¿CUÁNDO COMENZÓ? (BREVE GENEALOGÍA DEL MIEDO)

¿Cuándo comenzó?¿Cuándo comenzamos a traicionar, mentir y maltratar? ¿En qué momento nos volvimos descreídos y nos decidimos a menospreciar al resto de la creación? ¿Cuándo dejamos atrás el respeto, el amor y la compasión para abandonarnos en manos de la avaricia, el egoísmo y el rencor? ¿Cuándo renegamos de  la tierra, del mar, de las nubes y de las estrellas para pasar a considerar la naturaleza como un conjunto de recursos naturales a explotar e introducir en un balance económico? ¿En qué momento comenzamos a matar más de lo que podíamos comer, a robar  territorios  y a creernos más importantes que la tierra que nos sustenta?  ¿Cuándo nos tornamos una vergüenza para el mundo? ¿Cuándo tuvimos por primera vez la arrogancia de decir esta tierra es mía?

Sí, cierto. El hombre es un ser dotado de dones espirituales y capaz de hazañas místicas, pero mirad el paisaje: El hombre es también un accidente desafortunado. Si no existiera, la tierra sería un jardín en equilibrio perfecto o al menos fiado a las fuerzas naturales.

Si nacemos, crecemos, morimos, leemos y nos relacionamos en el seno de nuestra sociedad enferma sin saber nada del pasado o de otras culturas, no podemos apercibirnos de los profundos niveles de podredumbre que hemos alcanzado. Creemos que esto es todo lo que hay y todo lo que ha habido. Si por el contrario echamos una ojeada a las sociedades que aún hoy se mantienen en el paleolítico, ese espejo  nos mostrará en qué nos hemos convertido.

Es la reciente lectura del relato Las voces del desierto lo que me ha impulsado a escribir esta entrada, pero el impulso ha sido puramente anímico porque ya conocía esta realidad desde hace muchos años, al menos desde que leí Enterrad mi corazón en Wounded Knee, sobre la destrucción de la cultura de los indios norteamericanos, y desde que aprendí casi de memoria la carta del indio Seattle al Presidente de Estados Unidos, ese texto famoso que proclama  que la tierra no pertenece a los hombres, sino los hombres a la tierra. He visto hace días la hermosa película Apocalypto, que sólo me ha confirmado lo que ya pensaba y sobre todo sentía.

¿Alcanzáis a comprender el significado de la palabra avaricia? Si filtramos los detalles y nos remontamos a las causas remotas, no hay más ley  que la avaricia. Examinad la conducta de todos nosotros, o de casi todos: Hay avaricia. Nos la han inoculado desde que flotábamos en el vientre de nuestra madre confiando en ver la luz en un mundo justo y bello.

Dice Rousseau que la propiedad privada sobre la tierra se originó cuando alguien situó cuatro mojones sobre un terreno, proclamó que ese espacio le pertenecía y los demás fueron lo bastante ingenuos para creerlo y sobre todo respetarlo. Es un fenómeno parecido a lo que están moviendo algunos panolis que venden parcelas en la Luna, esa mentalidad depredadora conducida por la bestia informe de la avaricia, a la que nadie pone freno porque es el motor del sistema y lo que lo mantiene vivo.

No es cosa de idealizar al hombre paleolítico, pero no compartía nuestras miserias. Vivía una vida distinta con unos valores distintos. Habitaba en eso que llaman los antropólogos el ecotono, la linde del bosque, y los clanes procuraban no crecer para mantener el equilibrio entre las bocas a alimentar y las piezas que podían cazar. Creo que nos superaban espiritualmente, pues eran sumisos ante la naturaleza y vivían en armonía con ella y sus semejantes, y es totalmente cierto que lo eran físicamente, ya que las tumbas paleolíticas muestran esqueletos de considerable talla y huesos robustos. Y un día comenzaron la degradación de las emociones, la pérdida de la sabiduría y la degeneración física. Los hombres se volvieron pequeños (en ambos sentidos) y mezquinos y se tornaron enemigos del mundo.

Sé cuándo empezó todo. Y dónde. Fue en el tell de Jericó, en el octavo milenio a JC., en el nivel llamado natufiense. Apareció allí la primera evidencia de trigo cultivado y de animales domesticados y todo terminó. Por primera vez el hombre pudo señalar a los animales y a las plantas y decir esto es mío. Nació entonces una abundancia engañosa y apareció por primera vez una cosa llamada  excedentes de producción, que permitió mantener a un gobierno y a una casta de sacerdotes. Es decir, que el hombre fue tan necio como para fabricar a sus tiranos.

