PAZUZU (PASAJE DE EL ÁRBOL DE LA VIDA)

@abogadodelmar

 “El nombre diabólico de Pazuzu cayó sobre mí lo mismo que una maldición, como si fuera una garra que me sujetase, impidiéndome respirar. Allí, en el moderno, cálido y mundano rincón de un extremo de la cafetería, tras las seguras murallas de aquella Europa próspera, rica y medio atea, creí sentir nuevamente la súbita aspereza sobrenatural de aquella racha de viento del desierto”.

Pasaje de EL ÁRBOL DE LA VIDA

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José Ortega    abogadodelmar@gmail.com

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 portada nueva el arbol de la vida

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José Ortega

DE CENA CON DIOS

En el mundo de los adultos y demás personas serias hay una distinción clara y en cierto sentido grata entre la realidad y la ficción. Un escritor se pone al teclado e inventa un personaje y nadie duda de que el inventor está en un lado y el inventado en el otro. El escritor dispone y el personaje obedece. Genera mundos, vidas y muertes tal como se supone que hizo el Creador en el principio de los tiempos, y entre él y sus personajes existe una frontera tan clara como la existente entre Dios y los hombres. No tenemos tendencia a imaginar a un humano yéndose de cena con Dios, como tampoco a un escritor de paseo con su personaje.

En el colegio, me fascinó Niebla, la obra de Unamuno en la que un personaje adquiere vida propia y visita su autor. La sugerencia que propone esa novela creo que tuvo en mí la virtud de transformar esa frontera entre escritor y personaje en algo borroso, como una acuarela con mucha agua, aunque nunca pensé que con el tiempo quedase completamente diluida.

Cuando crecí me hice abogado y hace unos tres años me tocó ir de bolos por Cádiz y Huelva, donde debía reunirme con colectivos de afectados por la ley de costas cuyas viviendas estaban a punto de ser derribadas por el gobierno. Una cadena de televisión alemana envió a un equipo para seguirme en esas andanzas. El sábado, mientras hablaba para unas cien personas en un hotel, el equipo apareció, pero consistía en una única mujer. Una mujer joven que de inmediato colocó su trípode y comenzó a filmar en silencio.

A la conclusión del acto, debía marchar para un pueblo litoral de Huelva llamado Isla Cristina. No está lejos y sin embargo el camino es larguísimo porque no hay más remedio que ir por Sevilla para rodear el coto de Doñana, un espacio natural especialmente protegido. La periodista, dejemos al margen su nombre, me llevó con ella. Fue una tarde inmensa y plena que se prolongó hasta las diez de la noche, cuando llegamos al hotel. Mientras la luz se debilitaba a nuestro alrededor de forma especialmente perezosa, me comentó sus hazañas de turista solitaria, cuando, siendo aún muy joven, había recorrido media Europa utilizando el coche como dormitorio. También yo le conté. Es difícil explicar la intimidad que nació entre la periodista y el abogado en aquel viaje tan largo pero tan delicioso, que pese al cansancio habría continuado con gusto.

Al llegar a Isla Cristina nos fuimos de cena con otra mujer, una antigua cantante que era cliente del despacho y a la que sólo conocía por teléfono. Así que fue un encuentro de tres que se ven por primera vez y que resultó perfecto. Mentiría si dijera que la periodista me dejó indiferente y que mi corazón no llegó a sentirse afligido cuando se marchó al concluir su trabajo. Y es en este momento cuando debo deciros cómo era ella: Delgada, rubia, ojos claros, pelo corto, vaqueros y camisa. Y llevaba gafas.

Gafas, sí. En aquel momento ya ni siquiera recordaba a Gloria. También ella era delgada, rubia, ojos claros, pelo corto, vaqueros y camisa. Y también llevaba gafas. La única diferencia es que Gloria era suiza. Se dedicaba a hacer documentales y siempre andaba con su cámara y su trípode, pero yo la había conocido no en Cádiz, sino muy lejos, al otro lado del Mediterráneo, durante una excavación arqueológica en la antigua ciudad de Uruk, que justamente da nombre al actual Irak.

La cuestión es que Gloria no había nacido en el paritorio, como todo el mundo, sino en mi mente, porque era un personaje de mi novela El árbol de la vida, mi segunda historia sobre la inmortalidad. El héroe, un arqueólogo vinculado como yo al mito de Gilgamesh, ansía en ese relato quitarle a Gloria las gafas y mirar en el interior de sus ojos.

