DE CENA CON DIOS

En el mundo de los adultos y demás personas serias hay una distinción clara y en cierto sentido grata entre la realidad y la ficción. Un escritor se pone al teclado e inventa un personaje y nadie duda de que el inventor está en un lado y el inventado en el otro. El escritor dispone y el personaje obedece. Genera mundos, vidas y muertes tal como se supone que hizo el Creador en el principio de los tiempos, y entre él y sus personajes existe una frontera tan clara como la existente entre Dios y los hombres. No tenemos tendencia a imaginar a un humano yéndose de cena con Dios, como tampoco a un escritor de paseo con su personaje.

En el colegio, me fascinó Niebla, la obra de Unamuno en la que un personaje adquiere vida propia y visita su autor. La sugerencia que propone esa novela creo que tuvo en mí la virtud de transformar esa frontera entre escritor y personaje en algo borroso, como una acuarela con mucha agua, aunque nunca pensé que con el tiempo quedase completamente diluida.

Cuando crecí me hice abogado y hace unos tres años me tocó ir de bolos por Cádiz y Huelva, donde debía reunirme con colectivos de afectados por la ley de costas cuyas viviendas estaban a punto de ser derribadas por el gobierno. Una cadena de televisión alemana envió a un equipo para seguirme en esas andanzas. El sábado, mientras hablaba para unas cien personas en un hotel, el equipo apareció, pero consistía en una única mujer. Una mujer joven que de inmediato colocó su trípode y comenzó a filmar en silencio.

A la conclusión del acto, debía marchar para un pueblo litoral de Huelva llamado Isla Cristina. No está lejos y sin embargo el camino es larguísimo porque no hay más remedio que ir por Sevilla para rodear el coto de Doñana, un espacio natural especialmente protegido. La periodista, dejemos al margen su nombre, me llevó con ella. Fue una tarde inmensa y plena que se prolongó hasta las diez de la noche, cuando llegamos al hotel. Mientras la luz se debilitaba a nuestro alrededor de forma especialmente perezosa, me comentó sus hazañas de turista solitaria, cuando, siendo aún muy joven, había recorrido media Europa utilizando el coche como dormitorio. También yo le conté. Es difícil explicar la intimidad que nació entre la periodista y el abogado en aquel viaje tan largo pero tan delicioso, que pese al cansancio habría continuado con gusto.

Al llegar a Isla Cristina nos fuimos de cena con otra mujer, una antigua cantante que era cliente del despacho y a la que sólo conocía por teléfono. Así que fue un encuentro de tres que se ven por primera vez y que resultó perfecto. Mentiría si dijera que la periodista me dejó indiferente y que mi corazón no llegó a sentirse afligido cuando se marchó al concluir su trabajo. Y es en este momento cuando debo deciros cómo era ella: Delgada, rubia, ojos claros, pelo corto, vaqueros y camisa. Y llevaba gafas.

Gafas, sí. En aquel momento ya ni siquiera recordaba a Gloria. También ella era delgada, rubia, ojos claros, pelo corto, vaqueros y camisa. Y también llevaba gafas. La única diferencia es que Gloria era suiza. Se dedicaba a hacer documentales y siempre andaba con su cámara y su trípode, pero yo la había conocido no en Cádiz, sino muy lejos, al otro lado del Mediterráneo, durante una excavación arqueológica en la antigua ciudad de Uruk, que justamente da nombre al actual Irak.

La cuestión es que Gloria no había nacido en el paritorio, como todo el mundo, sino en mi mente, porque era un personaje de mi novela El árbol de la vida, mi segunda historia sobre la inmortalidad. El héroe, un arqueólogo vinculado como yo al mito de Gilgamesh, ansía en ese relato quitarle a Gloria las gafas y mirar en el interior de sus ojos.

Antes de seguir el relato, os dejo aquí el reportaje que publicó sobre aquellos días la cadena alemana.

Nunca entendí cómo ella pudo cobrar vida y venir a mí, pero así fue y así lo acepto, aunque no es la primera vez que me he experimentado algo parecido. En realidad estos episodios arrancan mucho atrás, cuando escribí con veinticinco años Gilgamesh y la muerte, la única obra en castellano sobre el rey de Uruk y su legendaria búsqueda de la inmortalidad. Aún hoy me asombra el desparpajo con el que aquel jovencísimo muchacho que era yo se atrevió con el desafío de hacer una fábula heroica con  esa joya de la cultura escrita en caracteres cuneiformes sobre doce tablillas de arcilla. La historia dio lugar a una trilogía que trasladé a un decorado mágico situado en Águilas, la localidad marinera del Sureste de España donde viví unos años particularmente provechosos en momentos en que mi personalidad aún estaba tomando forma y las cosas en las que creer aún se estaban definiendo.

