la inversa. La lógica me decía que Internet sería el instrumento que haría abrir los ojos a la humanidad, y que realmente emprenderíamos acciones contra el enemigo común, aunque sólo fuera por instinto de supervivencia, pero mucho me temo que sólo a una minoría, y que está tocando techo, sin ver la reacción real por ningún lado. Seguimos conectados a las vías de inoculación del germen nocivo del sistema.

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  3. La soberbia es una torpe capa, quizás necesaria, creada para alejar lo necio de lo que es más sutil, noble y puro. La necesidad depende de donde y con quien uno quiere vivir y relacionarse.

  4. José, gracias por este artículo.
    A veces uno se siente prepotente en su soberbia, y das argumentos para serlo en la humildad; ¿un oxímoron?
    Un saludo cordial.
    Tony Fuster
    PD: tengo ganas de conocerte personalmente. A ver si puedo adistir a alguna de tus conferencias. Dime por favor, donde tienes una programacion para poder asistir.

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