Antes de seguir el relato, os dejo aquí el reportaje que publicó sobre aquellos días la cadena alemana.

Nunca entendí cómo ella pudo cobrar vida y venir a mí, pero así fue y así lo acepto, aunque no es la primera vez que me he experimentado algo parecido. En realidad estos episodios arrancan mucho atrás, cuando escribí con veinticinco años Gilgamesh y la muerte, la única obra en castellano sobre el rey de Uruk y su legendaria búsqueda de la inmortalidad. Aún hoy me asombra el desparpajo con el que aquel jovencísimo muchacho que era yo se atrevió con el desafío de hacer una fábula heroica con  esa joya de la cultura escrita en caracteres cuneiformes sobre doce tablillas de arcilla. La historia dio lugar a una trilogía que trasladé a un decorado mágico situado en Águilas, la localidad marinera del Sureste de España donde viví unos años particularmente provechosos en momentos en que mi personalidad aún estaba tomando forma y las cosas en las que creer aún se estaban definiendo.

Y allí, en Águilas, comenzaron a suceder cosas de las que se supone que no suceden. Un día, cuando ya me había instalado en otra ciudad, mi amigo Lorenzo, psicólogo vinculado a la experiencia paranormal, me pidió que acudiera a ver lo que a él le parecía un santuario prehistórico totalmente ignorado por la ciencia. De hecho, lo conocía porque había soñado con él. Pensaba que yo podría darle una opinión porque antes de entrar en la Facultad de Derecho había estudiado Arqueología, y él sabía que lo sagrado ejercía sobre mí una fascinación invencible.

De mi visita al santuario de mi amigo nació El Príncipe Pálido, una historia sobre el fin del politeísmo y la llegada del dios único y una novela fuertemente vinculada a aquellas colinas y playas. Y ya no me pude desprender de la magia del lugar y del paisaje. Cuando mis compañeros de la Universidad vinieron a inspeccionar los restos de un dolmen situado al borde del mar, yo acababa de comenzar con la práctica del Derecho y estaba alejado de tumbas y ritos, pero ese simple suceso me llenó la mente de sugerencias y aquel mismo verano pensé en sumergirme en busca de algún elemento arquitectónico que pudiera haber caído al fondo marino. Y lo que encontré fue algo mucho mejor que lo que había ido a buscar: Un colgante prehistórico de piedra que había aguardado creo que miles de años a que yo lo encontrara. Al salir del agua, la experiencia profana se había transformado para mí algo lejano, como si alguna vez la hubiera soñado. Viví ya en adelante en una comarca indefinida en la que la realidad y la ficción son como dos hebras de hilo que se entrelazan para formar una cuerda o un tejido, es decir, un mundo que no es ni real ni inventado, sino las dos cosas a un tiempo.

La invencible influencia del paisaje me dictó una tercera novela, La Piedra Resplandeciente,  en la que retraté una sociedad inspirada en el mundo celta, apegado a los bosques y a la tradición. Inventé los rudimentos de un idioma para aquellas tribus de pescadores, a los que llamé los brien ondai, es decir, los hombres azules, porque en sus luchas rituales se teñían el cuerpo de azul (de forma parecida a los nuba de Sudán,  probablemente los hombres más apolíneos del mundo) y acuñé nombres sonoros como el de Aranai-Aranai (=Gacela-Gacela), la joven de deslumbrante belleza oculta de los varones desde su nacimiento, o el del héroe Idar Dorainn, que significa La plenitud de la Diosa, a semejanza de Herakles (= La gloria de la diosa Hera).

En el seno de aquella sociedad idealizada, que ya apuntaba en El Príncipe Pálido, nacieron tres músicos que traspasaron las fronteras del país en busca de noticias del dios nuevo que iba a nacer. De día caminaban y al atardecer se detenían y tocaban una música de abrumadora belleza.