Y allí, en Águilas, comenzaron a suceder cosas de las que se supone que no suceden. Un día, cuando ya me había instalado en otra ciudad, mi amigo Lorenzo, psicólogo vinculado a la experiencia paranormal, me pidió que acudiera a ver lo que a él le parecía un santuario prehistórico totalmente ignorado por la ciencia. De hecho, lo conocía porque había soñado con él. Pensaba que yo podría darle una opinión porque antes de entrar en la Facultad de Derecho había estudiado Arqueología, y él sabía que lo sagrado ejercía sobre mí una fascinación invencible.

De mi visita al santuario de mi amigo nació El Príncipe Pálido, una historia sobre el fin del politeísmo y la llegada del dios único y una novela fuertemente vinculada a aquellas colinas y playas. Y ya no me pude desprender de la magia del lugar y del paisaje. Cuando mis compañeros de la Universidad vinieron a inspeccionar los restos de un dolmen situado al borde del mar, yo acababa de comenzar con la práctica del Derecho y estaba alejado de tumbas y ritos, pero ese simple suceso me llenó la mente de sugerencias y aquel mismo verano pensé en sumergirme en busca de algún elemento arquitectónico que pudiera haber caído al fondo marino. Y lo que encontré fue algo mucho mejor que lo que había ido a buscar: Un colgante prehistórico de piedra que había aguardado creo que miles de años a que yo lo encontrara. Al salir del agua, la experiencia profana se había transformado para mí algo lejano, como si alguna vez la hubiera soñado. Viví ya en adelante en una comarca indefinida en la que la realidad y la ficción son como dos hebras de hilo que se entrelazan para formar una cuerda o un tejido, es decir, un mundo que no es ni real ni inventado, sino las dos cosas a un tiempo.

La invencible influencia del paisaje me dictó una tercera novela, La Piedra Resplandeciente,  en la que retraté una sociedad inspirada en el mundo celta, apegado a los bosques y a la tradición. Inventé los rudimentos de un idioma para aquellas tribus de pescadores, a los que llamé los brien ondai, es decir, los hombres azules, porque en sus luchas rituales se teñían el cuerpo de azul (de forma parecida a los nuba de Sudán,  probablemente los hombres más apolíneos del mundo) y acuñé nombres sonoros como el de Aranai-Aranai (=Gacela-Gacela), la joven de deslumbrante belleza oculta de los varones desde su nacimiento, o el del héroe Idar Dorainn, que significa La plenitud de la Diosa, a semejanza de Herakles (= La gloria de la diosa Hera).

En el seno de aquella sociedad idealizada, que ya apuntaba en El Príncipe Pálido, nacieron tres músicos que traspasaron las fronteras del país en busca de noticias del dios nuevo que iba a nacer. De día caminaban y al atardecer se detenían y tocaban una música de abrumadora belleza.

Eran simplemente personajes, como sucedía a Gloria, pero también adquirieron vida ante mis ojos. En Águilas tenía otro amigo que había leído y también admirado mi Gilgamesh. Su nombre es José Luis Salas y dudo mucho que haya nacido nunca alguien con su talento musical. José Luis formó un grupo de música de cámara que pronto comenzó a escribir e interpretar piezas de inspiración celta. Llegado el momento de buscarle un nombre al grupo, fue a buscarlo en las páginas de mi novela y allí encontró el de Lugalbanda, un dios sumerio padre de Gilgamesh. Su nombre está formado por las partículas lu (=hombre), gal (=grande) y banda (=valiente). El grupo adoptó ese nombre y José Luis compuso un tema especialmente bello, que sugiere paisajes y aventuras, al que llamó también Lugalbanda. Doy por hecho que esta pieza está inspirada en los viajes, paisajes y aventuras de Gilgamesh y la muerte.

De forma simultánea, cuando me enfrasqué en el cine y pude fundar mi propia productora, hice lo mismo que José Luis: Busqué un nombre en mi novela y elegí Lugalbanda. Ni yo sabía lo suyo ni él lo mío. Fue una coincidencia, o una sincronicidad, como se dice ahora.

Al volver la vista atrás, lo sucedido sugiere que cuando escribí sobre los tres músicos, de alguna manera estaba prefigurando el futuro. Aquellos peregrinos de los brien ondai habían nacido en los parajes de Águilas a los que yo había dado nombres mitológicos y en el seno de una sociedad de inspiración celta. Los músicos de Lugalbanda habían nacido en Águilas y hacían música celta.

Quien así lo desee, puede sostener de modo muy adulto que todo es azar, y en particular todo esto que he contado. Personalmente, siempre he preferido la belleza a la verdad, lo que resulta poco práctico pero me gusta más (Dime que me amas aunque no sea cierto, por ejemplo). Los que indagamos el universo en busca de señales y buscamos una guía invisible escrita en lo cotidiano, podemos ser ilusos o estar equivocados, pero a mí personalmente tener razón o no tenerla me es indiferente, porque ese ansia ni nace en el intelecto ni pertenece a la razón. En todo caso, los ilusos como yo nos sentimos felices de cumplir la consigna de Baudelaire: Siempre hay que estar ebrios. De vino, de poesia o de virtud. A vuestro antojo, pero embriagaos.

Y no necesitamos más.

José Ortega

abogadodelmar@gmail.com

@abogadodelmar

 

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