Había nacido el neolítico para barrer del mundo la inocencia y sembrar de miedo el corazón del hombre. Sí, digo miedo. Junto con la arrogancia, la conquista  y la ambición nació también el miedo. Mirad el poblado de Chatal Huyuk, en ese mismo octavo milenio, en Anatolia: Una ciudad neolítica con las casas pegadas unas a otras no vaya a ser que dejemos calles por las que pase el enemigo.

Mirad los poblados amurallados de Jericó en Palestina, o se Sesklo y Dimini en Grecia. Mirad la gran ciudad fortificada de Los Millares en Almería, de la primera edad del bronce.  Todos los enclaves de la cultura llamada eneolítica (primera Edad del Bronce Ibérica, mitad del tercer milenio a JC) son poblados fortificados situados en lo alto de colinas. Había miedo.

Llegaron como pájaros negros las doctrinas de fanáticos y las teorías que santificaban la conquista porque yo soy mejor que tú y mi dios es auténtico mientras que el tuyo es un falso ídolo. Cuando los peregrinos de, Mayflower desembarcaron en Norteamérica, llevaban fusiles, palas, semillas y Biblias. Era inevitable que se creyeran una especie de pueblo elegido a quien un dios macho con barba blanca había entregado el paraíso de esos benditos aborígenes nómadas que aún vivían cazando y recolectando, que amaban y respetaban al mundo, a los animales, a las plantas y a los otros hombres y que recibieron con sonrisas a los crueles conquistadores que se disponían a humillarlos y a robarles su dignidad y su libertad y que cuando estrenaron el ferrocarril se entretenían disparando a los bisontes de las praderas sólo por el gusto de matarlos y dejarlos descomponerse al sol.

De igual forma que en el Antiguo Testamento Dios dijo a los judíos que al entrar en Jericó no dejaran nada con vida, ni mujeres ni niños, así también lo hicieron aquellos bestias que rezaban cada noche a su dios blanco y que sobre todo ansiaban pronunciar la frase esta tierra es mía.

Escribo esto desde un planeta que gira, y giran con él ríos que rezuman porquería, océanos tornados en  cloacas, aire grávido de metales pesados,  montañas sin un solo árbol, fuentes secas hace tiempo, playas negras de hidrocarburos y una naturaleza intoxicada que se apaga. Todo comenzó a pudrirse en Jericó en el 8000 a JC, en el momento en el que a alguien se le ocurrió una idea que parecía buena, como cultivar en vez de recolectar y apacentar en vez de cazar. Una idea buena que sin embargo llevaba cosidas esas otras menos buenas, asociadas a la propiedad,  la dominación y la conquista que nos han conducido hasta aquí y nos han transformado en náufragos de un planeta impuro.

La trágica desaparición de los cazadores y el nacimiento de los granjeros dio lugar a ideologías de una petulancia pasmosa que se usarían como herramienta para devastar no solo la tierra, el mar y el aire, sino también el alma humana, que ya no sabe qué es, ni de dónde viene, ni quién pertenece, que se encuentra perdida en un torbellino de ideologías falsas y que sobre todo permanece asolada por el recelo.

Una vez que fabricamos a nuestros tiranos, el miedo nació en nuestro interior. Tras nuestras puertas blindadas, cerraduras de seguridad y muros de dos metros, nos hemos acostumbrado a vivir con él hasta el extremo de creer que es natural.

¿No lo sabéis? Ellos quieren que tengamos miedo. Son los mismos tiranos que nosotros mismos fabricamos en el tell de Jericó para que nos dominaran, nos disciplinaran y nos dijeran cómo debíamos pensar. Para que instalaran prisiones, establecieran fronteras, crearan ideologías, inventaran dioses, infligieran castigos y nos hicieran esclavos. Ellos trabajan aún para dar calor a la semilla de ese miedo que nos mantiene separados.

Amigos: Nunca triunfará ninguna revolución que no parta de un gran cambio interior. Será así cuando dejemos ese miedo de diez mil años, descorramos los cerrojos y nos abracemos unos a otros antes de caminar juntos para aplastar a los tiranos.

José Ortega         @abogadodelmar       ortega_abogados@hotmail.com

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