Eran simplemente personajes, como sucedía a Gloria, pero también adquirieron vida ante mis ojos. En Águilas tenía otro amigo que había leído y también admirado mi Gilgamesh. Su nombre es José Luis Salas y dudo mucho que haya nacido nunca alguien con su talento musical. José Luis formó un grupo de música de cámara que pronto comenzó a escribir e interpretar piezas de inspiración celta. Llegado el momento de buscarle un nombre al grupo, fue a buscarlo en las páginas de mi novela y allí encontró el de Lugalbanda, un dios sumerio padre de Gilgamesh. Su nombre está formado por las partículas lu (=hombre), gal (=grande) y banda (=valiente). El grupo adoptó ese nombre y José Luis compuso un tema especialmente bello, que sugiere paisajes y aventuras, al que llamó también Lugalbanda. Doy por hecho que esta pieza está inspirada en los viajes, paisajes y aventuras de Gilgamesh y la muerte.

De forma simultánea, cuando me enfrasqué en el cine y pude fundar mi propia productora, hice lo mismo que José Luis: Busqué un nombre en mi novela y elegí Lugalbanda. Ni yo sabía lo suyo ni él lo mío. Fue una coincidencia, o una sincronicidad, como se dice ahora.

Al volver la vista atrás, lo sucedido sugiere que cuando escribí sobre los tres músicos, de alguna manera estaba prefigurando el futuro. Aquellos peregrinos de los brien ondai habían nacido en los parajes de Águilas a los que yo había dado nombres mitológicos y en el seno de una sociedad de inspiración celta. Los músicos de Lugalbanda habían nacido en Águilas y hacían música celta.

Quien así lo desee, puede sostener de modo muy adulto que todo es azar, y en particular todo esto que he contado. Personalmente, siempre he preferido la belleza a la verdad, lo que resulta poco práctico pero me gusta más (Dime que me amas aunque no sea cierto, por ejemplo). Los que indagamos el universo en busca de señales y buscamos una guía invisible escrita en lo cotidiano, podemos ser ilusos o estar equivocados, pero a mí personalmente tener razón o no tenerla me es indiferente, porque ese ansia ni nace en el intelecto ni pertenece a la razón. En todo caso, los ilusos como yo nos sentimos felices de cumplir la consigna de Baudelaire: Siempre hay que estar ebrios. De vino, de poesia o de virtud. A vuestro antojo, pero embriagaos.

Y no necesitamos más.

José Ortega

abogadodelmar@gmail.com

@abogadodelmar

 

EL ÁRBOL DE LA VIDA

Es un misterio cómo los hilos de la vida se enredan y mezclan como un potaje. Siempre tuve clara de mi experiencia personal como la tensión entre dos opuestos: El traje de chaqueta y los vaqueros. La abogacía y la antropología. La disciplina y el placer. La obligación y el juego. No me pasaría si no fuera abogado y arqueólogo, pero la cosa salió así y no lo puedo cambiar.

En los años dos mil se produjo un hecho singular: Los dos polos convergieron y se fundieron cuando encontré la forma de ejercer el Derecho luchando en favor de los humildes y en contra de los poderosos. Siempre me hicieron bostezar las conversaciones sobre dinero y ganancias habituales ente abogados, pero ejercer esta profesión por los valores, no por los intereses, es algo que tiene sabor y proporciona satisfacción.

EL ÁRBOL DE LA VIDA es una novela y un caso raro de nueva confluencia. Como pone en mi perfil de este blog, lo inicié para difundir mi trabajo (por llamarlo de alguna manera) literario. Pone también que tuve que transformarlo en un blog de la revolución porque la realidad se impuso. De nuevo dos aspectos muy opuestos: El rollo literario y la lucha por un mundo mejor.

Ambos aspectos convergen en EL ÁRBOL DE LA VIDA y he tardado años en darme cuenta. Empecé a escribir esta novela en 1999, cuando nada sabía de los iluminatis pero ya tenía enfocada la antena hacia la manipulación, la mentira, la dominación y el control de la opinión pública por parte de unos pocos. Después de tanto convivir con mi novela Gilgamesh y la muerte, que relata la búsqueda de la inmortalidad, quería escribir una historia contemporánea sobre ese mismo tema.  Y la obra es, en efecto, una novela contemporánea sobre la inmortalidad. Pero es mucho más.

He trabajado todo lo posible con los mitos mesopotámicos y la literatura oriental. En el tribunal de mi tesis de licenciatura había tres miembros, dos de los cuáles eran asiriólogos, es decir, traductores de sumerio, akadio y asirio. La tesis doctoral que no me dejaron leer por poco académica (“Una topografía del más allá”, título chulesco) daba vueltas y revueltas en torno a los mitos de Mesopotamia.

 Con todo aquel estudio entendí la desmedida influencia de los mitos en general sobre el ciudadano moderno. Con respeto, afirmo que a mi juicio Israel hace lo que hace y como lo hace porque sus ciudadanos creen a pie juntillas el mito de que son el pueblo elegido. Están condicionando la historia del mundo sólo por algo que pone en un papiro medio corroído. Como ya he escrito en otra ocasión, los primeros colonos que llegaron a fastidiar Norteamérica creían estar repitiendo la poco edificante historia del Éxodo, cuando Yavé se convirtió en el patrocinador del genocidio, especialmente en Jericó, donde ordenó no dejar con vida ni a mujeres ni a niños.

Por eso pensé que si las raíces de una buena parte de nuestro comportamiento se hunden en mitos, el descrédito de esos mitos podría tener efectos imprevisibles en el ahora. De ahí la hipótesis de la que parte la novela: ¿Qué sucedería si de pronto se descubriera que la Biblia no es más que una copia de textos mesopotámicos anteriores? ¿Desaparecería la religión cristiana? ¿Puede suceder una cosa así en unos momentos como éstos, en los que según Nostradamus se avecina la llegada del Anticristo? ¿No forma parte este cambio del proceso que están cocinando los Iluminati?

Nostradamus

Veréis, a mi no me interesa la llamada intriga cultural. Al principio leía a mi paisano Pérez Reverte como todo el mundo. Pero lo corté de raíz después de que mi madre,  a pesar de que me ama, me regalara el Código da Vinci por mi cumpleaños. No quiero poner a nadie a caer de un burro y por eso me limito a declarar que desde entonces dejé de interesarme por el género y añado que me pone enfermo entrar en una librería y ver las mesas de novedades llenas de este tipo de historias, muchas de ellas editadas por Berlusconi por si no lo sabéis: la hermandad secreta del Vaticano, el sello de los templarios, los manuscritos del nosequé nosecuantos…

Arturo Pérez Reverte se refería a sí mismo como ávido lector de todo tipo de novelas de aventuras y ponía como ejemplo Los tres mosqueteros. Al escucharlo temí que algo hubiera fallado en mi formación, porque en clase de literatura aprendí que eso era literatura menor y me decidí por otros libros. No juzgo, no sé si hice bien o mal, pero es lo que hice.

Quizá por eso puedo abrigar la esperanza de que EL ÁRBOL DE LA VIDA no sea una intriga cultural. No es una novela de diseño. No es una historia montada para ser un best seller. Ni el encargo de una editorial. Ni el modelo de entretenimiento que le gusta a Berlusconi. Es una historia nacida de la necesidad de expresar lo que pienso y siento. Esa necesidad es la que me ha llevado a que converjan en este trabajo aquellos dos polos, el de escritor y el de abogado crítico con el sistema. La novela puede leerse como una historia entretenida o como metáfora de los inquietantes peligros a los que todos estamos sometidos. Si al final juzgáis que se trata de una intriga cultural más, lo consideraré un fracaso.

La vida, además de ser un misterioso maestro al mezclar los hilos, lo es también al disponer las relaciones personales,  el calendario y lo que toque.  Lo hace para que todo encaje con precisión de relojería. Yo iba a publicar en estos días EL ÚLTIMO SUEÑO DE LA MARIPOSA, pero ha surgido un problema con la editora.  Vamos a dejar al margen los motivos, que no vienen al caso. El caso es que ni edita ni me deja editar después de haber anunciado a medio mundo que la novela saldría en diciembre. La misma noche en  que se consumó la ruptura volví a casa  y me sumí en los misterios de Amazon. Curiosamente encontré en seguida lo que buscaba (y que ya había buscado antes sin encontrarlo): Cómo subir y vender libros con estas personas tan simpáticas. Así que me pasé el siguiente fin de semana sin ver la luz, dedicado a corregir el manuscrito por vigésima vez, y lo subí antesdeayer. EL ÁRBOL DE LA VIDA ya está lanzado y estará disponible muy pronto, en cuanto los muchachos terminen la revisión.

Sólo cuando estaba corrigiendo me di cuenta de las alusiones que contenía la novela al cambio de ciclo en 2012, algo que había olvidado. Cuando empecé a escribirla, en 1999, quería relacionar la historia con la fiebre del milenio pero eso pasó. Con la última revisión, en enero de 2011, apunté hacia el fin del mundo según el calendario maya, aunque sin convertir esto en absoluto en el centro de la historia.

Si hubiera seguido adelante con EL ÚLTIMO SUEÑO DE LA MARIPOSA, ni me habría enterado de que se me pasaba el tiempo para sacar EL ÁRBOL DE LA VIDA a las puertas del 21 de diciembre de 2012. Es la grave crisis surgida con aquella novela lo que me empujó a resucitar este manuscrito. Son ya muchas las veces que he repetido por ahí que no puedes saber si las desgracias que te ocurren son malas o buenas hasta que vuelves la vista atrás y lo ves con perspectiva. En esta ocasión ha sido instantáneo: He mirado atrás y puedo decir que esta crisis con la editora es lo que me ha permitido sacar EL ÁRBOL DE LA VIDA en el momento justo. Y en libro electrónico, porque en papel no llegaría a tiempo. Como si todo estuviera cronometrado y diseñado de antemano de forma muy precisa. En todo caso, doy las gracias de corazón a las personas que han originado este problema, porque de él ha nacido mi suerte. Ni el más fiero ejecutivo de Planeta lo habría planificado mejor.

Esta historia es también una historia de sentimientos, de amor y de lujuria. Me gusta escribir novela psicológica, siempre lo hago. Te introduces en la mente del personaje y él te dice lo que cree, lo que desea, lo que piensa. Te transformas en su compañero, como si estuvieras leyendo su diario o te contara lo que le pasa en el fondo de una cafetería.

Aún no sé cómo he sido capaz de escribir una historia de amor sin que salga cursi. Es un amor de éstos que se te va metiendo por dentro sin darte cuenta. Yo creo que lo he conseguido. A mí me fascina esa parte.

El héroe es un arqueólogo moderadamente joven, pero no penséis en Indiana Jones, por favor. Tiene más de antihéroe porque en seguida vais a ver que duda y sobre todo que ansía.

Ansía, sí. La vida se le resiste, él busca su oportunidad, no sabe si al arriesgarse está haciendo el idiota o si obtendrá recompensa. Lo veremos dudar y tropezar, pero sus dudas y tropiezos trazan un camino. Los aficionados del Atlético de Madrid conocen bien (aunque no precisamente en estas fechas) la particular nobleza y dignidad del héroe derrotado. El héroe que triunfa goza de otro tipo de gloria, algo muy distinto. Esta nobleza y esta dignidad son las que envuelven a mi héroe durante gran parte de la novela. Hasta que sucede algo.

En aquel lejano 1999 me bajé de internet un curso de akadio para poder escribir esta novela, cuya trama gira en torno a una tablilla que nadie puede traducir. No es que me haya vuelto experto, sólo cogí de allí unos cuantos datos que proporcionan a la historia valor documental. Un curioso libro que tengo por aquí, de un asiriólogo del Vaticano, me sirvió para enterarme de cómo se firmaban los documentos en las tablillas de arcilla. Esto lo usé para describir la llamada Tablilla X, un documento que se mantiene inexpugnable hasta que un anciano, modesto y particularmente misterioso monje franciscano es llamado de la profundidad de su misión en la selva amazónica.

Hay aquí muchos elementos autobiográficos y algunos otros mágicos. Soy yo mismo el joven que acudió a la casa de un monje franciscano (éste mucho más joven)  respondiendo a un anuncio en el que se ofrecían clases particulares de akadio y ugarítico. A esta persona real la transformé en personaje y su casa en atrezzo. En cambio un personaje de la novela se me transformó un día en persona real. Fue en Huelva, en noviembre de 2008. Entiendo que aparte de Los tres mosqueteros habéis leído Niebla, la novela de Unamuno, o al menos sabéis de qué va. Va de un personaje que visita a su autor para plantearle ciertas cuestiones. Esto me sucedió. Yo inventé a Gloria, una operadora de video suiza, rubia, pelo corto, gafas, delgada, pantalones vaqueros, camisa suelta, treinta y pocos. Y nueve años más tarde (el número de la Diosa) apareció. No había olvidado su cámara y su trípode. Estaba allí, era ella. Luego publicaré otro post llamado DE CENA CON DIOS donde cuento esta experiencia.

Al fin, todo se reduce a la reflexión que hace uno de los personajes. Nuestro mundo, nuestra fe, nuestras convicciones, siguen dependiendo de un pedazo de barro escrito.

José Ortega

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